
Las dos primeras décadas del siglo XXI fueron las más prolíficas en el desarrollo tecnológico de la historia de la Humanidad. Los descubrimientos en el campo de la mecánica cuántica y la comprensión de la ciencia por parte de la población generaron un pico de demanda social hacia los científicos para que nos pronunciáramos sobre los viajes en el tiempo.
La gente quería saber si sería posible conocer a sus antepasados, si su enfermedad mejoraría, si los hijos tendrían un buen futuro, si les iba a tocar la lotería, si los dinosaurios desaparecieron por el choque de un cometa…
Hicimos todas las especulaciones, simulaciones y experimentaciones posibles. Desgraciadamente, la física fue tozuda no queriendo cambiar sus leyes.
Extenuados por el esfuerzo, sentenciamos: «Las teorías de viajes en el tiempo no son más que eso, teorías. El pasado es pasado e imposible volver a él. El futuro es futuro e inalcanzable”.
En aquellas reuniones, algunos defendíamos otras alternativas para los viajes al futuro. Recuerdo el último rifirrafe:
—El futuro no está creado y existen infinitas posibilidades, miles de caminos que se desarrollarán de muchas formas y no los hemos descubierto. Hoy por hoy, viajar al futuro es imposible, aunque existe otra posibilidad.
No era la primera vez que utilizaba mi argumento, pero la comunidad ya estaba derrotada por las evidencias.
—Amigo Ismael, el futuro es influenciable por los hechos que acontecen, puede moldearse superficialmente, pero siempre surgen interacciones que modifican el comportamiento del tiempo y lo convierten en impredecible. Por eso es imposible ir al futuro. —El doctor Álvarez utilizaba las conclusiones a modo de dogma.
Yo me defendía.
—No hablo de máquinas, ni de entrelazamientos cuánticos, ni cuerdas cósmicas, ni agujeros de gusanos, ni pliegues del espacio. Tampoco hablamos de leyes imposibles de ejecutar. Hablo de cerrar los ojos y abrirlos cientos de años más tarde. Un viaje unidireccional sin posibilidad de retorno al pasado.
Y me replicaban.
—Tú y ese imposible despertar en el futuro. De todas formas, ¿de qué nos serviría ahora en el presente?
—Les servirá a ellos, a los habitantes del futuro; dispondrán de la experiencia directa de nuestras vivencias y especulaciones en el siglo XXI. Tendrán una historia viva del pasado y un análisis real de aquel presente. Un aviso de lo que nos preocupaba para el futuro, su presente. Así, tal vez, ellos podrán dirigir su futuro.
—Ismael, tu viaje al futuro es un suicidio sin paliativos.
Esas fueron las últimas palabras que escuché del doctor Álvarez. Me expulsaron del gabinete de asesores de la Organización Mundial de la Ciencia en ese preciso instante.
Recluté a un reducido equipo de jóvenes científicos que me ayudaron a investigar, y más que viajar al futuro supimos que teníamos que viajar al espacio para resolver el calentamiento global que nos estaba dando avisos de su realidad. Estábamos seguros de que en el próximo siglo la tierra empezaría a tener sed, y nada sería igual. Había que luchar por el «Agua», ese líquido singular cuya existencia estaba agotándose, por lo que había que indagar y buscar H20. Es una sustancia esencial para todas las formas de vidas conocidas, compuesta por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, que se puede encontrar en estado líquido, sólido o gaseoso.
Como es natural, el que tenía que realizar el viaje era yo. Mi entusiasmo decayó cuando observé cómo de los ojos de Rocío, mi principal ayudante y queridísima esposa, brotaban abundantes lágrimas. Se sobrepuso con rapidez diciéndome:
—No te extrañe que llore, presiento que tardaré muchos años en volver a verte, pero seré feliz sabiendo que nuestros sueños se están cumpliendo.
Antes de su partida nos dio tiempo a despedirnos, conscientes los dos de la suerte que habíamos tenido de compartir un trabajo tan gratificante y un amor que tan plenamente había llenado nuestras vidas.
Cuando vi a Ismael sobre la camilla, ayudé al doctor Marín a colocarle la envoltura traslúcida que contenía la información cerebral necesaria para construir aquel especial androide que podía percibir el mundo externo en su totalidad, siendo capaz de llegar a cualquier lugar y soportar las temperaturas de los planetas extrasolares, solo con el fin de cumplir el objetivo de salvar nuestro planeta. Sentí entonces que mi corazón aceleraba de un modo anormal sus latidos, y caí al suelo perdiendo todo contacto con la realidad.
Al despertar, la cápsula que había enviado a Ismael a otras galaxias se había perdido en el infinito. El mareo no provenía solo de la emoción de la partida, pues vino acompañado de la noticia de un posible embarazo.
¡Qué feliz me sentía de saber que el inmenso amor que nos profesábamos iba a ser bendecido por la llegada de un hijo que me acompañaría y me haría más llevadera la ausencia de Ismael! ¡Cuánto hubiera disfrutado él con esa noticia! Claro que lo mismo se habría ido más preocupado, fue mejor así.
Pasaron los meses y nació Laura, que llenó mi vida por completo. Como siempre vivió rodeada de científicos, y la historia de su padre es fácil que la fascinara, cuando cumplió veintidós años entró a formar parte de nuestro viejo equipo.
Nuestros temores se fueron haciendo realidad, el calentamiento global se hizo evidente, las reservas de agua se agotaban, y los cuerpos de personas o animales desfallecían o agonizaban por doquier. La tierra, desértica, medio en tinieblas y sin agua, estaba próxima a un apocalipsis.
De pronto, un día cuando nadie se lo esperaba, un intenso temblor sacudió el planeta entero; no recuerdo el tiempo que duró, solo sé que mis lágrimas se mezclaron con una menuda lluvia que fue arreciando y en pocos días el planeta volvió a tener vida, pudiendo apreciar que nuestros pulmones se oxigenaban y el paisaje se llenaba de olor y color. La vida volvió a ser como antes o todavía mejor.
Mi hija y yo nos abrazamos alborozadas sintiéndonos orgullosas de aquel hombre bueno y sabio que sacrificó su vida por salvar el planeta, a la vez que conseguía ver realizados sus ideales.
Ya no sé si me quedará tiempo para esperar la vuelta de Ismael. Si no es así seguro que nos encontraremos en otra vida, pues estoy convencida de que muchas cosas se consiguen, aparte de por la ciencia, por amor, y de eso sabíamos mucho Ismael y yo.
Un relato con entusiasmo, propio de una persona que está en la sociedad actual, muy culta e inteligente. Es un orgullo que contéis con ella
Disfruto leyendo todo lo que escribe Sole
Siempre me parece poco
Sus relatos son entretenidos y muy bien redactados
Una sorpresa el tema abordado y quizás otra sorpresa como se narra .