
Llevaba semiabandonado varios años. Se ocupaba de su conservación un personaje que lo llevaba haciendo desde hacía tiempo. Su actual dueño pretendía deshacerse del palacete, pero los gastos fueron aumentando y, aunque su aspecto era señorial, no lo había conseguido.
A un pintor extranjero le agradó sobre todo su panorama de montañas y, puesto de acuerdo con el dueño, fue adquirido. Por supuesto, sin la persona cuidadora, que fue despedida sin más, llevándose recuerdos de lo que había sido su vida allí durante años.
El pintor aparcó un montón de furgonetas y coches, todo ello cargado con enormes lienzos y pinturas para instalarse. Habilitó un gran salón donde expuso todas las obras que portaba, en espera de que personal de su oficio pasara a contemplarlas.
Entretanto, el cuidador habló con el dueño anterior: “¿Cómo no ha informado usted de los secretos del palacio?”. Contestación: “El nuevo dueño no tiene por qué saber lo que ocurrió aquí hace años”.
Pasaron varios días. El pintor salía al exterior a pintar las increíbles vistas panorámicas, pero a su vuelta notó que a uno de los cuadros realizados por él en el extranjero le faltaba algo. No podía decir qué detalle, pero estaba distinto. Se trataba en el lienzo de una persona joven, con un cuerpo perfecto, pero seguro que no con los trazos que él lo pintó. Había cambiado. Creía que la figura estaba inclinada hacia adelante.
Se retiró a dormir con unos raros sueños cuando sonó el teléfono. Era su amigo Ronald. “No me esperes mañana, que iba a recoger el cuadro del joven perfecto como quedamos”. “Me han llamado para decirme que ha muerto en la estación Victoria”. El pintor se quedó anonadado. No podía creerlo.
Dio un salto en la cama y voló al salón. Allí estaba el cuadro del joven, pero inclinado hacia delante. Lo habría soñado. Antes de retirarse, se le ocurrió pasar revista a los demás posados. El artista era un dibujante maravilloso con renombre en varios países, pero igualmente los personajes de sus cuadros no estaban en la misma posición que cuando fueron pintados por él. Damas bellísimas con un vestuario increíble, pero en el que se apreciaban brochazos con colores chillones que embadurnaban sus atuendos.
Esperó a que amaneciera y llamó al antiguo dueño del palacete. El pintor se puso histérico cuando el antiguo dueño le informó que él no sabía de su forma de pintar. Fue requerida la policía y la persona que cuidó de la mansión durante años. En un aparte con los gendarmes se descubrió lo que quería haber contado el cuidador desde hacía tiempo. Hacía años que se había cometido un crimen horrible: un loco peligroso había asesinado a toda la familia que allí habitaba.
La historia fue olvidándose y el crimen nunca se resolvió, pero la esencia del mismo vagaba por todas las estancias. También los rostros de las damas pintadas aparecían desfigurados y cadavéricos.
Con el tiempo murieron los gobernantes de la provincia y nadie se volvió a ocupar del asunto.
El pintor guardó sus paletas, lienzos y pinceles y desapareció en busca de algún lugar donde poder curarse de aquella paranoia.
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