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El día de las alabanzas. Relato de Soledad del Yerro

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En la madrugada del día doce de julio del año 2015, sonó el teléfono de mi casa, y yo, aún dormida, lo cogí y la noticia que daban me hizo tirarme rápidamente de la cama. Del hospital universitario Virgen del Rocío de Sevilla, avisaban que al padre de mi marido, don Agustín Berrocal, le había dado un infarto masivo, que acudiéramos inmediatamente porque su vida corría peligro.

Salimos mi marido y yo rápidamente hacia el sitio indicado, y cuando preguntamos en recepción, nos dijeron el número de la habitación, y allí nos encontramos a Agustín, entubado, monitorizado, lleno de cables y con una mascarilla de oxígeno.

Rosario, su esposa, hecha un mar de lágrimas, estaba sentada en un sillón. Los dos rondaban ya los noventa años. Convencimos a Rosario para que se fuera a descansar, y mi marido, que es su único hijo, después de hablar con los médicos, acompañó a su madre a casa.

Llevaba yo un rato a solas con mi suegro cuando Petra, una de las criadas de toda la vida, se presentó con su marido, para ver cómo se encontraban los señores y si necesitaban algo.

Estuvieron unos minutos. Petra, antes de marcharse, se acercó para cogerle una mano, toda compungida y, cuál no sería mi sorpresa cuando vi que Agustín, haciendo un gran esfuerzo, estiraba su brazo incorporándose todo lo que los cables le permitían, e intentaba tocarle el culo. La pareja salió de la habitación sin más palabras. Yo pensé que lo mismo eran figuraciones mías, pero el electro del monitor me dio la razón, pues en un gráfico casi plano, su corazón empezó a dibujar unos picos que detectaban una subida de adrenalina.

A las pocas horas Agustín Berrocal moría. La capilla ardiente se instaló en el Tanatorio de la Concepción. Allí recibimos a familiares y amigos durante las horas reglamentarias antes del entierro.

La única que estaba atontada por los calmantes que le habían suministrado era Rosario, mi suegra. Los demás, entre saludos, chismes y chascarrillos de esta tierra, tengo que confesar que reímos más que lloramos, pues los comentarios sobre el difunto de alabanzas tenían poco.

Las calaveradas y juergas en las que Agustín Berrocal había tomado parte eran famosas. Un empleado del tanatorio entró en la sala, preguntado por don José Luis Berrocal. Mi marido contestó que era él. Entonces este le entregó una carta.

Nada más leer el remite, puso cara de estupor, pues la remitente era una antigua amiga de sus padres a la que recordaba, por la infinidad de veces desde que era un niño, que había oído discutir a estos, acaloradamente por ella.

Esta señora había fallecido hacía unos meses, y en sus últimas voluntades había pedido que se le entregara esta misiva al hijo de Agustín en el velatorio de este,  para que la leyera delante de familiares y amigos.

—Por favor, escuchadme un momento, tengo que leeros una carta póstuma de Isabel Abad, quien me pide que la haga pública aquí y ahora.

La curiosidad nos dejó a todos expectantes.

“Mi querido Agustín:

Recuerdo cada día de aquellos tiempos en que tu abrazo me daba seguridad, en los que tus besos me daban confianza, en los que tus caricias me daban la vida. Aquellos tiempos en que tus gestos me decían que me querías, que no pensabas dejarme nunca y que, siempre, siempre, compartiríamos esta felicidad. Pero aquellos gestos eran mentira, no me di cuenta hasta que ya era tarde, ya habías empezado a mentir a otra y a mí solo me dejabas ver la realidad de que eras incapaz de amar.  

Como sé que a tu velatorio acudirá la panda de amigos comunes que tuvimos, quiero que sepan que no fui yo sola, a la que tanto criticaron, la que engañó a su marido, echándose en tus brazos, ya que casi todas, por no decir todas las mujeres de tus amigos, compartieron su lecho contigo. 

Cierto es que solo Rosario, tu mujer, que la pobre se hacía la tonta, pero estaba más que enterada de tus infidelidades, y yo, a pesar de los pesares, te hemos querido de veras.

Lo mismo cuando tu hijo lea esta carta, nosotros nos estemos viendo en el infinito azul. Y hasta podremos echarnos unas risas, viendo las caras de funeral que se les van a poner a nuestros queridos amigos.

Un abrazo para todos de Isabel”. 

Lo cierto fue que a la hora del entierro solo estuvimos presentes los familiares.

1 Comentario

  1. Muy buen relato

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