Los Mayores Cuentan

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Patio cordobés. Relato de Morganti

Patio cordobés. Relato de Morganti

Cuando vi este título me llenó de alegría. Mi familia materna es de Córdoba, esa bonita y encantadora ciudad misteriosa que parece tener todavía en sus calles y plazas un encanto entre moro y cristiano.

Cuando estudiaba Bachillerato, en cuanto me daban vacaciones, me iba a pasarlas con mi familia. Supongo que en los meses de julio y agosto, caerían por allí como 40 o más grados, pero a mí no me importaba. ¡Ni los sentía!

Mi tía vivía en una placita tranquila, en el último piso de un edificio que tenía una azotea que parecía un jardín lleno de plantas y flores.  Entre ellas, el jazmín, que de noche desprendía un olor especial. Y recuerdo también cómo mi tía cogía esa flor de jazmín, la metía en una horquilla y se la ponía en la cabeza en el moño con el que siempre iba peinada.

Cuando pasábamos por sus entonces tranquilas calles, era una continuidad de casas con patios, que las dueñas cuidaban con un esmero especial y que a los que los contemplábamos tales obras de arte nos llenaban de paz y felicidad.

La verdad es que los patios cordobeses son como una novena o décima maravilla del mundo.

Unos veinte años después, he vuelto a Córdoba en plan turístico y ¡cómo no!, he vuelto a sus patios. ¡Qué desilusión! ¡Cuánto turismo por aquéllas tranquilas calles! ¡Todo comercializado!

No queda ni rastro de aquel mimo y cuidado con el que las dueñas de los patios los cuidaban como a sus hijos

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Como la vida misma. Relato de Lourdes

Como la vida misma. Relato de Lourdes

No hay día sin su momento de tensión, parece. Cuando no es una cosa, es otra. Creo que estamos todos un poco tensos. Yo me incluyo, por supuesto. Pero lo cierto es que unos crean la tensión y otros la soportan.

Desde lejos, y a punto de salir del Mercadona, fui seleccionando en qué caja de las que estaban activas acabaría antes. Elegí una en la que había una señora terminando de poner su compra sobre la cinta, y detrás de ella una señorita (o señora) de treinta y tantos años, alta, morena, muy mona, de cuerpo evidentemente gimnástico y con toda la vida por delante. Las demás cajas tenían peor pronóstico, así que me puse detrás de la chica mona.

Entonces, un altavoz llamó a José Luis a la Caja 19, imperiosa y fatídicamente:

—¡José Luis, vaya a la Caja 19! —repitió la omnipotente voz.

José Luis, un tipo de unos cincuenta y dos años, delgado y con las cejas tristes, pasó tras de mí y me dijo:

—Pase por esta caja.

Ojo: no dijo: «Pasen por esta otra caja en orden de cola». Solo me lo dijo a mí.

Antes de marcharme, miré a la morena monísima, invitándola con la mirada a ponerse en la caja nueva con José Luis y sus cejas tristes. La morena declinó amablemente, pues ya estaba a punto de entrar en la cinta. ¡Y marché muy feliz tras el ínclito José Luis!

Cuando empezaba a poner la bolsa de congelados sobre la cinta de la Caja 19, apareció por detrás la chica morena monísima de tres cajas más allá y, sin pedir permiso ni soñar con pedirlo, me sonrió mientras descargaba su carrito delante de mis congelados y me decía muy simpática:

—Es que tengo prisa.

José Luis me miró a mí, a su elegido un minuto antes, para ver si yo permitiría semejante abuso o iba a protestar. ¡Y por supuesto, protesté! Lo primero que le dije a la gimnástica joven es que yo también «tenía prisa» y que ella se estaba queriendo colar. Pero me respondió, sin abandonar esa sonrisa ya forzada, que en la otra caja «ella estaba antes que yo». Entonces salió a la luz mi faceta estructuralista. Pero ojo: ¡no había sido yo el que había creado el conflicto! Tuve que explicarle que la otra caja en la que ella «estaba antes» era «otro universo».

Ella me miró entonces algo descolocada:

—¿Otro universo?

La sonrisa había desaparecido hacía rato, e insistió en que ella «estaba antes». De modo que le intenté explicar que la otra caja en la que estuvimos no tenía nada que ver con esta en la que estábamos ahora; que en la anterior ella estaba antes, pero que en esta era yo el primer cliente. Que al abrir otra caja y decir el cajero «pase usted por aquí», se está creando «otra situación». Y va la colega y me espeta:

—¡Con la edad que tienes no deberías discutir tanto!

—¿Con la edad que tengo? —le dije.

Y mientras terminaba de embolsar y meter de nuevo su ilegítima compra en el carrito, añadí:

—¿Tú sabes que eso que acabas de hacer se llama «edadismo» y es un delito de odio?

Al escuchar la expresión «delito de odio», la tía, que había desterrado de su rostro de bruja joven todo rastro de sonrisa, se apresuró a pagarle al inconsolable José Luis sin responderme.

Yo añadí (también sonriendo, porque todos sabemos sonreír falsamente):

—Bueno, tenga yo la edad que tenga, el caso es que tú te has colado.

A lo que me respondió, recuperando la sonrisa que le pondría a su marido para amenazarlo:

—Yo es que tengo mucha prisa, y por eso no me quiero pelear; pero si no la tuviera, ¡tendríamos aquí una pelotera gorda!

A lo que yo, agradecido por su clemencia, le tuve que decir:

—¡Gracias por perdonarme la vida! Hacía tiempo que no me amenazaban en el Mercadona.

Y ella se dio media vuelta y se fue.

Se fue consiguiendo su objetivo, que no era solo colarse, sino pasar por encima de todo y de todos. Después de llamarme viejo sin percatarse de que la edad cronológica que ambos tenemos no es culpa mía ni mérito suyo, me insinuó que, de poder pararse más tiempo, me iba a machacar en una bronca que iba a dejar las Termópilas a la altura de una pelea de bar. En definitiva, se marchó impunemente.

Entonces miré a José Luis, que había recuperado una tristeza moderada en sus cejas, y le dije que estaba harto de la gente que se quiere colar en las cajas, gente de toda edad y condición. Y José Luis, un estoico, me dijo:

—La gente se cuela y la gente no protesta, pero si uno lo hace, lo lleva claro.

Y volvió hacia el escáner para marcar el precio de una bandeja de lomo adobado.

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Casas de madera. Relato de Francisco Pérez

Casas de madera. Relato de Francisco Pérez

¿Te acuerdas cuándo estudiábamos en la Escuela de Arquitectura y hablábamos de la casa que nos gustaría diseñar cuando termináramos la carrera?

Yo siempre había defendido hacer bloques de pisos de ladrillo rojo, rodeados de jardines y con una separación entre cada edificio suficiente para que corriera el aire entre ellos. No deberían tener una gran altura, a lo mejor cinco o seis plantas era la medida adecuada, y sobre todo que no hubiera ventanas con orientación oeste porque en verano las tardes de puesta de sol se hacían insoportables con ese calor que nunca terminaba.

Tú, en cambio, no parabas de investigar en casas de madera en el campo, preferentemente cerca de una masa de agua. Los paisajes de montaña con las casas en las laderas eran tus favoritos; decías que te sugerían paz y tranquilidad, lejos del trajín urbano. Además, viviendo en el campo verde siempre podías organizar excursiones al bosque cercano e invitar a los amigos a pasar buenos ratos de paseo y charla, lejos del tráfico rodado y de las aglomeraciones de gente. Tu modelo de casa de madera no se alejaba de las estampas que siempre habías visto, con tejados de pizarra protectores de las nieves y paredes de madera robustas. No habría que preocuparse por los calores del verano que en estos parajes nunca apretaban.

Pasaron los años, yo me fui a construir pisos en polígonos de nueva creación y tú te casaste con un amigo común, también arquitecto, y os hicisteis una casa con tejados de pizarra y paredes de madera en la ladera de una montaña. Me escribiste para decirme que el cambio climático también había llegado a los valles verdes y que en el verano os alquilabais un apartamento de ladrillo rojo en la costa.

Soñar bien despierta.  Relato de Rocío Urraca

Soñar bien despierta. Relato de Rocío Urraca

Dorada estudió Ganadería y Asistencia en Sanidad Animal en León, porque no había Facultad de Veterinaria en Oviedo. Sufría por la despoblación de su pueblín y decidió estudiar algo que además de gustarle, resultara útil para su comunidad. Al acabar FP, salió una convocatoria de la Conserjería del Medio Rural que fomentaba el relevo generacional y la modernización del campo. Las ayudas económicas eran buenas, y como cumplía requisitos, decidió acogerse al programa para jóvenes ganaderos.

Enfocó su proyecto en Gestión de la Explotación. Investigó si algún compañero de promoción se hubiera presentado también y encontró a tres, con quienes contactó para proponerles cooperativizar ya que supondría un buen empujón al comienzo. Presentado su expediente, estos jóvenes, universitarios, con ganas de modernizar el campo y competentes tecnológicamente, se entusiasmaron. A corto plazo, sabían que tendrían que realizar un fuerte sacrificio, pero a medio, si la modernización completa progresaba, podrían establecer un mes de vacaciones anual, como en casi todas las empresas. Siendo cuatro, sería más fácil combatir la “esclavitud”.

Cuando presentaron el proyecto común, los concejos aplaudieron la defensa de su tradicional modo de vida y acordaron prestarles ayuda desinteresadamente durante el primer verano rehabilitando las cabañas que necesitaban reparación para alojar al ganado en invierno. A cambio, se organizaría una feria local anual publicitada a través de redes sociales, cuyos beneficios económicos se repartirían entre todos y destinando también una partida para las fiestas. Fue un éxito.

Dorada no sólo no se fue de su pueblo, sino que le impulsó hacia un futuro mejor. En sólo tres años, la cooperativa creció y esto hizo que nuevas familias se asentaran. El futuro estaba asegurado pero ella seguía activa en su ambición. Se sentó en una de las balas de paja del cobertizo pensando reunirse con sus compañeros y proponerles: «¿Cómo veríais ampliar nuestro negocio con el manejo de fitosanitarios ecológicos?»

Aventuras y recuerdos. Relato de Soledad del Yerro

Aventuras y recuerdos. Relato de Soledad del Yerro

Hace una veintena de años, yendo en coche a pasar unos días a la sierra de Gredos con mis hijos y nietos, tuvimos que parar porque un camión que iba cargado con una casa de madera prefabricada, al que seguía una enorme grúa, nos cortó el paso.

Nos llamó la atención ver cómo una cuadrilla de jóvenes la colocaba al pie de la montaña. Se hizo de noche y, desde una de las terrazas del hotel donde nos alojábamos, se divisaba la casa. Nos asombró lo bonita que resultaba iluminada por unos faroles de madera y cristal donde lucían unas bombillas en forma de velas; estas, reflejadas en las calizas piedras de la montaña y el verdor de la hierba y flores silvestres que cubrían el suelo, le daban un ambiente mágico.

Comentamos que, si era cómoda y estaba bien amueblada por dentro, resultaba asombrosa la rapidez con la que se podía disfrutar de una vivienda en un lugar tan especial. De pronto, Juan dijo:

—Esta casa de madera me recuerda a la historia de Daniel Boone; leí sus aventuras con mucho interés cuando era un chaval y nunca se me olvidaron.

—Cuéntanos quién era y alguna de sus aventuras —le pidió interesado su hijo.

—Daniel Boone nació en 1734 en Estados Unidos. Se hizo famoso por vivir durante largos periodos en la naturaleza salvaje, muchas veces en cabañas de madera o refugios construidos por él mismo con los troncos de los árboles. Era un gran cazador y pasó parte de su vida explorando los bosques y montañas de lo que hoy es el estado de Kentucky.

»Ayudó a abrir una ruta llamada Wilderness Road, entre Virginia y Kentucky, por donde llegaron miles de colonos que se instalaron en asentamientos como Boonesboro, donde él se instaló con su familia. A Boone se le conocía como un símbolo de libertad y vida salvaje. En 1778, mientras cazaba cerca del río Ohio, fue capturado por un grupo de indígenas; en lugar de matarlo, decidieron adoptarlo en la tribu porque le admiraban como cazador y por su valentía. Incluso le dieron un nombre nuevo y le trataron como a uno de los suyos.

»Boone se enteró de que los indígenas planeaban un gran ataque a Boonesboro, y que sus habitantes corrían peligro. Un día que se encontraba solo, escapó corriendo por el bosque. Caminó y corrió cinco días sin comida ni descanso. Llegó agotado… pero consiguió avisar a los colonos, que así pudieron prepararse para el ataque. Esta historia lo hizo aún más famoso como símbolo de resistencia y supervivencia en la naturaleza.

Los niños se quedaron maravillados y, a la mañana siguiente, le pidieron a su abuelo —que era muy hábil y tenía ideas geniales para fabricar cosas— que en el jardín de la urbanización de su casa, en el valle del Lozoya, les fabricara una casa de madera.

Disfrutaron de ella varios años; allí, con sus amigos, tenían toda clase de juegos. Una noche decidieron que les dejaran dormir con sacos y mantas y, todos contentos, se prepararon para pasar la noche. Era verano y el calor hizo que, al anochecer, el cielo se cubriera de nubes negras, presagio de tormenta. Los rayos y truenos les hicieron comprender que no tenían nada que ver con Daniel Boone y, todos asustados, se fueron corriendo a guarecerse en sus casas para dormir plácidamente en sus camas.

Ramito de violetas. Relato de Rosario Badillo

Ramito de violetas. Relato de Rosario Badillo

María y Juan tenían 14 años, se conocían desde muy pequeños. Los marqueses de la Regalía, padres de Juan, poseían en un pueblo de Cataluña una masía con una gran extensión de terreno donde pasaban todos los veranos. Los padres de María eran los guardeses de la finca y vivían en una casa pequeña, cerca de la grande. Los dos eran hijos únicos y estaban juntos la mayor parte del tiempo, jugando, bañándose en el río. Como tenían caballos, aprendieron a montar y daban grandes paseos con el padre. También se peleaban a veces, pero se les pasaba pronto.

Un día los marqueses celebraron una fiesta en la masía. Vinieron muchos invitados, todo estaba lleno de gente. Los chicos pensaron en gastarles una broma: llenaron una lata con saltamontes, entraron en algunas de las habitaciones y metieron entre las sábanas un puñado de ellos. Cuando los invitados se acostaron, el susto fue tremendo. Los marqueses, lógicamente, sabían quiénes habían sido los autores; castigaron a Juan sin salir en varios días. Ella le acompañó en su castigo. Arrepentido pidió perdón, se lo perdonaron, y siguieron con sus juegos.

El verano se acabó y él tenía que marcharse para empezar sus estudios en Inglaterra. Se acercó a la casa de María para despedirse. En el jardín cogió un ramito de violetas para llevárselo. Se abrazaron, diciendo “hasta el verano que viene”. No fue posible: se declaró la Guerra Civil Española. Juan se quedó en Londres, terminó sus estudios y se afincó allí.

Pasaron los años. Los marqueses murieron, él regresó para vender las propiedades, pues podía ocuparse de ellas; su trabajo fuera del país se lo impedía. Recordó sus andanzas de niño con María. Entró en la casa que llevaba años abandonada; la familia había fallecido. En un rincón encontró un libro, 20.000 leguas de viaje submarino, que él le había regalado en un cumpleaños. Ojeándolo encontró el ramito de violetas, seco pero conservado entre sus páginas.

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