
Le damos las gracias a Mª Luisa Illobre por compartir este relato lleno de ternura y encanto.
En uno de los mil concesionarios de coches existentes en la gran ciudad, aparentemente en perfecto estado se exponía un utilitario SEAT en color azul y que llevaba varios meses sin que ningún cliente tuviera interés por él. El gerente del negocio solía ensalzar las prestaciones del coche: era bastante nuevo, no había tenido averías, era económico en cuestión de gasolina, tenía poco gasto…
Pero era un coche con una triste historia que el gerente no contaba. Cuando fue llevado a su taller tenía una gran mancha de sangre en la moqueta de los asientos posteriores. Su dueño, hacía un año, conduciendo por una carretera mal iluminada no vio que en el centro de la misma había un animal, concretamente una cierva joven. El impacto fue terrible, pues el coche pasó por encima y siguió camino sin más. Pensó: “al fin era un animal”. Allí quedó la cierva agonizante y debido a su estado parió de mala manera un ciervito que pudo salir como pudo fuera de la carretera.
En el taller fue cambiada la moqueta por una nueva, pero siempre seguía saliendo la enorme mancha, que el encargado lo achacaba a un defecto de fabricación de los bajos del coche. Pero un buen día se vendió el utilitario. Fue comprado por un señor de edad que caminaba con alguna dificultad. Tenía dos nietos que adoraban al abuelo, quien normalmente les llevaba al Retiro, o a algún parque. Lo importante era estar juntos los fines de semana, cuando no había colegio.
Aquel sábado amaneció un día precioso y el abuelo llamó a los niños para comunicarles que tocaba ir al Zoo. La alegría de los niños era enorme. Una vez en el interior, los pequeños corrían de un recinto a otro, y al abuelo le costaba seguir a los niños, que estaban enloquecidos con los maravillosos animales que veían. En un recinto descubrieron a un cervatillo jovencito que rápidamente se unió a ellos, acercándoles su cara. Los pequeños le recompensaban con diferentes ramas de árboles, que el cervatillo agradecía dando unos saltos y carreras enormes, pero siempre cerca de ellos. Fue un sábado increíble que se repitió varias veces. El ciervo quería sus brotes verdes, pero en las manos de los pequeños.
Sucedió que a los tres meses falleció el abuelo. Después de un drama familiar, en particular para los niños, éstos dijeron al padre que querían ir a ver al cervatillo del Zoo, pero en el coche del abuelo, que estaba aparcado en el garaje de la casa familiar sin que nadie lo hubiera puesto en marcha desde entonces.
El padre les hizo ver que irían mejor en el suyo por ser moderno, a lo que los niños se negaron, y el padre aceptó. A su llegada el cervatillo se abalanzó a ellos con grandes lametones, que el padre no comprendía, como tampoco notaba que durante el camino los niños fueron abrazados. Allí seguía estando la esencia del abuelo al que adoraban.
El ciervo, después de varias conversaciones, fue adoptado por la familia y actualmente se encuentra en la casa de campo familiar, hasta que los fines de semana los niños se encaminan a seguir jugando con él.
El papá no termina de entender ese gran cariño por un coche antiguo, pero piensa que si no hubiera sido por él y el abuelo, sus niños no hubieran conocido al cervatillo.
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