Los Mayores Cuentan

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Rateros. Relato de Mª Luisa Illobre

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En un garaje medio derruido tenían reunión varios maleantes cuyo objetivo era atracar a cualquier persona por la calle. Aquella mañana planearon hacer un negocio sonado. Se dirigieron a una parte de la ciudad compuesta por grandes chalets donde pensaban que harían negocio. Dos de ellos llamaron a la primera puerta. Una voz de mujer les contestó.

—Por favor, abra que nos hemos quedado en su puerta. Mi compañero se encuentra mal. No puede respirar bien y se asfixia.

Se oyeron varios pasos e inmediatamente apareció una señora uniformada de mediana edad portando un vaso de agua. La respuesta de los hombres fue un enorme empujón que la hizo caer al suelo.

Penetraron en la mansión y trataron de arramblar con todo los que entraba en dos enormes bolsas, sin darse cuenta de que una discretísima alarma estaba sonando.  Al salir, dos enormes policías los estaban esperando. Como los rateros eran más que conocidos, los dejaron escapar después de vaciar las bolsas, y con una seria recomendación de que a la próxima iban al calabozo.

En cuanto a la otra pareja, cuando intentaron entrar en la urbanización, fueron rechazados

por los de seguridad, que estaban esperando a sus compañeros en la puerta.

Vaya día que se había presentado. No quedaba otra que desvalijar a alguien menos importante. Era ya media tarde. ¡Habría algún anciano para abordar!

Pasaron por unos portales donde varias personas de mediana edad tomaban el fresco. Se acercaron y a fuerza de empujones quería quitarles su dinero —que no tenían— pero sí portaban la mayoría unos terribles bastones con los que les amenazaron con fuerza. Y tuvieron que salir rápidamente ante los golpes que les atizaban.

Siguieron camino. Seguramente en el centro podrían robar a alguien. En un callejón había un enorme tenderete de mantas y cartones al que se dirigieron . Seguramente allí se cobijaría un indigente importante con buen dinero recaudado. De un tirón arrancaron la manta y apareció un enorme perrazo con dientes afilados que se abalanzó sobre ellos, y prácticamente no tuvieron tiempo de salir volando perseguidos por el animal, que ladraba sin parar y les lanzaba grandes derrotes.

En la siguiente calle, recostado en un colchón se encontraron a un viejo que, al pedirle su recaudación, les contó entre hipos que si no tenían algún euro para poderse comprar un cartón de vino. Llevaba todo el día sin dar un trago. Le dieron los pocos euros que llevaban.

El siguiente episodio fue en una tienda que tenía de todo, pero el dueño, al verlos cerca, cerró la puerta en sus narices dejándoles fuera. A voces le dijeron que no querían robarle, pero al menos que les sacara unas trenzas de chocolate, a lo que él accedió dándoles las dichosas trenzas que se le habían quedado rancias del día anterior.

De vuelta a su escondrijo tuvieron una reunión general. Después de estar pateando todo el día, volvían sin un euro y no habían cometido ningún atraco. Como no podían seguir en estas condiciones, acordaron que lo mejor era dar por cancelado el negocio y volverse BUENAS PERSONAS .

Al cabo de varios años siempre recordarían la época de su vida que se les ocurrió dedicarse al robo, con un resultado nefasto.