Los Mayores Cuentan

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El tullido. Relato de Carmen Jiménez

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La estampa que ofrecía la salida del metro al lado de mi casa en los años 60 era de lo más variopinta.

De frente, en el ángulo izquierdo, según se salía, estaba en su caseta pequeñita de madera de “María”, la pipera que en invierno ampliaba el negocio con una cocina de carbón en la que asaba castañas y batatas.  Era una viejita suave y trataba a toda la chiquillería con mucho cariño y dulzura.

En la parte derecha de la salida del metro estaba sentadita “Carmen” con su cajoncito lleno de paquetes de cigarrillos abiertos, pues los vendía sueltos, 1, 2, 3… vaya, los que quería la gente. También vendía lotería y lucía una chapa reluciente en el pecho con el n.º de vendedor autorizado. Esto la llevó a la ruina, ya que como vendía papeletas, además de los décimos, pues una vez, avatares de la suerte, tocó un premio gordo en la Lotería del Niño, y resulta que Carmen había vendido muchas más papeletas de las que podía vender; resultado, al no poder hacer frente a la gran deuda contraída, fue a parar a la cárcel, lástima, porque era muy simpática.

En la parte de atrás de la boca del metro, estaba Perico, el vendedor de periódicos; entonces no había quiosco de prensa, su hija fue la que tuvo el primer quiosco. La prensa reposaba en sendos cajones de madera.  A mí cuando más me gustaba oírle, era cuando anunciaba la prensa de la tarde:  “MADRID, ALCÁZAR, INFORMACIONES Y PUEBLO”

Precisamente con el periódico PUEBLO que compraba mi padre los viernes, me aficioné a los autodefinidos y crucigramas. Era enorme esa página de periódico, vaya, como una sábana de cuna.

Enfrente del señor Perico y apoyado un poco en la pared estaba “el tullido”.  Era joven, aunque no sabría decir bien la edad, pero el pobrecito tenía los miembros superiores e inferiores tan retorcidos, como si estuviera todo descoyuntado, y lo mirabas y te daba reparo fijar mucho la vista en él.

Mis amigas Elena y Lola y también yo misma, por supuesto, nos habíamos aprendido la cantinela del tullido y a veces la repetíamos sin cesar: “Madre mía, en la flor de la vida y sin poderlo ganar. ¡Pobrecito!”. La repetía una y otra vez, y la gente le echaba sus céntimos en la lata que tenía puesta en el suelo. Era una melodía, cadenciosa y pegadiza.

Un día que volvíamos del colegio las tres y nos encontramos en la esquina hablando alborotadas, contemplamos una escena que no se me ha borrado de la mente con el paso de los años.  El tullido, pie derecho en el hombro izquierdo y mano derecha en la espalda, con un giro de codo que ya quisiera el mejor de los artistas circenses, repetía su melodía: “Madre mía, en la flor de la vida y sin poderlo ganar. ¡Pobrecito!”.

Como si fuera un relámpago, de la boca del metro salió una mujer joven y bien formada, con una cara bonita y que, por sus rasgos, parecía de etnia gitana. Arrastraba de la mano con fuerza a una niña de unos tres años, más o menos, negrita como el carbón y que berreaba más que lloraba y a la vez sorbía unos mocos espesos y largos, que le llegaban desde las fosas nasales hasta la boca, colgándole como si fueran velones de procesión.

La niña, en cuanto vio al tullido, comenzó a gritar con fuerza ¡papá, papá…! y en dos zancadas la mujer se paró sin soltar a la negrita, delante del retorcido, gritando desaforada: “Ya sabía yo que iba a ser verdad, lo que decía la batusí que me ha dejado esto –señalando a la niña que llevaba de la mano—, esta mañana en casa”, y con la otra mano en la que sostenía un gran bolso, comenzó a darle tales bolsazos al tullido, que el bolso se rompió y todo el contenido del mismo, incluidas unas gordas naranjas, se desparramó por la calle.

El tullido enmudeció en su lamento y con una velocidad digna de un coche de carreras, se desretorció (válgame el verbo) y echó a volar más que correr calle abajo.

La gitana lo seguía, la negrita lo llamaba, papá, papá, y el vendedor de periódicos, la cigarrera y la pipera se miraban estupefactos al ver correr así al pobre tullido y no salían de su asombro. Nosotras en la esquina dijimos a coro: Madre mía, en la flor de la vida y sin poderlo ganar. Pobrecito…

Nunca más lo vimos.

3 Comentarios

  1. Genial, como todo lo tuyo

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  2. Una historia deliciosa contada maravillosamente. Me ha encantado.

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  3. Cuando yo digo que a Carmen le baja una musa con todo su esplendor ,es la pura verdad, te agradecemos muchooo ♥️

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