Pesadilla. Relato de Francisco Pérez

Concha y Marisa quedaban los miércoles por la tarde para merendar en su cafetería favorita.
—Concha, hay que ver el invierno tan duro que hemos pasado con tanto frío y sobre todo con la cantidad de agua que no ha parado de caer.
—Y que lo digas, Marisa, ha caído lo que no está escrito. Por suerte en nuestro barrio no ha habido que lamentar desgracias personales y tampoco inundaciones de bajos. Y ya te comenté el año pasado que cuando llegan los fríos mi afición favorita es preparar un cocido como el que aprendí de mi madre.
—Concha, ya te dije que el cocido no está entre mis platos favoritos; me resulta indigesto y además no sé si será bueno para el régimen que sigo, que es mayoritariamente de frutas, verduras y huevos; las carnes las dejo a un lado.
—Marisa, no sabes lo que te pierdes, el gusto que da reunir todos los ingredientes empezando por la visita al carnicero que te ofrecerá un buen morcillo, huesos de vaca, espinazo de cerdo y un trozo de tocino. El pollero te ofrecerá pollo o gallina, a elegir. Después vas a por los garbanzos que remojarás para que salgan tiernos y a por las verduras que a ti te gusten.
—Concha, no me convences; te he comentado varias veces que paso de largo cada vez que me acerco a una carnicería.
—Mira, Marisa, no te he contado lo mejor que pasa cuando vas echando los avíos del puchero, que dicen los andaluces, en la olla y cuentas el tiempo que queda para el remate en el que añades un poquito de repollo y vuelves a cerrar unos minutos más.
—Concha, no insistas, tuve una época en la que tenía pesadillas en las que aparecías tú comiendo cocido sin parar y tardé en aprender a olvidarlas diecinueve días y quinientas noches.





