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San Isidro. Relato de Mª Luisa Illobre

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En las madrileñas fiestas de San Isidro, nuestra compañera Mª Luisa Illobre ha compartido con nosotros este interesante relato que no puede llegar en un momento más oportuno. ¡Muchas gracias, Mª Luisa!

Foto de portada: EP

Es nuestra fiesta y dos hermanos talluditos decidieron pasarlo bien. Carola y Sergio se vistieron para la oportunidad y tomaron el Metro para ir a la pradera de San Isidro. Sus padres habían fallecido años atrás, dejando a su hijo soltero y Carola viuda ocupando el piso que anteriormente fue de ellos. Costó trabajo que el vestido de percal encajara en el cuerpo de ella, pero con el mantoncillo se disimulaban algo los “michelines”. Sergio estaba calvo, pero incomprensiblemente le había crecido la cabeza y costaba también que la gorra se la cubriera del todo. Un gran clavel rojo en el pelo de la hermana completaba el atuendo.

A la llegada a la pradera multitud de personas con gran algarabía les fue contagiando su animación. Un organillo sonaba a toda potencia su “Madrid, Madrid”. Intentaron bailar el chotis, pero a Sergio le dolía la rodilla. No obstante Carola dio unos cuantos pasos con un joven que se acercó a ella. Lo disfrutó un montón, pero al retirarse le faltaba el monedero. No le dio importancia, porque apenas llevaba unas monedas.

Tenían que entrar en la iglesia a pedir salud al Santo. Esperaron una gran fila y a la salida debían beber agua del manantial pues todo el mundo lo hacía. Sergio se negó en redondo. “Habría que ver de donde venía esa agua”. Comenzaron a discutir, aunque Carola se había tomado dos vasos ya. Siguieron caminando y al llegar a la noria ella le propuso subir. Sergio no estaba animado, pero ella le comentó: “¿No te acuerdas cuando veníamos con los padres?”. “Claro que me acuerdo, pero teníamos muchos menos años”. Al final accedió y les pusieron con una pareja de jóvenes que no pararon de mover el carrito. Sergio les dijo que por favor pararan porque él se mareaba mucho. Cuando la noria estaba en lo más alto, los jóvenes riendo lo movían más.  Al final llegaron abajo y el hermano comenzó a tambalearse.

Siguieron paseando y aunque el día era fresquito el sol se notaba bastante. Caminaron entre los vendedores de toda clase de rifas que voceaban a pleno pulmón, hasta llegar al puesto de gallinejas. Estaban friendo en un gran perol un montón de las citadas gallinejas, con un olor que apestaba y se esparcía por todas partes. Como es normal Carola quería comer un cucurucho de aquello que según ella estaba estupendo. Al acercárselo a Sergio, éste le dijo que cómo se le ocurría comer aquello. ¿Qué sería? Seguramente desperdicios de pollo.

Llegaron las dos y media y ya no podían con el cansancio. Se sentaron en un banco y pensaron que estaban mayores para estas excursiones. Lo habían pasado bien, pero tenían ganas de volver a la tranquilidad de casa.

Llamaron a un taxi y mientras llegaban a su barrio, Carola preguntó a su hermano: “¿Qué te parecería si a la llegada te pongo una sopita de ajo con un huevo?”. Contestación: “Deliciosa, pero antes tengo refrescarme los pies, que los tengo ardiendo”.