
¿Te acuerdas cuándo estudiábamos en la Escuela de Arquitectura y hablábamos de la casa que nos gustaría diseñar cuando termináramos la carrera?
Yo siempre había defendido hacer bloques de pisos de ladrillo rojo, rodeados de jardines y con una separación entre cada edificio suficiente para que corriera el aire entre ellos. No deberían tener una gran altura, a lo mejor cinco o seis plantas era la medida adecuada, y sobre todo que no hubiera ventanas con orientación oeste porque en verano las tardes de puesta de sol se hacían insoportables con ese calor que nunca terminaba.
Tú, en cambio, no parabas de investigar en casas de madera en el campo, preferentemente cerca de una masa de agua. Los paisajes de montaña con las casas en las laderas eran tus favoritos; decías que te sugerían paz y tranquilidad, lejos del trajín urbano. Además, viviendo en el campo verde siempre podías organizar excursiones al bosque cercano e invitar a los amigos a pasar buenos ratos de paseo y charla, lejos del tráfico rodado y de las aglomeraciones de gente. Tu modelo de casa de madera no se alejaba de las estampas que siempre habías visto, con tejados de pizarra protectores de las nieves y paredes de madera robustas. No habría que preocuparse por los calores del verano que en estos parajes nunca apretaban.
Pasaron los años, yo me fui a construir pisos en polígonos de nueva creación y tú te casaste con un amigo común, también arquitecto, y os hicisteis una casa con tejados de pizarra y paredes de madera en la ladera de una montaña. Me escribiste para decirme que el cambio climático también había llegado a los valles verdes y que en el verano os alquilabais un apartamento de ladrillo rojo en la costa.
Un relato con distinta forma de ver la arquitectura, muy bien conexionado .