
No hay día sin su momento de tensión, parece. Cuando no es una cosa, es otra. Creo que estamos todos un poco tensos. Yo me incluyo, por supuesto. Pero lo cierto es que unos crean la tensión y otros la soportan.
Desde lejos, y a punto de salir del Mercadona, fui seleccionando en qué caja de las que estaban activas acabaría antes. Elegí una en la que había una señora terminando de poner su compra sobre la cinta, y detrás de ella una señorita (o señora) de treinta y tantos años, alta, morena, muy mona, de cuerpo evidentemente gimnástico y con toda la vida por delante. Las demás cajas tenían peor pronóstico, así que me puse detrás de la chica mona.
Entonces, un altavoz llamó a José Luis a la Caja 19, imperiosa y fatídicamente:
—¡José Luis, vaya a la Caja 19! —repitió la omnipotente voz.
José Luis, un tipo de unos cincuenta y dos años, delgado y con las cejas tristes, pasó tras de mí y me dijo:
—Pase por esta caja.
Ojo: no dijo: «Pasen por esta otra caja en orden de cola». Solo me lo dijo a mí.
Antes de marcharme, miré a la morena monísima, invitándola con la mirada a ponerse en la caja nueva con José Luis y sus cejas tristes. La morena declinó amablemente, pues ya estaba a punto de entrar en la cinta. ¡Y marché muy feliz tras el ínclito José Luis!
Cuando empezaba a poner la bolsa de congelados sobre la cinta de la Caja 19, apareció por detrás la chica morena monísima de tres cajas más allá y, sin pedir permiso ni soñar con pedirlo, me sonrió mientras descargaba su carrito delante de mis congelados y me decía muy simpática:
—Es que tengo prisa.
José Luis me miró a mí, a su elegido un minuto antes, para ver si yo permitiría semejante abuso o iba a protestar. ¡Y por supuesto, protesté! Lo primero que le dije a la gimnástica joven es que yo también «tenía prisa» y que ella se estaba queriendo colar. Pero me respondió, sin abandonar esa sonrisa ya forzada, que en la otra caja «ella estaba antes que yo». Entonces salió a la luz mi faceta estructuralista. Pero ojo: ¡no había sido yo el que había creado el conflicto! Tuve que explicarle que la otra caja en la que ella «estaba antes» era «otro universo».
Ella me miró entonces algo descolocada:
—¿Otro universo?
La sonrisa había desaparecido hacía rato, e insistió en que ella «estaba antes». De modo que le intenté explicar que la otra caja en la que estuvimos no tenía nada que ver con esta en la que estábamos ahora; que en la anterior ella estaba antes, pero que en esta era yo el primer cliente. Que al abrir otra caja y decir el cajero «pase usted por aquí», se está creando «otra situación». Y va la colega y me espeta:
—¡Con la edad que tienes no deberías discutir tanto!
—¿Con la edad que tengo? —le dije.
Y mientras terminaba de embolsar y meter de nuevo su ilegítima compra en el carrito, añadí:
—¿Tú sabes que eso que acabas de hacer se llama «edadismo» y es un delito de odio?
Al escuchar la expresión «delito de odio», la tía, que había desterrado de su rostro de bruja joven todo rastro de sonrisa, se apresuró a pagarle al inconsolable José Luis sin responderme.
Yo añadí (también sonriendo, porque todos sabemos sonreír falsamente):
—Bueno, tenga yo la edad que tenga, el caso es que tú te has colado.
A lo que me respondió, recuperando la sonrisa que le pondría a su marido para amenazarlo:
—Yo es que tengo mucha prisa, y por eso no me quiero pelear; pero si no la tuviera, ¡tendríamos aquí una pelotera gorda!
A lo que yo, agradecido por su clemencia, le tuve que decir:
—¡Gracias por perdonarme la vida! Hacía tiempo que no me amenazaban en el Mercadona.
Y ella se dio media vuelta y se fue.
Se fue consiguiendo su objetivo, que no era solo colarse, sino pasar por encima de todo y de todos. Después de llamarme viejo sin percatarse de que la edad cronológica que ambos tenemos no es culpa mía ni mérito suyo, me insinuó que, de poder pararse más tiempo, me iba a machacar en una bronca que iba a dejar las Termópilas a la altura de una pelea de bar. En definitiva, se marchó impunemente.
Entonces miré a José Luis, que había recuperado una tristeza moderada en sus cejas, y le dije que estaba harto de la gente que se quiere colar en las cajas, gente de toda edad y condición. Y José Luis, un estoico, me dijo:
—La gente se cuela y la gente no protesta, pero si uno lo hace, lo lleva claro.
Y volvió hacia el escáner para marcar el precio de una bandeja de lomo adobado.
Estupendo relato, que cuenta con mucha ironía y sensibilidad una experiencia muy real. Me ha gustado mucho.