Palacete. Relato de Mª Luisa Illobre


Salimos mi marido y yo rápidamente hacia el sitio indicado, y cuando preguntamos en recepción, nos dijeron el número de la habitación, y allí nos encontramos a Agustín, entubado, monitorizado, lleno de cables y con una mascarilla de oxígeno.
Rosario, su esposa, hecha un mar de lágrimas, estaba sentada en un sillón. Los dos rondaban ya los noventa años. Convencimos a Rosario para que se fuera a descansar, y mi marido, que es su único hijo, después de hablar con los médicos, acompañó a su madre a casa.
Llevaba yo un rato a solas con mi suegro cuando Petra, una de las criadas de toda la vida, se presentó con su marido, para ver cómo se encontraban los señores y si necesitaban algo.
Estuvieron unos minutos. Petra, antes de marcharse, se acercó para cogerle una mano, toda compungida y, cuál no sería mi sorpresa cuando vi que Agustín, haciendo un gran esfuerzo, estiraba su brazo incorporándose todo lo que los cables le permitían, e intentaba tocarle el culo. La pareja salió de la habitación sin más palabras. Yo pensé que lo mismo eran figuraciones mías, pero el electro del monitor me dio la razón, pues en un gráfico casi plano, su corazón empezó a dibujar unos picos que detectaban una subida de adrenalina.
A las pocas horas Agustín Berrocal moría. La capilla ardiente se instaló en el Tanatorio de la Concepción. Allí recibimos a familiares y amigos durante las horas reglamentarias antes del entierro.
La única que estaba atontada por los calmantes que le habían suministrado era Rosario, mi suegra. Los demás, entre saludos, chismes y chascarrillos de esta tierra, tengo que confesar que reímos más que lloramos, pues los comentarios sobre el difunto de alabanzas tenían poco.
Las calaveradas y juergas en las que Agustín Berrocal había tomado parte eran famosas. Un empleado del tanatorio entró en la sala, preguntado por don José Luis Berrocal. Mi marido contestó que era él. Entonces este le entregó una carta.
Nada más leer el remite, puso cara de estupor, pues la remitente era una antigua amiga de sus padres a la que recordaba, por la infinidad de veces desde que era un niño, que había oído discutir a estos, acaloradamente por ella.
Esta señora había fallecido hacía unos meses, y en sus últimas voluntades había pedido que se le entregara esta misiva al hijo de Agustín en el velatorio de este, para que la leyera delante de familiares y amigos.
—Por favor, escuchadme un momento, tengo que leeros una carta póstuma de Isabel Abad, quien me pide que la haga pública aquí y ahora.
La curiosidad nos dejó a todos expectantes.
“Mi querido Agustín:
Recuerdo cada día de aquellos tiempos en que tu abrazo me daba seguridad, en los que tus besos me daban confianza, en los que tus caricias me daban la vida. Aquellos tiempos en que tus gestos me decían que me querías, que no pensabas dejarme nunca y que, siempre, siempre, compartiríamos esta felicidad. Pero aquellos gestos eran mentira, no me di cuenta hasta que ya era tarde, ya habías empezado a mentir a otra y a mí solo me dejabas ver la realidad de que eras incapaz de amar.
Como sé que a tu velatorio acudirá la panda de amigos comunes que tuvimos, quiero que sepan que no fui yo sola, a la que tanto criticaron, la que engañó a su marido, echándose en tus brazos, ya que casi todas, por no decir todas las mujeres de tus amigos, compartieron su lecho contigo.
Cierto es que solo Rosario, tu mujer, que la pobre se hacía la tonta, pero estaba más que enterada de tus infidelidades, y yo, a pesar de los pesares, te hemos querido de veras.
Lo mismo cuando tu hijo lea esta carta, nosotros nos estemos viendo en el infinito azul. Y hasta podremos echarnos unas risas, viendo las caras de funeral que se les van a poner a nuestros queridos amigos.
Un abrazo para todos de Isabel”.
Lo cierto fue que a la hora del entierro solo estuvimos presentes los familiares.

Te prometiste que nunca volverías a aquella playa en verano. Siempre el mismo paseo, el pueblo abarrotado de gente, el calor insoportable en la siesta y la comida en el restaurante con el menú del día de la comida recalentada. Y como no te gustaba viajar en caravana hacías todo lo posible por llegar cinco días después del día del inicio de tus vacaciones y a la vez pasar menos días en la costa.
Y sin embargo, nada más llegar, te faltaba tiempo para quedar con aquellos amigos con los que coincidías desde que hicisteis juntos el bachillerato. Tantos años habías pasado mojando los pies en la arena de la playa, en una caminata sin fin en la que repasabas lo sucedido el último año en tu empresa, los cambios que tú habías propuesto y los jefes habían aceptado, las dudas que tenías sobre la posibilidad de tener un hijo. También te interesabas por el cambio de casa que tus amigos paseantes todavía no habían terminado y que describían una y otra vez para ver si les dabas ideas sobre la decoración del salón y las plantas más apropiadas para lograr un conjunto armónico y relajado.
Tantos paseos con la puesta de sol por delante te fortalecían las ganas de vivir y te llenaban de energía para volver a tu ciudad y continuar el trabajo con espíritu renovado.

Las dos primeras décadas del siglo XXI fueron las más prolíficas en el desarrollo tecnológico de la historia de la Humanidad. Los descubrimientos en el campo de la mecánica cuántica y la comprensión de la ciencia por parte de la población generaron un pico de demanda social hacia los científicos para que nos pronunciáramos sobre los viajes en el tiempo.
La gente quería saber si sería posible conocer a sus antepasados, si su enfermedad mejoraría, si los hijos tendrían un buen futuro, si les iba a tocar la lotería, si los dinosaurios desaparecieron por el choque de un cometa…
Hicimos todas las especulaciones, simulaciones y experimentaciones posibles. Desgraciadamente, la física fue tozuda no queriendo cambiar sus leyes.
Extenuados por el esfuerzo, sentenciamos: «Las teorías de viajes en el tiempo no son más que eso, teorías. El pasado es pasado e imposible volver a él. El futuro es futuro e inalcanzable”.
En aquellas reuniones, algunos defendíamos otras alternativas para los viajes al futuro. Recuerdo el último rifirrafe:
—El futuro no está creado y existen infinitas posibilidades, miles de caminos que se desarrollarán de muchas formas y no los hemos descubierto. Hoy por hoy, viajar al futuro es imposible, aunque existe otra posibilidad.
No era la primera vez que utilizaba mi argumento, pero la comunidad ya estaba derrotada por las evidencias.
—Amigo Ismael, el futuro es influenciable por los hechos que acontecen, puede moldearse superficialmente, pero siempre surgen interacciones que modifican el comportamiento del tiempo y lo convierten en impredecible. Por eso es imposible ir al futuro. —El doctor Álvarez utilizaba las conclusiones a modo de dogma.
Yo me defendía.
—No hablo de máquinas, ni de entrelazamientos cuánticos, ni cuerdas cósmicas, ni agujeros de gusanos, ni pliegues del espacio. Tampoco hablamos de leyes imposibles de ejecutar. Hablo de cerrar los ojos y abrirlos cientos de años más tarde. Un viaje unidireccional sin posibilidad de retorno al pasado.
Y me replicaban.
—Tú y ese imposible despertar en el futuro. De todas formas, ¿de qué nos serviría ahora en el presente?
—Les servirá a ellos, a los habitantes del futuro; dispondrán de la experiencia directa de nuestras vivencias y especulaciones en el siglo XXI. Tendrán una historia viva del pasado y un análisis real de aquel presente. Un aviso de lo que nos preocupaba para el futuro, su presente. Así, tal vez, ellos podrán dirigir su futuro.
—Ismael, tu viaje al futuro es un suicidio sin paliativos.
Esas fueron las últimas palabras que escuché del doctor Álvarez. Me expulsaron del gabinete de asesores de la Organización Mundial de la Ciencia en ese preciso instante.
Recluté a un reducido equipo de jóvenes científicos que me ayudaron a investigar, y más que viajar al futuro supimos que teníamos que viajar al espacio para resolver el calentamiento global que nos estaba dando avisos de su realidad. Estábamos seguros de que en el próximo siglo la tierra empezaría a tener sed, y nada sería igual. Había que luchar por el «Agua», ese líquido singular cuya existencia estaba agotándose, por lo que había que indagar y buscar H20. Es una sustancia esencial para todas las formas de vidas conocidas, compuesta por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, que se puede encontrar en estado líquido, sólido o gaseoso.
Como es natural, el que tenía que realizar el viaje era yo. Mi entusiasmo decayó cuando observé cómo de los ojos de Rocío, mi principal ayudante y queridísima esposa, brotaban abundantes lágrimas. Se sobrepuso con rapidez diciéndome:
—No te extrañe que llore, presiento que tardaré muchos años en volver a verte, pero seré feliz sabiendo que nuestros sueños se están cumpliendo.
Antes de su partida nos dio tiempo a despedirnos, conscientes los dos de la suerte que habíamos tenido de compartir un trabajo tan gratificante y un amor que tan plenamente había llenado nuestras vidas.
Cuando vi a Ismael sobre la camilla, ayudé al doctor Marín a colocarle la envoltura traslúcida que contenía la información cerebral necesaria para construir aquel especial androide que podía percibir el mundo externo en su totalidad, siendo capaz de llegar a cualquier lugar y soportar las temperaturas de los planetas extrasolares, solo con el fin de cumplir el objetivo de salvar nuestro planeta. Sentí entonces que mi corazón aceleraba de un modo anormal sus latidos, y caí al suelo perdiendo todo contacto con la realidad.
Al despertar, la cápsula que había enviado a Ismael a otras galaxias se había perdido en el infinito. El mareo no provenía solo de la emoción de la partida, pues vino acompañado de la noticia de un posible embarazo.
¡Qué feliz me sentía de saber que el inmenso amor que nos profesábamos iba a ser bendecido por la llegada de un hijo que me acompañaría y me haría más llevadera la ausencia de Ismael! ¡Cuánto hubiera disfrutado él con esa noticia! Claro que lo mismo se habría ido más preocupado, fue mejor así.
Pasaron los meses y nació Laura, que llenó mi vida por completo. Como siempre vivió rodeada de científicos, y la historia de su padre es fácil que la fascinara, cuando cumplió veintidós años entró a formar parte de nuestro viejo equipo.
Nuestros temores se fueron haciendo realidad, el calentamiento global se hizo evidente, las reservas de agua se agotaban, y los cuerpos de personas o animales desfallecían o agonizaban por doquier. La tierra, desértica, medio en tinieblas y sin agua, estaba próxima a un apocalipsis.
De pronto, un día cuando nadie se lo esperaba, un intenso temblor sacudió el planeta entero; no recuerdo el tiempo que duró, solo sé que mis lágrimas se mezclaron con una menuda lluvia que fue arreciando y en pocos días el planeta volvió a tener vida, pudiendo apreciar que nuestros pulmones se oxigenaban y el paisaje se llenaba de olor y color. La vida volvió a ser como antes o todavía mejor.
Mi hija y yo nos abrazamos alborozadas sintiéndonos orgullosas de aquel hombre bueno y sabio que sacrificó su vida por salvar el planeta, a la vez que conseguía ver realizados sus ideales.
Ya no sé si me quedará tiempo para esperar la vuelta de Ismael. Si no es así seguro que nos encontraremos en otra vida, pues estoy convencida de que muchas cosas se consiguen, aparte de por la ciencia, por amor, y de eso sabíamos mucho Ismael y yo.

En un garaje medio derruido tenían reunión varios maleantes cuyo objetivo era atracar a cualquier persona por la calle. Aquella mañana planearon hacer un negocio sonado. Se dirigieron a una parte de la ciudad compuesta por grandes chalets donde pensaban que harían negocio. Dos de ellos llamaron a la primera puerta. Una voz de mujer les contestó.
—Por favor, abra que nos hemos quedado en su puerta. Mi compañero se encuentra mal. No puede respirar bien y se asfixia.
Se oyeron varios pasos e inmediatamente apareció una señora uniformada de mediana edad portando un vaso de agua. La respuesta de los hombres fue un enorme empujón que la hizo caer al suelo.
Penetraron en la mansión y trataron de arramblar con todo los que entraba en dos enormes bolsas, sin darse cuenta de que una discretísima alarma estaba sonando. Al salir, dos enormes policías los estaban esperando. Como los rateros eran más que conocidos, los dejaron escapar después de vaciar las bolsas, y con una seria recomendación de que a la próxima iban al calabozo.
En cuanto a la otra pareja, cuando intentaron entrar en la urbanización, fueron rechazados
por los de seguridad, que estaban esperando a sus compañeros en la puerta.
Vaya día que se había presentado. No quedaba otra que desvalijar a alguien menos importante. Era ya media tarde. ¡Habría algún anciano para abordar!
Pasaron por unos portales donde varias personas de mediana edad tomaban el fresco. Se acercaron y a fuerza de empujones quería quitarles su dinero —que no tenían— pero sí portaban la mayoría unos terribles bastones con los que les amenazaron con fuerza. Y tuvieron que salir rápidamente ante los golpes que les atizaban.
Siguieron camino. Seguramente en el centro podrían robar a alguien. En un callejón había un enorme tenderete de mantas y cartones al que se dirigieron . Seguramente allí se cobijaría un indigente importante con buen dinero recaudado. De un tirón arrancaron la manta y apareció un enorme perrazo con dientes afilados que se abalanzó sobre ellos, y prácticamente no tuvieron tiempo de salir volando perseguidos por el animal, que ladraba sin parar y les lanzaba grandes derrotes.
En la siguiente calle, recostado en un colchón se encontraron a un viejo que, al pedirle su recaudación, les contó entre hipos que si no tenían algún euro para poderse comprar un cartón de vino. Llevaba todo el día sin dar un trago. Le dieron los pocos euros que llevaban.
El siguiente episodio fue en una tienda que tenía de todo, pero el dueño, al verlos cerca, cerró la puerta en sus narices dejándoles fuera. A voces le dijeron que no querían robarle, pero al menos que les sacara unas trenzas de chocolate, a lo que él accedió dándoles las dichosas trenzas que se le habían quedado rancias del día anterior.
De vuelta a su escondrijo tuvieron una reunión general. Después de estar pateando todo el día, volvían sin un euro y no habían cometido ningún atraco. Como no podían seguir en estas condiciones, acordaron que lo mejor era dar por cancelado el negocio y volverse BUENAS PERSONAS .
Al cabo de varios años siempre recordarían la época de su vida que se les ocurrió dedicarse al robo, con un resultado nefasto.