Los Mayores Cuentan

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Contra pereza, diligencia. Relato de Soledad del Yerro

Contra pereza, diligencia. Relato de Soledad del Yerro

José, el único hijo varón, vivía con sus padres y sus tres hermanas rodeado de mimos y cariño, ya que era el primer niño que podría perpetuar el apellido de aquella familia tan conocida, por su buena posición y abolengo en el pueblo en que vivían. Con el paso del tiempo se dieron cuenta de que se habían pasado de rosca.

Si cogía un catarro, podía estar mes y medio sin ir al colegio; hacer los deberes le costaba un triunfo, y jamás era capaz de ayudar a nadie que a él le supusiera el menor esfuerzo.

Como era varón, estaba exento de hacer ninguna labor de la casa; según su madre, eso era cosa de mujeres.

Ramón, que tenía su misma edad, era hijo de una hermana de su madre, primo suyo y a la vez su mejor amigo; tenía un carácter inquieto e hiperactivo, le incitaba a echar carreras, montar a caballo, y hasta le regaló una bicicleta para ir practicando el ciclismo por los pueblos cercanos.

A José, moverse del sofá le costaba un gran esfuerzo; hasta darse una vuelta tumbado en él le producía cansancio.

Susana, que era la hermana más pequeña de José, decidió hablar con Ramón, para tramar algo que le obligara a este a levantarse del maldito sofá. Le llamó al móvil y quedaron en verse en el bar del pueblo. Después de saludarse cordialmente, se sentaron en la mesa más apartada para que nadie escuchase su conversación.

—Ramón, sé que estás preocupado como yo por la actitud de José.  ¿Qué podríamos hacer?

—Susana, tengo una idea, y ya que cuento con tu ayuda, la podremos poner en práctica. Hablaré con nuestro amigo Ismael y entre los tres haremos que tu hermano espabile.

Ismael era apicultor, tenía una extensa finca llena de colmenas, vivía de la venta de la miel, y gozaba de pocas vacaciones, pues el trabajo no le daba tregua. No entendía la indolencia de José, así que enseguida se pusieron de acuerdo los tres.

Un anochecer, Susana, quejándose del calor que hacía, levantó la persiana abriendo la ventana que daba encima del sofá donde José, tumbado, pasaba las horas. De un coche que estaba aparcado cerca, salieron Ramón e Ismael, con una colmena tapada con arpillera de saco húmeda, y sigilosamente se acercaron a la ventana abierta, destapando la colmena; las abejas con un zumbido intenso se colaron en la habitación.

José pegó un salto y, espantando a las abejas con las manos, salió corriendo de la casa, se montó en la bicicleta con los pantalones mojados —pues se había meado del susto— y con escozor en la cara, ya que alguna picadura le dieron, enfiló la carretera hacia el pueblo más cercano.

Sintió que un coche le seguía, y cuando lo alcanzó oyó la voz de Ramón que con la ventanilla abierta le decía:

—Muy bien, pedalea, pedalea, cuantos más kilómetros hagas mejor. ¡Ah, y recuerda siempre, que contra pereza, diligencia!

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Cuento de Blancanieves en tiempos modernos. Relato de Soledad del Yerro

Cuento de Blancanieves en tiempos modernos. Relato de Soledad del Yerro

En una ciudad donde los rascacielos rozan las nubes y la fama se mide en número de seguidores, nació una niña con una belleza serena, una cara blanca como la nieve, un cabello negro como la media noche, y labios rojos como la grana. Le pusieron de nombre Blanca Nieves, pero para abreviar la llamaron Blanca.

Su madre murió al poco tiempo de tenerla. Su padre, un empresario rico y famoso, se casó con una señora elegante que aparecía en todas las televisiones y revistas de moda. Tan obsesionada estaba por la belleza y la perfección, que llegó a tener una cuenta enorme de seguidores y ser la reina de las redes sociales.

Todas las mañanas preguntaba a sus seguidores: ¿Quién es la más bella de las mujeres? Durante años fue ella, hasta que un día estos comenzaron a desviarse a la cuenta de su hijastra. Blanca no subía fotos retocadas, solo compartía sonrisas sinceras, libros olvidados y la belleza de lo cotidiano. Eso, en un mundo falso, la hizo brillar.

Consumida por la envidia, la madrastra contrató a un especialista para desprestigiarla, pero el joven, al conocer a Blanca en persona, decidió contarle la verdad y ayudarla a escapar del mundo virtual.

Juntos escaparon de la ciudad y se fueron a vivir a un pueblo rodeado de minas y vegetación, compartiendo una casa con siete músicos soñadores que vivían desconectados del sistema.

La madrastra, aún furiosa, le mandó un bello ramo de flores como señal de falsa despedida. Blanca las puso en un jarrón con agua y su intenso olor hizo que quedara en estado de coma. Entonces apareció alguien distinto, no era un príncipe, sino un joven médico, que con una inyección hizo que Blanca se recuperara del coma. Nada más verse sintieron tal empatía que hizo que la llama del amor brotara entre los dos.

Juntos y felices recorrieron en moto parte del globo terráqueo.

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Instrucciones para vivir felizmente muchos años. Texto de Francisco Pérez

Instrucciones para vivir felizmente muchos años. Texto de Francisco Pérez

Se presentan estas instrucciones como sugerencias, no como obligaciones para personas mayores. La lista la completa cada persona con sus propias indicaciones.

  • Salir de casa y caminar todos los días al menos una hora a buen paso.
  • Hacer cinco comidas diarias en las que se mezclen frutas y verduras con proteínas, incluidas las vegetales. Los hidratos de carbono, mejor al mediodía. Los que coman fuera de casa, menús del día equilibrados y económicos, y los burgers para los jóvenes.
  • Montar un programa de visitas mensuales dentro del barrio, en la ciudad o en transporte de cercanías, a ser posible con compañía, pero también en solitario o con visitas guiadas.
  • Leer prensa o literatura a diario sin agotarse porque el final del libro no aparece nunca. Se puede añadir la escritura de un folio diario.
  • Ver la televisión en pequeñas dosis, descansando cada hora y olvidarse de la fea costumbre de serie o peli y mantita. Probar a pasar un día al mes sin encender el televisor. Disfrutar con lo que llega por la tele y evitar maldecir a ese político al que odia (escriba aquí el nombre del elegido).  Lo mismo se sugiere con el móvil. Las llamadas a hijos y nietos al gusto y sin pasarse, y un día sin móvil puede ser un gran día.
  • Seguir las indicaciones de los clínicos en los pasos a dar para llevar una vida feliz. No desesperarse cuando la primera cita disponible para la revisión del colesterol y otras sustancias internas supere los seis meses.
  • Dejar la mente en blanco de vez en cuando y pensar en la vida tan corta que ya ha pasado y en la larga que queda. El ejercicio es reversible.

Muchas otras instrucciones caben más abajo porque aquí hemos llegado a las trescientas palabras.

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El tullido. Relato de Carmen Jiménez

El tullido. Relato de Carmen Jiménez

La estampa que ofrecía la salida del metro al lado de mi casa en los años 60 era de lo más variopinta.

De frente, en el ángulo izquierdo, según se salía, estaba en su caseta pequeñita de madera de “María”, la pipera que en invierno ampliaba el negocio con una cocina de carbón en la que asaba castañas y batatas.  Era una viejita suave y trataba a toda la chiquillería con mucho cariño y dulzura.

En la parte derecha de la salida del metro estaba sentadita “Carmen” con su cajoncito lleno de paquetes de cigarrillos abiertos, pues los vendía sueltos, 1, 2, 3… vaya, los que quería la gente. También vendía lotería y lucía una chapa reluciente en el pecho con el n.º de vendedor autorizado. Esto la llevó a la ruina, ya que como vendía papeletas, además de los décimos, pues una vez, avatares de la suerte, tocó un premio gordo en la Lotería del Niño, y resulta que Carmen había vendido muchas más papeletas de las que podía vender; resultado, al no poder hacer frente a la gran deuda contraída, fue a parar a la cárcel, lástima, porque era muy simpática.

En la parte de atrás de la boca del metro, estaba Perico, el vendedor de periódicos; entonces no había quiosco de prensa, su hija fue la que tuvo el primer quiosco. La prensa reposaba en sendos cajones de madera.  A mí cuando más me gustaba oírle, era cuando anunciaba la prensa de la tarde:  “MADRID, ALCÁZAR, INFORMACIONES Y PUEBLO”

Precisamente con el periódico PUEBLO que compraba mi padre los viernes, me aficioné a los autodefinidos y crucigramas. Era enorme esa página de periódico, vaya, como una sábana de cuna.

Enfrente del señor Perico y apoyado un poco en la pared estaba “el tullido”.  Era joven, aunque no sabría decir bien la edad, pero el pobrecito tenía los miembros superiores e inferiores tan retorcidos, como si estuviera todo descoyuntado, y lo mirabas y te daba reparo fijar mucho la vista en él.

Mis amigas Elena y Lola y también yo misma, por supuesto, nos habíamos aprendido la cantinela del tullido y a veces la repetíamos sin cesar: “Madre mía, en la flor de la vida y sin poderlo ganar. ¡Pobrecito!”. La repetía una y otra vez, y la gente le echaba sus céntimos en la lata que tenía puesta en el suelo. Era una melodía, cadenciosa y pegadiza.

Un día que volvíamos del colegio las tres y nos encontramos en la esquina hablando alborotadas, contemplamos una escena que no se me ha borrado de la mente con el paso de los años.  El tullido, pie derecho en el hombro izquierdo y mano derecha en la espalda, con un giro de codo que ya quisiera el mejor de los artistas circenses, repetía su melodía: “Madre mía, en la flor de la vida y sin poderlo ganar. ¡Pobrecito!”.

Como si fuera un relámpago, de la boca del metro salió una mujer joven y bien formada, con una cara bonita y que, por sus rasgos, parecía de etnia gitana. Arrastraba de la mano con fuerza a una niña de unos tres años, más o menos, negrita como el carbón y que berreaba más que lloraba y a la vez sorbía unos mocos espesos y largos, que le llegaban desde las fosas nasales hasta la boca, colgándole como si fueran velones de procesión.

La niña, en cuanto vio al tullido, comenzó a gritar con fuerza ¡papá, papá…! y en dos zancadas la mujer se paró sin soltar a la negrita, delante del retorcido, gritando desaforada: “Ya sabía yo que iba a ser verdad, lo que decía la batusí que me ha dejado esto –señalando a la niña que llevaba de la mano—, esta mañana en casa”, y con la otra mano en la que sostenía un gran bolso, comenzó a darle tales bolsazos al tullido, que el bolso se rompió y todo el contenido del mismo, incluidas unas gordas naranjas, se desparramó por la calle.

El tullido enmudeció en su lamento y con una velocidad digna de un coche de carreras, se desretorció (válgame el verbo) y echó a volar más que correr calle abajo.

La gitana lo seguía, la negrita lo llamaba, papá, papá, y el vendedor de periódicos, la cigarrera y la pipera se miraban estupefactos al ver correr así al pobre tullido y no salían de su asombro. Nosotras en la esquina dijimos a coro: Madre mía, en la flor de la vida y sin poderlo ganar. Pobrecito…

Nunca más lo vimos.

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