
Son las cinco de la tarde, acabo de salir del trabajo y me dirijo al cementerio. Mi intención es hacer una visita a la tumba de mi tío Jaime, fallecido hace casi un año y a donde no he vuelto desde entonces.
Me detengo en la floristería a coger unas flores y sigo caminando. Estamos en el mes de febrero, hace mucho frío. El cielo está cubierto de nubes que amenazan tormenta, sopla un viento helado y empieza a llover. Andar por la calle con este clima es casi una hazaña. Me abrigo lo mejor que puedo, subiéndome el cuello de la cazadora, abro el paraguas y continúo por la carretera que conduce al cementerio parroquial. Apenas diez minutos más tarde estoy en la entrada. Empujo la gran puerta metálica y paso dentro mientras se cierra a mis espaldas con un golpe seco, empujada por el viento, emitiendo un chirrido agudo y desagradable.
Un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Nunca he tenido miedo de estos lugares, pero hoy, la soledad del recinto y la oscuridad provocada por las nubes de la tormenta me hacen sentir algo más que respeto.
Miro en todas direcciones y no veo a nadie; el recinto parece desierto. Sin embargo, tengo la sensación de ser observado. Avanzo con paso firme hasta la sepultura de mi tío, que se encuentra a unos treinta metros, en el panteón familiar.
Me santiguo y rezo una breve oración mientras deposito el ramo de flores al pie del nicho interior.
Me encuentro nervioso; siento de nuevo un escalofrío.
Estoy agachado colocando las flores, cuando oigo una voz a mi espalda que pregunta:
—¿Has traído esas flores para mí?
El susto me deja helado. Giro la cabeza y veo sentada en una sepultura vecina a una mujer de mediana edad, de bellas facciones, pero con la cara pálida y los ojos tristes. Llama mucho la atención la ropa que lleva puesta, excesivamente ligera para la época del año: vestido gris largo, hasta los pies, que calza con unas sandalias abiertas de verano. No lleva prenda de abrigo, y completa el atuendo con un pañuelo del mismo color que el vestido, con el que se cubre la cabeza.
Sentada frente a mí, ofrece un aspecto siniestro, yo diría que muy parecido a un fantasma.
A pesar de la fuerte impresión recibida, consigo reaccionar y respondo a su pregunta:
—Estas flores las he traído a la tumba de mi tío. ¿Por qué se supone que debería traérselas a usted? Aquí la gente viene a traer flores a los muertos; usted está viva y, además, no la conozco de nada.
La mujer no se inmuta y me responde con una sonrisa triste:
—Perdone, no pretendía asustarle; mi familia y amigos suelen traerme flores, así como mi primo Agustín, con quien le he confundido; su parecido con usted es asombroso.
No me extraña tú.miedo. es para tenerlo.
Un espléndido relato
Me ha gustado muchísimo
Un relato muy bien escrito y lleno de suspense. Muy interesado en leer la parte II para conocer el desenlace.