Los Mayores Cuentan

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La Princesa Prisionera. Relato de Soledad del Yerro

La Princesa Prisionera. Relato de Soledad del Yerro

Le damos las gracias a Solead del Yerro por compartir este cuento tan encantador y tan bien escrito.

Cada tarde subo a la torre más alta del castillo donde ella está encerrada, la escalera es empinada y parece que está tapizada de recuerdos, de aquel tiempo cada vez más lejano. Cuando llego a la sala redonda donde ella me espera, mi respiración es fatigosa. Aquella juventud que parecía eterna empieza a abandonarme. Ella sigue igual, solo en sus ojos se advierte el paso del tiempo, por la soledad y la esperanza perdida.

Aunque hermanas también éramos amigas. El mundo parecía creado para nosotras, multitud de aromas impregnaban el aire debido a los árboles frutales y, a la multitud de plantas que se cultivaban en nuestros jardines que, añadido al cántico de los pájaros, hacían que nuestro entorno resultara idílico.

Las dos cabalgábamos juntas, ella disfrutaba del paisaje, a mí, que desde pequeña mi padre me había adiestrado en el manejo de las armas, me gustaba más ojear, buscando donde se podrían encontrar más animales, para la temporada de caza.

Tuvimos varios amoríos, pero ninguno resultó ser lo que ambas buscábamos.

Pero un día llegó él, fue una mañana fría de invierno, pero luminosa y alegre, como aquél ser maravilloso que nos llegaba como llovido del cielo. Era alto, rubio, con unos ojos azules como el mar, dulces y acariciantes, pero a veces se asomaba a ellos un fuego, que calcinaba todo lo que ponía a su alcance.  Iba de paso, había una reina que en un país grande y lejano le esperaba para hacerle rey, entregándole riqueza y poder en un anillo de oro. No tenía prisa, era como un niño que encuentra un juguete, adueñándose de nuestro pequeño reino y de nosotras. Nos escribía poesías, tocaba el laúd, componía bellas canciones y nuestra pequeña corte vivió unos meses en un sueño dorado.

Nos cortejó a mi hermana y a mí, hasta que a las dos nos enamoró. No nos importó compartir nuestro lecho con él, con lo cual se llevó la virginidad de ambas.

Llegada la primavera, partió una mañana igual que había llegado. Nunca más volvimos a saber de él.  Mi hermana desde ese día se subió a la torre y hace varios años que vive allí encerrada. Yo lo sentí, pero también pensé que nuestro reino necesitaba de mí, que en la vida había muchas cosas que hacer, que vivimos una aventura preciosa, pero nada más. Mi visita de esta tarde es para hacerle saber que voy a contraer matrimonio con un príncipe bueno y generoso, al que pienso querer y respetar.

“Nuestro reino necesita descendencia, ¿lo entiendes?” le pregunté.  Contestó que sí, que sabía que las dos éramos muy diferentes, que me deseaba toda la felicidad del mundo, que ella lo era viviendo de sus recuerdos.  Así que tendré que seguir subiendo siempre que quiera verla, a la torre más alta del castillo.

Año bisiesto. Relato de Mª Luisa Illobre

Año bisiesto. Relato de Mª Luisa Illobre

Le damos las gracias Mª Luisa Illobre por su oportuno e interesante relato.  

Llegó febrero con sus 29 días. Parece un poco extraño que cada cuatro años aparezca un febrero que se resiste a terminar, pero es lo que hay. Personas que celebran su cumple de vez en cuando, pero lo agradecen, ya que anualmente quizá a algunos se les hace un peñazo cantar el “Cumpleaños feliz”. A mí me parece estupendo a pesar de comprar una tarta o pastelitos que normalmente se fabrican varios días antes. Pero es una satisfacción soplar un montón de velitas.

Luego llegan los regalitos que normalmente a pocas personas les vienen bien. Ya tienen algunos parecidos, pero que se agradecen igual. Van a parar al cajón donde ya se encuentran los anteriores y que vienen estupendamente para regalar en otros cumples, y que reciben con alegría a los nuevos pues, aunque sean repes, siempre tienen un buen aprovechamiento.

En días pasados me encontré en el ascensor al vecino del 5º. Es un jubilado que vive solo un retiro alegre, con varias amigas-amigos. Sabía que su cumpleaños es el día 29 de febrero por las dichosas reuniones de la comunidad. Se me ocurrió felicitarle, pero no pensé en que no le gustaría mi felicitación, de lo que me di cuenta al notar un signo de disgusto en su cara. Me preguntó en un tono no muy amable: “¿Y a Vd. quien le ha dicho que hoy cumplía años?”. “Disculpe, son muchos años en el mismo edificio y es por lo que sé su fecha, que no todo el mundo cumple años el 29 de febrero”.

Para suavizar un poco la conversación mientras el ascensor paraba, le comenté: “¡Claro! también es un poco rollo pensar en una comida un poco especial…”. Prácticamente no me dejó terminar, ya que abrió la boca para decirme: “Esto les pasa a los vecinos por querer indagar la vida de los demás”.

No recuerdo haber pasado una vergüenza mayor en la vida.  Solamente por tener una buena educación. Al llegar a la oficina y cuando todos los compañeros nos deseábamos los buenos días, yo les contestaba con un bufido. Todo por ser una persona educada.

A la salida había llovido y con una mala pata se me ocurrió pisar los charcos, salpicando a todas las personas que circulaban a mi lado. No me importaba oír: “Señora, mire donde pisa”. Me da lo mismo. Es un día tonto. Menos mal que es que la cosa se repite cada cuatro años. Eso que tiene fama de ser bisiesto cada cuatro años.

Visita al Museo Reina Sofía. Relato de Soledad del Yerro

Visita al Museo Reina Sofía. Relato de Soledad del Yerro

Le damos las gracias a Soledad del Yerro por compartir este relato lleno frescura, originalidad e ingenio.

En las clases de Historia del Arte que se impartían en el centro de mayores de Cruz Roja, al que asistía los jueves por la tarde, se acordó, que una vez al mes, la clase se daría visitando alguno de los interesantes museos de Madrid. El día de este relato tocó visitar el Museo Reina Sofía. Allí acudimos todos contentos acompañados por nuestra estupenda profesora Teresa Arévalo, que nos explicaba todo con paciencia, saber y amabilidad. Era una suerte que, a nuestra edad, gracias ella, se pudiera aprender y disfrutar tanto.

Uno de los cuadros más importantes del museo es el Guernica, obra famosa de Pablo Picasso. La estructura del cuadro es semejante a la de un tríptico cuyo panel central está ocupado por el caballo agonizante y la mujer portadora de la lámpara; en los laterales aparecen, a la derecha, la casa en llamas con la mujer gritando y, a la izquierda, el toro y la mujer con su hijo muerto. En el cuadro están representados nueve símbolos, seis seres humanos y tres animales: toro, caballo y paloma.

Nada más ver y escuchar lo que el cuadro representaba, Charito, la mayor de aquel grupo, aunque por su agilidad, físico y ganas de vivir nadie diría que cumpliría noventa años pocos días después, se me acercó para pedirme que la acompañara a buscar un servicio.

Las dos íbamos comentando con admiración lo impresionadas que estábamos por las explicaciones de la profesora sobre tan magnífica obra, cuando de pronto, vimos una puerta blanca corredera por la que entraban varias personas. Las seguimos y, nada más entrar en el recinto, nos dimos cuenta de que aquel lugar no eran los servicios, ni tampoco se encontraba nadie dentro y, ¿dónde estaban entonces las personas que habían entrado delante de nosotras?

Lo primero que nos llamó la atención fue una gran ventana que estaba situada haciendo escuadra con dos paredes de la habitación. Nos acercamos a mirar por ella y ¡Oh, qué maravilla! París con su Torre Eiffel rodeada de turistas y parisinos vestidos a la moda de los años cuarenta,  fue lo que atisbamos por un lado de la ventana. Por el otro,  la catedral de Notre Dame de estilo gótico situada en la pequeña isla de la Cité rodeada por las aguas del rio Sena. ¡Un prodigio arquitectónico!

Quedamos embobadas y más que sorprendidas. Por un momento pensamos que se trataba de un cuadro del museo. Sin saber por qué se produjo una corriente de aire, la ventana se abrió y nos encontramos en medio de un tumulto de gente que paseaba animadamente por el bosque de Bolonia. Ninguna de las dos entendíamos dónde estábamos ni cómo habíamos llegado hasta allí.

El parque tenía espacios de césped, estaba poblado de hojaranzos, hayas, cedros, castaños y plantas exóticas. Su fragancia nos hizo respirar a pleno pulmón.  Al fondo divisamos un parque de atracciones y una reserva de animales.

Ninguna de las dos sabíamos cómo, pero sin duda alguna, estábamos en París. Más perplejas que asustadas empezamos a preguntarnos la una a la otra como nos íbamos a entender con los franceses, si no hablábamos su idioma… Charito tenía otra preocupación añadida: necesitaba un servicio con urgencia.

Vimos una calle a la derecha del parque y hacia ella nos dirigimos, dándonos de frente con un letrero que en castellano decía: “Barbería de Eugenio Arias”. No lo dudamos ni un instante y entramos en el establecimiento.

Nos recibió un señor de mediana edad al que nos presentamos, hablando en español como no podía ser de otra manera, y al que pedimos ayuda para solucionar la «urgencia» que acuciaba a Charito. El amable barbero nos condujo por un pasillo hasta un cuarto de baño luminoso, limpio y decorado con mucho gusto.

De vuelta al salón de barbería la conversación con el dueño transcurrió por los lugares comunes entre compatriotas que se encuentran en el extranjero. Así supimos que estábamos hablando con Eugenio Arias, un exiliado procedente de Buitrago de Lozoya, un pueblo con encanto de la Comunidad de Madrid. Eugenio añoraba el castillo amurallado y el río Lozoya, en cuyo meandro se bañaba de niño durante los deliciosos veranos que proporciona el clima de la Sierra de Madrid.

La conversación tomó otro cariz cuando Eugenio nos comentó que era el barbero de Picasso con el que, a lo largo de los años, había forjado una entrañable amistad. No en vano en la barbería se reunían los pintores españoles, franceses y de otras nacionalidades, más importantes del momento.

Las dos “turistas accidentales” nos entusiasmamos cuando nuestro anfitrión nos pidió que le siguiéramos para mostrarnos un pequeño museo en el que atesoraba, con celo, una colección de cuadros y dibujos. Se trataba de obras que los diferentes artistas le habían ido regalando en agradecimiento a su leal amistad.

Estábamos tan encantadas viendo “La Vida” y “La Paloma de la Paz” de Picasso,  “Habitación de Hotel” de Hopper, “Desayuno en el jardín” de Monet, “Música en las Tullerías de Manet”, “Mujer empolvándose” de Berthe Morisot, “Las bailarinas” de Degas, “Paseo a orillas del mar” de Sorolla; cuando el aire que transmitía esta última pintura nos empujó y nos devolvió a una estancia del Museo Reina Sofía. Allí nos encontramos con el grupo al que habíamos seguido, a lo que creímos que era un servicio y resultó ser una sala que, mediante un moderno sistema de proyecciones, nos habían hecho vivir a todos una aventura apasionante sin movernos del sitio.

Culpable por decisión propia. Relato de Soledad del Yerro

Culpable por decisión propia. Relato de Soledad del Yerro

Le damos las gracias y la enhorabuena a Soledad del Yerro, que se estrena en el Blog con este magnífico relato, que una vez que comenzamos a leer no podemos dejarlo hasta el final.

Son las diez de la noche del día catorce de febrero del año dos mil seis. En el módulo de mujeres, celda quince del penal de Villena (Alicante) donde me encuentro prisionera, se van apagando las luces quedando encendidas solo las de emergencias. Los vigilantes cambian de turno y el silencio se hace obligatorio. Estoy aislada ya que, según la ley, soy una reclusa peligrosa, acusada de asesinato.

Cuando llega la noche todos los recuerdos se agolpan en mi mente, pienso la de veces que viajando a Valencia, he pasado por delante del edificio de este penal donde estoy recluida. Siempre que veía algún recluso a través de la reja de alguna ventana, sentía miedo y angustia, por su falta de libertad, al estar encerrados en uno de los penales más seguros de España.

Me llamo Amparo Talens Rodríguez y compartí mi nacimiento con mi hermano Enrique, somos gemelos y físicamente iguales. Nacimos en Albalat de la Ribera. Nuestros padres se llenaron de gozo con nuestro nacimiento. Como casi todos sus paisanos, eran pequeños agricultores.

Tuvimos una infancia feliz. La casa era sencilla pero cómoda. El campo que nos rodeaba lleno de cultivos de arroz y naranjos que el Júcar regaba, y lo más impresionante: el Parque Natural de la Albufera que en su mayor parte pertenece a nuestro pueblo.

Enrique y yo éramos inseparables. Si me ponía pantalones con el pelo corto era difícil distinguirnos. Estudiamos la primaria y el bachillerato y como no, fuimos con muchos de nuestros amigos a la Casa de la Música, donde mi hermano y yo empezamos, desde muy temprana edad, a tocar el clarinete, junto con el aprendizaje de solfeo.

Recuerdo que en una ocasión que teníamos examen de instrumento, Enrique amaneció con mucha fiebre así que se nos ocurrió la feliz idea de que yo, me examinara dos veces, una en mi nombre y otra en el suyo. Primero me llamaron a mí, entré en el aula e hice el examen. Nada más salir llegó el turno de mi hermano, volví a entrar y un poco nerviosa lo repetí. Conseguí salir airosa, los dos aprobamos.

Con la Banda de Música de Albalat de la Ribera, ganamos varias veces los certámenes que entre los pueblos de la comarca se organizaban. Los dos supimos que dedicarnos a esta profesión era lo que nos gustaba. A nuestros padres les pareció de perlas, y nos matriculamos en el Conservatorio de Valencia.

Los años fueron pasando, fuimos creciendo, disfrutamos de amigos estupendos, de fiestas, fallas y de todo cuanto la juventud nos ofrecía, aunque siempre fuimos responsables. Nuestros padres estaban orgullosos de nosotros. Por nuestra parte, entendíamos que ellos se habían sacrificado trabajando duro, para que nunca nos faltara de nada.

Enrique terminó sus estudios y aprobó como Brigada, en la Banda de Música del Ministerio de Marina en Madrid. Yo, después de varios intentos, saqué plaza como clarinetista, en la banda Municipal de Valencia.

Un día Enrique nos trajo a María, hija de un Coronel de Marina, con la cual se había comprometido. Era guapa, educada y cariñosa. Mis padres la recibieron con los brazos abiertos. Mi hermano en un momento que estuvimos a solas me pregunto:

– ¿Amparo, te gusta mi elección?

– De momento sí- le contesté- ya te diré cuando la trate más a fondo.

Cierto es que nunca nos defraudó. Pasados dos años se casaron y, eso sí, enseguida formaron una gran familia. Cada quince meses llegaba un niño hasta que juntaron ocho: cinco niños y tres niñas. Mi cuñada era muy religiosa, pero creo que con ocho debió pensar que ya había cumplido. Ella no trabajó nunca fuera de casa, y su marido no tenía más remedio que además de cumplir en la Banda, trabajar en todo cuanto le salía.

Todos los veranos venían unos días al pueblo, dejando a dos de los niños con mis padres. La vida pasa muy rápido, primero murió mi padre y a los seis años, mi madre. Sé que a ella le hubiera gustado que yo hubiera formado una familia con uno de los muchos pretendientes que tuve, y cierto es que hice varios intentos, pero ninguno me salió bien. Era feliz con mi trabajo, en mi tierra y disfrutando de los perfumados y bonitos paisajes de mi pueblo.

Enrique y su mujer se preocupaban mucho por mí. Yo sabía que ya tenían bastantes problemas para sacar su familia adelante, por eso no les dije nada el día que fui al ginecólogo y me detectó un cáncer de ovarios. Me hicieron toda clase de pruebas y como mucho me dieron unos cuatro años de vida.

En Madrid mi hermano, trabajando en una sala de fiestas, conoció a una de las dueñas del local. Era unos años mayor que él. La señora estaba de buen ver y poco a poco se fueron enrollando. A ella le sobraba el dinero, y como conocía la situación de Enrique, de vez en cuando mandaba a su casa un jamón, unas botellas de vino, le regalaba un reloj… De momento María creyó que eran obsequios que recibían todos los músicos de la orquesta, hasta que empezó a notar algo raro en el comportamiento de su marido. Me llamó preocupada y quedamos en que iría a pasar el fin de semana con ellos.

Siempre llevaba el coche lleno de regalos para mis sobrinos. Cuando llegaba se armaba un gran alboroto. Yo disfrutaba viéndolos risueños y felices.

– ¿Enrique te importaría ir a comprar el pan? – preguntó María.

– Sabes que no, cariño.

– Voy contigo- dije rápidamente. Salimos y cogiéndome de su brazo le miré fijamente a los ojos. Comprendió enseguida que tenía que contarme lo que sucedía.

– Esto tienes que cortarlo – le aconsejé.

– Amparo, no te imaginas lo mal que me siento ni la de veces que le he dicho a Rosa que me deje en paz, pero tengo un contrato firmado con la empresa y me amenaza con venir a contárselo a María y dar parte a mis superiores porque, según ella, va a tener un hijo mío.

– ¿Tú estás seguro de que eso es verdad?

– No lo sé, de veras que no lo sé…

– Esto se te ha ido de las manos, hermanito, creo que esta noche te acompañaré e intentaré hablar con la tal Rosa a ver lo que se puede hacer.

 Cuando volvimos a casa estuve ayudando a mi cuñada a preparar la comida contándola mi propósito de acompañar a Enrique al trabajo, solamente por ver el panorama que allí había.

– Amparo, espero que me cuentes todas las impresiones que saques.

– Tranquila, te informaré de todo.

La sala de fiestas estaba situada en los bajos de un hotel, muy bien ambientada, moderna, con una magnifica orquesta y con un público selecto. En el primer descanso que tuvo la orquesta, Enrique vino a recogerme a la mesa donde yo me acomodé. Atravesamos la sala subiendo por unas escaleras, caminamos por un pasillo y nos paramos ante una puerta donde ponía «Dirección». Dio unos golpes suaves y una mujer rubia muy arreglada nos franqueó la entrada.

Después de las presentaciones de rigor y la admiración que le causó nuestro gran parecido, nos sentamos en unas cómodas sillas frente a ella, que ocupaba el sillón delante de una mesa de despacho. Nos ofreció algo de beber, pero ninguno de los dos aceptamos.

Yo que soy bastante directa y no me gusta andar con vaguedades, le pregunté si era cierto, que iba a tener un hijo con mi hermano. La expresión de su cara cambió, se puso roja, las venas se la marcaban en el cuello, y llena de cólera se encaró con Enrique.

– ¿Eres tan poco hombre que has tenido que traer a tu hermanita para que te saque las castañas del fuego? Mira, guapa – dijo dirigiéndose a mí – tu hermano no se va a ir de rositas.

– Perdona Rosa, yo solo he venido a tratar de ayudaros. Tú sabes que Enrique no está en situación de abandonar a su familia, pero si vais a tener un hijo es lógico que se lo cuente a su mujer, ella es buena, le quiere mucho y ya sabes el dicho… “Hablando se entiende la gente”.

– Su mujer le querrá mucho, pero él conmigo ha disfrutado de la vida en todos los sentidos. Ha aceptado regalos, dinero y muchas cosas que un pobre hombre como él, jamás habría llegado a imaginar.

Enrique se levantó hecho una furia, se abalanzó sobre ella, la levantó del sillón y ciego de rabia empezó a golpearle la cabeza contra la ventana que había detrás de ella. Yo quise sujetarle gritándole que la soltara, pero cuando lo hizo Rosa tenía la cabeza abierta y la sangre corría por su cara. Enseguida me percaté de que estaba muerta.

– No te asustes – le dije a Enrique – y vuelve a ocupar tu puesto en la orquesta. Yo ahora mismo llamo a un médico. Seguro que le curan las heridas, la sangre es muy aparatosa.

– No puedo dejarte sola, Amparo.

– Piensa en María y en los niños. Confía en mí como siempre, hermano.

Aquella noche la pasé en la comisaría del distrito de Chamartín en Madrid. Me interrogaron una y mil veces. Siempre di la misma versión: Habíamos discutido y se había puesto tan furiosa insultando a mi hermano y a toda mi familia que me puse nerviosa, la zarandé sin darme cuenta que se golpeaba con la ventana hasta que la sangre me asustó. La autopsia confirmó los hechos, como también que Rosa no estaba embarazada.

Hace unos meses me trasladaron a esta prisión en espera de ser juzgada. Sé que me caerán más años de los que me aseguran los médicos que viviré. Ya paso muchos días en la enfermería y lo único que le pido a Dios es que me permita pasar los últimos días de mi vida en mi casa, acompañada de familia y amigos y viendo como las aguas del Júcar riegan los arrozales y los naranjos.

Homero. Relato de Jesús Sanz Perrón

Homero. Relato de Jesús Sanz Perrón

La chica lee extasiada, en tanto que yo observo el paisaje siempre cambiante que, a modo de calidoscopio, se sucede sin solución de continuidad. ¿Cómo puede permanecer indiferente – me pregunto – ante la avalancha de colores: verdes, azules, ocres…? Irá a su trabajo – pienso – o quizá la espera su novio, o sus padres, quién sabe. Y me pregunto, intrigado, por qué no levanta la mirada, siquiera sólo un instante, para contemplar la maravilla que Natura nos ofrece a todas horas. Tengo la tentación de interrumpirla y recomendarle – exigirle incluso – el gratuito espectáculo. Y sigo observándola con no disimulada curiosidad temiendo que se va a perder – carpe diem – el prodigio de cada día. Hay que ser sublime sin interrupción, que dijo el otro. El tren va refrenando la marcha, aparecen algunas casas y poco a poco se detiene. Hemos llegado al destino; la chica cierra el libro y yo alcanzo a leer: “La Odisea”. Ahora entiendo el interés de la muchacha por Homero y el absoluto desprecio por lo que, seguramente, ya ha visto muchas veces. ¡Qué confundida está, pero qué razón tiene!