Los Mayores Cuentan

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El silencio de los pájaros. Relato de Soledad del Yerro

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Le damos las gracias a Soledad del Yerro por compartir este relato tan bonito.

Eulalia y Fermín pasaban el mes de agosto en su casa de la sierra. Él se había quedado sordo pues siempre trabajó en una fábrica de Cristal Artesano y los ruidos que oía constantemente de las máquinas y herramientas, puliendo y grabando las preciosas cristalerías que allí se fabricaban, acabaron con sus tímpanos. Llevaba puesto un audífono, pero le molestaba, por eso en cuanto podía se lo quitaba. Eulalia le reprendía, le daba miedo que el día menos pensado entrara alguien en la casa para robar o cometer cualquier fechoría y él ni se enterara. La casa estaba rodeada por una parcela de dos mil metros de terreno, repartidos entre huerta de hortalizas y zonas ajardinadas, que Fermín plantaba y cuidaba con mucho esmero. Como este trabajo le embebía, ella estaba segura de que no se iba a enterar de nada hasta que le dieran un garrotazo y lo dejaran en el sitio.

 —No exageres Eulalia, yo soy un hombre precavido. Además, sabes que me ayuda en estas faenas mi amigo José.

 —Mira Fermín, ese argumento no me convence. José no necesita audífono de momento, pero se está quedando sordo por la edad (que ya pasó de los setenta), así que, ¡vaya dos patas para un banco!

La verdad es que los dos amigos pasaban muchos ratos juntos y habían edificado una habitación en el jardín, exclusivamente para criar canarios. Estudiaron la claridad que debía tener, el grado de calor ambiental, el pienso que tendrían que darles, en fin, que se convirtieron en unos expertos en la materia y en un año más o menos lograron juntar a unas cincuenta parejas de esa especie.  Los soltaban para que comieran y revolotearan, después volvían a sus jaulas donde era una maravilla oírlos cantar. Es curioso, porque el cántico de los pájaros lo escuchaban los dos amigos perfectamente con gran deleite.

Como necesitaba bastante agua para regar lo plantado, Fermín, que era un «manitas» como se suele llamar a las personas que valen para hacer de todo y tienen el ingenio suficiente para inventar mil artilugios, inventó un sistema para recoger el agua de la lluvia que, desde los tejados, por unos canalones de chapa, pasaba a un depósito donde quedaba recogida. Siempre que lo necesitaba, Fermín daba a un interruptor, entonces el agua salía formando un gran chorro y discurría por los surcos cavados en la tierra con la fuerza necesaria para que el riego llevara su curso.

Eulalia solía quedar por las tardes con unas amigas de la urbanización para darse un paseo, charlar y tomarse un refresco que era lo que más apetecía a esas horas en las que el sol se empezaba a poner. Aquella tarde, como siempre, avisó a Fermín de su marcha.

—No te preocupes. Ve tranquila, que cuando terminemos José y yo de arreglar los pájaros, nos aseamos y vamos a recogerte a casa de Alicia.

Ya habían terminado la tarea cuando los pájaros que estaban cantando tan armoniosos como todos los días, de pronto quedaron callados. Los dos hombres se miraron sorprendidos,

—Qué raro —dijo Fermín— ¿Por qué de pronto este silencio? Parece que presagian algo raro.

Salieron despacio de la habitación y, asomándose al jardín, vieron a un hombre que, con gorra y gafas de sol, se acercaba cautelosamente hacía la casa. Era un desconocido y por la forma que tenía de avanzar, escondiéndose entre los árboles, comprendieron que era un atracador. Llevaba una mano metida en el bolsillo del pantalón donde posiblemente ocultaba algún arma para intimidar o agredir a quien se interpusiera en su camino.

José miró a Fermín con el miedo reflejado en sus ojos. Este, llevándose el dedo índice a la boca, le indicó que guardara silencio y empujándolo para que se quedara quieto en el quicio de la puerta, salió agachándose hasta llegar, sin ser visto, a donde estaba el interruptor del depósito del agua. Esperó a que el intruso llegase justo debajo del chorro, conectó el interruptor dándole la máxima fuerza y una catarata de agua lo arrastró y revolcó hasta una zona de rosales, que con sus espinas le arañaron cara, piernas, brazos y manos para, finalmente, chocar con la cabeza contra el tronco de un pino y quedar tendido en el suelo hecho un guiñapo.

Cuando nuestros protagonistas temerosos se iban acercando para cerciorarse en qué estado se hallaba el intruso, se abrió la verja y entró un coche blanco conducido por Jaime,  nieto de Fermín. Un joven alto, musculoso y con una preparación física excelente ya que, desde hacía unos años, era miembro del cuerpo de la Guardia Civil.

Enseguida se hizo cargo de la situación. Registró al ladrón, encontrándole una navaja de gran tamaño en el bolsillo del pantalón. Lo sentó en una silla, sujetándolo con una cuerda y llamó al cuartelillo del pueblo para que vinieran a llevárselo.

Cuando los familiares y amigos se enteraron del suceso, lo que más les sorprendió fue que a dos personas sordas les salvara de un atracador el silencio de los pájaros.

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