Los Mayores Cuentan

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Euro Disney París. Relato de Soledad del Yerro

Euro Disney París. Relato de Soledad del Yerro

Prepararon un viaje familiar para visitar París y lo hicimos en coche. A través de una agencia, reservaron habitaciones en un céntrico y bonito hotel, y en otro para pasar cuatro días en Euro Disney, un parque de atracciones muy cerca de París, porque yo siempre fui una gran admiradora de sus personajes y, con mis seis años, aquello resultó ser magia pura. Al primero que vi nada más empezar el desfile fue a Mickey Mouse y a su novia, Minnie Mouse.

Me impactó aquel lugar mágico, donde los cuentos de hadas cobraban vida, con castillos, personajes fantásticos, música, desfiles y atracciones; todo era maravilloso.

A la vuelta, recuerdo que me llevé varios meses diciéndoles a mis familiares:

—¿Hablamos de Euro Disney?

También tengo que decir que mi padre, que nos llevó a conocer todo lo más importante de París, siempre me dijo: «Te portaste muy bien, disfrutaste como niña, subiste encantada a la Torre Eiffel y, en el retrato que te hicieron en la Place du Tertre, en el barrio de Montmartre, estuviste tranquila y sonriente, como te pedía el pintor».

La entrada al Museo del Louvre me impresionó y apreté con más fuerza la mano de mi madre. Todos estaban admirados viendo el cuadro La Mona Lisa. Papá comentó que la sonrisa de aquella mujer parecía cambiar según desde dónde la miraras.

Mi abuela y mamá quisieron que fuéramos a conocer el Museo de Orsay, pues eran admiradoras del arte impresionista; lo cierto es que a mí me pareció más alegre por el colorido de los cuadros.

Al visitar la Catedral de Notre Dame ya iba cansada. Me senté en un banco y vi cómo todos disfrutaban y mostraban su admiración, comentando que aquella obra de arquitectura era impresionante. Papá me sonrió, aprobando mi comportamiento, pero yo estaba deseando salir para montar en un carrusel que estaba instalado muy cerca de la entrada; fue otra experiencia que me encantó.

Seguimos caminando y llegamos al puente Alejandro III. Desembocamos en la explanada de Los Inválidos, donde se encuentra la tumba de Napoleón, y yo ya no pude aguantar más el cansancio. Como era el mes de agosto, me tumbé en la hierba, inválida como el nombre de la explanada. Esto hizo que primero entraran a visitarlo mis padres y, después, mis abuelos, para no dejarme sola.

Sin reconciliación. Relato de Rocío Urraca

Sin reconciliación. Relato de Rocío Urraca

Acordamos reconducir nuestra pareja en los Dolomitas. Encontrarnos en tierra de nadie. Ella vino en un coche alquilado desde Padua. Yo, viajé en autobús desde Bovec (Eslovenia) donde vivía desde nuestra separación.

Pensé que finales de octubre sería una buena época para evitar las hordas de veraneantes, contemplar bosques dorados y rojizos, disfrutar del crujido de pisar la hojarasca y gozar de una temperatura todavía soportable. Tampoco ignoraba que, debido al riesgo de nevadas tempranas, el alojamiento turístico bajaba considerablemente. Aún quedaban en las zonas bajas de algunos valles refugios aislados —tipo cabaña básica para emergencias— y alquilé uno a mi nombre durante dos semanas. Supuse que nos vendría bien si había propósito de entendimiento. Nadie alrededor. Sólo nosotros en aquella inmensidad.

No fue buena idea. Volví a ceder, siempre terminaba cediendo. Acatar su voluntad por no discutir, significaba admitir que cuando uno arroja las armas al suelo, el otro avanza sobrepasando un límite sin retroceso. Discusiones y reproches volvieron hasta un punto de no retorno. Una noche salió a la desesperada del refugio y yo intenté retenerla. Con la humedad del suelo se escurrió, golpeándose la cabeza contra una piedra. Murió en el acto.

Debía reaccionar rápido. Subí ladera arriba su cuerpo desnudo en una carretilla para leña. Cavé una fosa pequeña, pero profunda, donde la enterré camuflándola con piedras y hojarasca sabiendo que en breve llegaría la nieve. Quemé su ropa y documentación. Limpié la cabaña y devolví el coche en el aeropuerto de Venecia de madrugada metiendo las llaves en un buzón. Volví a Bovec lamentando profundamente el accidente, pero seguí mi vida. De haber quedado algún indicio, la lluvia y la nieve los borrarían durante el invierno. Y si alguien me preguntara sobre el reencuentro, mi contestación sería: «Lo intenté, pero nunca se presentó».

El Capricho de Gaudí. Relato de Soledad del Yerro

El Capricho de Gaudí. Relato de Soledad del Yerro

Este verano tuve la suerte de pasar unos días en Suances, donde mi prima Angelines me invitó a una preciosa casa que tiene, con vistas a la montaña. Era una gozada levantar la persiana y contemplar un cerro verde y enormes hortensias de varios colores. Poder disfrutar de su paseo marítimo, con un clima suave y veraniego junto al mar, fue para mí un gran motivo de relax.

Angelines se propuso que aquellos días en Cantabria fueran inolvidables y de veras que lo consiguió.

Me llevó a Comillas para que conociera El Capricho de Gaudí.

Yo había visto fotografías y sabía que su dueño era Máximo Díaz de Quijano, un joven burgués cántabro que, como muchos hombres y mujeres del siglo XIX, emigró a América para hacer fortuna. Estos viajeros eran conocidos como indianos.

En Cuba trabajó como abogado para el I marqués de Comillas, una figura que desempeñó un papel clave en su trayectoria.

Máximo no solo era un hombre de leyes; también sentía una gran inquietud intelectual por la música, la botánica y la escritura.

Al regresar a España quiso construirse una casa donde descansar y rodearse de todo aquello que le inspiraba. Fue entonces cuando el marqués le recomendó a un joven arquitecto catalán, Antonio Gaudí, que era amigo de su yerno.

Angelines ya la había visitado en varias ocasiones. A mí me llamaron especialmente la atención sus colores y sus azulejos con motivos de girasoles. En muchos de los ornamentos que la componen parece que se mezclan la arquitectura, la música y la pintura.

Las formas curvas y una torre que recuerda a un minarete hacen de ella una casa muy original. Gaudí se inspiró en la naturaleza para crear muchos de sus detalles. Debido a su delicada salud, pasó mucho tiempo en la casa de campo familiar, conectando con la que sería su gran maestra: la naturaleza.

Hoy, El Capricho es uno de los lugares más visitados de Comillas.

Esta visita a Cantabria me hizo reflexionar sobre las distintas costumbres y sobre lo peculiares que somos en esta España nuestra.

Nada más aparcar el coche, una señora mayor, hablándonos a voz en grito desde uno de los miradores de su casa, tan característicos de aquel lugar, nos pidió que lo quitáramos porque tapaba un camino por el que venían los tractores tras la jornada de trabajo. Nos quedamos sorprendidas porque el camino era tan estrecho que apenas podría transitar por él una bicicleta.

Lo cambiamos de lugar y continuamos caminando hacia la casa. Un poco más adelante, otra señora, situada de forma similar a la primera, nos indicó que aligeráramos el paso porque las visitas eran con hora. Le dimos las gracias, haciendo un esfuerzo por contener la risa.

Resultaba curiosa la forma que tienen ciertas personas de controlar a los visitantes de tan insigne y popular lugar.

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El Hada de la Luz.  Cuento de Soledad del Yerro (2ª edición)

El Hada de la Luz. Cuento de Soledad del Yerro (2ª edición)

Le damos las gracias a Soledad del Yerro por este precioso cuento infantil que nos gusta a los mayores también.

En un chalet de Las Navas del Marqués, pasaban el verano cuatro generaciones de una misma familia. Se trataba de María, madre de Isabel, abuela de Carmen y bisabuela de Rocío.

La casa era enorme y antigua, estaba rodeada de un jardín muy mal cuidado; tenía la puerta principal y otra pequeña de troncos de madera por la parte de atrás, que daba a una calle solitaria por donde podía entrar cualquiera con mucha facilidad.

Este pueblo de la provincia de Ávila es muy frío, pero en aquel verano de 1988 el mes de junio era totalmente invernal. Rocío era un bebé de tres meses, a la que su madre cuidaba con esmero, teniendo que enchufar una estufa día y noche para tener el cuarto habitable.

Durante el día, si hacía sol, salían al jardín algunos ratos, pero las noches eran miedosas, se levantaba un aire huracanado que al mover las ramas de los árboles hacían un ruido infernal, los relámpagos iluminaban la casa, y los ruidos de los truenos hacían temblar de miedo a sus habitantes.

Eran las diez de la noche y María y la niña estaban dormidas.  De pronto empezó una de esas grandes tormentas y se cortó la luz eléctrica.

—Mamá —dijo Carmen—, a ver si puedo encender una cerilla y busco unas velas en la cocina.

Casi a oscuras fue avanzando por un largo pasillo donde el viejo suelo de madera crujía bajo sus pies, y de pronto sintió que algo peludo le rozaba el pie, era un ratoncito de campo, lo cogió suavemente y lo puso en la palma de su mano. Al sentirse acariciado empezó a dar saltitos y poco a poco se convirtió en una lámpara de luz tenue.

—No te asustes, soy el Hada de la Luz, tengo mi palacio en la Ciudad Ducal, donde también vive la bruja de las sombras, que me envidia mucho porque ella es fea y malvada, y por eso nadie la soporta. Hace unos años, aprovechando una noche como esta, mandó unos rayos de magia negra sobre mi palacio, y parte de él quedó incendiado y sus habitantes convertidos en animales de distintas especies. A mí me convirtió en ratón, pero no pudo quitarme todos mis poderes, y por eso cuando alguien me acaricia puedo ayudarle en sus necesidades.

Carmen se quedó atónita oyendo hablar a una lámpara, que minutos antes era un ratón.

—No te asustes, por favor, y no le digas nada a nadie; cuantas más obras buenas pueda hacer, antes se romperá el hechizo. La bruja de las tinieblas no debe enterarse, por eso ninguno de mis protegidos puede contarlo.

Carmen, con la lámpara en su mano volvió al salón.

—Mira, mamá, lo que he encontrado en la cocina.

—¡Qué suerte, hija! Es una antigua lámpara de gas, aunque es flojita, su luz es mejor que la velas.

La lluvia arreciaba, aquella tormenta parecía no tener fin.

—Carmen, hija, ¿tienes miedo?

—Yo no ¿y tú?

—Tampoco.

Como apenas se veían las caras ni sus expresiones, preguntaban para conocer cómo se sentían.

El timbre de la puerta principal sonó con machacona insistencia. ¡Dios mío! ¿quién será a estas horas? Mirando desde la ventana a través de los árboles vieron dos potentes focos de un camión que iluminaban la calle.

—No abriremos la puerta.

—Sí, mamá, es mejor que vean que no tenemos miedo ni que estamos solas, ya que pueden meterse en el jardín y entrar por la puerta de atrás.

—Me pongo un impermeable, subo la capucha y salimos de dudas.

Carmen cogió la lámpara y acercándose a la entrada comprobó que eran unos repartidores de muebles que venían desde Madrid y se habían equivocado de chalet, ya que había varios de la misma construcción.

Las dos mujeres respiraron tranquilas ¡vaya nochecita! Sintieron pasos por el pasillo, era María, que con los timbrazos se había despertado, ¡lo que faltaba! De pronto el salón se iluminó, volvió la luz eléctrica, y Carmen enseguida se dio cuenta de que había un ratoncito debajo de su silla, y la lámpara de gas había desaparecido.

—Mamá, lleva a la abuela a la cama que yo voy a ver a la niña.

Momento en el que aprovechó para meter el ratoncito en una caja con pajas y pasarlo a su habitación, pues temía que su madre o su abuela se liaran a escobazos nada menos que con el Hada de la Luz.

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Concierto en el Monasterio de Santa María del Paular. Texto de Soledad del Yerro

Concierto en el Monasterio de Santa María del Paular. Texto de Soledad del Yerro

La Comunidad de Madrid planifica durante el verano una programación de conciertos por los pueblos de la región. El último al que hemos asistido ha sido en el Monasterio de Santa María del Paular, uno de los rincones más hermosos de la sierra de Guadarrama.

El patio del Ave María del monasterio acogió la actuación del coro de la Comunidad de Madrid, dirigido por Javier Carmena. El programa, titulado “El color de la distancia”,  fue una invitación a disfrutar de la música en un entorno de enorme belleza y recogimiento.

La entrada fue gratuita hasta completar el aforo, y yo sentí que era un privilegio disfrutar de esa atmósfera. Al caer la tarde, con la luz dorada del verano iluminando la piedra del monasterio, las voces del coro elevándose en el patio, las montañas del Valle del Lozoya sirviendo de telón de fondo, la música y el entorno parecían fundirse en una sola cosa.

Dice una leyenda, de las muchas que hay sobre el Paular, que cuando la música suena entre sus viejas piedras, el tiempo se detiene. Las montañas escuchan, el río acompaña en silencio y el monasterio vuelve a ser, por un instante, el refugio de paz que ha sido durante más de seiscientos años.

Como despedida a esta maravillosa tarde quiero dedicaros unas líneas inspiradas en el Paular y en este día.

La radio. Relato de Rosario Badillo

La radio. Relato de Rosario Badillo

En un recóndito pueblo de Cuenca vivía un matrimonio con su hijo de 17 años. Corría el año 1950. La casa estaba muy alejada de la ciudad; el pueblo apenas tenía cincuenta habitantes y no había ningún tipo de entretenimiento. El chico tuvo que dejar sus estudios porque su padre se puso enfermo y él debía ayudar en la finca de la que vivían. Su única distracción era escuchar la radio. Cuando volvía de trabajar, pasaba las horas escuchándola y, de esa forma, se mantenía informado y conectado con el mundo: la música, la política (para aquella época), el deporte y los chismes.

Por desgracia, un día el aparato se estropeó. Al estar tan lejos de la ciudad, a 25 km, no había manera de arreglarlo ni de reponerlo. Pero no podía prescindir de él. Les dijo a sus padres que iría andando; intentaron disuadirlo, pero no lo consiguieron. Se puso en camino. Cogió comida y una manta para dormir en el campo; menos mal que hacía buen tiempo. Tardó bastante, pero lo consiguió: pudo comprar una radio. El esfuerzo mereció la pena. Encontró a un camionero conocido que pudo acercarlo a su pueblo y así seguir con su afición. Cuánta gente, en aquellos años, la disfrutaba… y lo sigue haciendo.

Nota: la primera emisión de radio en España fue el 14 de noviembre de 1924.