Cuqui. Relato de Soledad del Yerro

Ha sonado el despertador, de un manotazo lo he hecho callar y plácidamente me he vuelto a dormir; mi sueño ya no era tranquilo, algo en mi subconsciente me ha hecho dar un salto en la cama, y al ver la hora que el reloj señalaba, se me ha venido a la mente el cúmulo de obligaciones que me esperaban a lo largo del día.
¡Son las ocho de la mañana, Dios mío! Si hace una hora que tenía que estar preparando las cántaras de la leche después de bautizarla, pues como se me olvide echar dos litros de agua en cada cántara de seis, para qué quiero más con Doña Ana, mi ama.
Cada día es más exigente, más avara y más hipócrita. Con su dulce voz y amable trato, hay que ver cómo engaña a su clientela, me río yo por lo bajito cuando oigo cómo dice que la leche que ella vende es la mejor del pueblo, pura como recién salida de las ubres de las vacas. Lo del bautizo que yo hago a diario, eso… vamos, que se lo calla.
Eres un zopenco, Cuqui, me decía yo misma, por ser jueves y tener la tarde libre tenías que haberte levantado antes, y tú vas y te duermes. Es verdad, no es un día normal para mí, he quedado con Adolfo, un chico del que estoy enamorada, creo que hago mal consintiendo estas citas, porque él tiene una novia muy guapa que se llama Adela, y sólo cuando se disgusta con ella busca mi compañía. Lo cierto es que con tal de estar con él, no me importa ser plato de segunda mesa.
No se me tiene que olvidar poner un barreño con agua al sol, y cuando todos duerman la siesta me zambulliré en el agua calentita, y con jabón Lagarto y un estropajo fino, quedaré más limpia que una patena.
Ya he visto que en el frasquito de agua de colonia con olor a violetas aún me quedan unas gotas, sé que a Adolfo le gusta olisquearme el cuello, dice que este perfume le enerva.
Menos mal que el ama también ha bajado más tarde de su habitación; hace poco que se casó, ya pasados los cuarenta, con un señor viudo que, según me parece a mí por las miradas que me echa, es bastante mujeriego.
Hoy se ha debido de entretener más de lo que acostumbra en la cama, así yo me he librado de una reprimenda, ya que me ha dado tiempo de tener la leche preparada para su venta.
Nada más desayunar le he recordado que saldré por la tarde y no volveré hasta mañana. Como venía muy satisfecha de su pasada noche, no me ha puesto ningún reparo.
Cuqui, me digo a mi misma, tienes que aprender de ella, con bastantes más años que tú ha encontrado un hombre que le ha dado una estabilidad. Mientras a ti, solo se te ocurre enamorarte de una persona que te busca nada más que cuando quiere pasar un buen rato.
¿Seré yo capaz de hacerle pasar a Adolfo por el altar algún día?



