
A medida que la mujer me habla, empiezo a tranquilizarme, y aunque no sé quién es ni por qué está ahí, empieza a tomar cuerpo la idea de que todo es una broma de mal gusto y decido seguirle la corriente.
Por eso le digo, intentando contener la risa:
—Usted ha aparecido de la nada, está tan viva como yo y, por lo que veo, le gusta disfrazarse de fiambre, no sé si para que sus amigos le traigan flores o para asustar a la gente.
—¡Yo no estoy viva! —responde la mujer muy enfadada y casi gritando—. ¡Por eso me traen las flores!
—No se enfade, yo la entiendo. Estoy en un cementerio hablando con una muerta que en realidad está viva, o sea que yo con toda probabilidad soy el Conde Drácula. Mire, señora, creo que la broma ya dura bastante, déjeme en paz y no me tome más el pelo. Por cierto, ¿puedo preguntarle su nombre?
—Me llamo Martina.
—Perfecto, Martina, yo me llamo Antonio y he tenido mucho «susto» en conocerla. Adiós.
En ese instante la extraña mujer soltó una gran carcajada y se desvaneció de repente delante de mis ojos.
No puedo precisar qué fue lo que me sucedió a continuación, pero recuerdo que las piernas me empezaron a fallar y acabé en el suelo sin conocimiento.
Cuando lo recupero y me levanto medio aturdido, no hay nadie, y compruebo que no estoy herido, aunque me duele un poco la cabeza. He estado sentado en el suelo, apoyado en la pared del panteón . ¿Pero cuánto tiempo? ¿Dónde está la mujer misteriosa? ¿Todo lo que he vivido con ella, lo habré soñado? ¿Su aparición y su desaparición han sido reales?
Está empezando a anochecer. Miro el reloj. ¡Son las seis y cuarto! ¡Llevo en el interior del cementerio una hora y cuarto!
Cojo mis escasas pertenencias y salgo corriendo hacia la salida. Cuando llego a la puerta, está cerrada con llave. Casi me da un ataque de pánico mientras discurro la forma de salir.
Veo en el suelo una gran lápida rota y apoyándola en la pared, la uso como ayuda para trepar hasta lo más alto de la tapia. Una vez arriba, solo me queda descolgarme al exterior.
Cuando estoy a punto de hacerlo, siento una extraña sensación que me impulsa a mirar hacia atrás, lo cual hago a continuación, girando lentamente la cabeza. Entonces la veo de nuevo.
Aquella siniestra mujer, que dijo llamarse Martina, está sentada donde la vi por primera vez, con mi ramo de flores en una mano, mirándome con una sonrisa burlona.
Vuelvo a sentir por tercera vez en una hora ese escalofrío que me deja casi paralizado, salto a la calle desde lo alto de la tapia y me marcho de allí como alma que lleva el diablo.
Ufff qué místerio!!
Te falta el capítulo III y rematar!!
Muy buenos relatos.
Ahora toca esperar al tercer capítulo .
Muy bueno!!
Ahora toca esperar al tercer capítulo !!