Los Mayores Cuentan

Blog participativo hecho por mayores para mayores

El viejo y el delfín. Cuento infantil de Rosario Badillo

El viejo y el delfín. Cuento infantil de Rosario Badillo

El viejo Andrés era un hombre solitario que vivía por propia voluntad en una isla desierta. Cultivaba sus propias verduras y se alimentaba de todo lo que la isla le proporcionaba. Tenía una pequeña barca con la que salía a pescar. Además, había un delfín que siempre lo acompañaba y al que alimentaba con parte de sus capturas.

Sin embargo, cada día estaba más triste. La vista empezaba a fallarle: apenas distinguía los colores ni podía saber si los frutos estaban lo bastante maduros para comerlos. Un día, al quedarse sin comida, salió a pescar en su barca. Como veía muy poco, se fue alejando cada vez más de la costa y, para su desgracia, se desató una tormenta. Las olas eran enormes y la embarcación zozobraba sin remedio. Muy asustado, le pidió ayuda a Dios.

Por suerte, la tormenta amainó, pero se encontraba tan lejos de la costa que le resultaba imposible regresar. La corriente lo arrastraba cada vez más mar adentro. De repente, se dio cuenta de que la barca se movía sola. Había perdido los remos durante la tormenta y no se explicaba cómo podía avanzar.

Su sorpresa fue enorme: el delfín, su fiel amigo, estaba empujando la embarcación hacia un gran barco anclado cerca de una playa. La acercó lo suficiente para que los tripulantes lo vieran y pudieran socorrerlo. Antes de marcharse, el delfín lo saludó con el característico silbido que emiten estos animales y luego se alejó nadando.

Los delfines son unos de los animales más inteligentes que existen.

Moraleja: Quien actúa con bondad y generosidad hacia los demás, sean personas o animales, recibe ayuda cuando más la necesita.

Cuento para dormir a un niño.  Francisco Pérez

Cuento para dormir a un niño. Francisco Pérez

Érase una vez un niño que cada noche cumplía la misma rutina:

—Abuelo, me voy a acostar, ven a mi habitación y cuéntame algo porque si no, no conseguiré dormirme.

—Manolito, ya tienes una edad para que te duermas solo; yo voy a ver con la abuela una película en la tele.

—Abuelo, un cuento corto y con eso ya me vale, pero que no sea el que me cuentas siempre de una niña y un lobo.

—Bueno, me sentaré a tu lado y te contaré una historia verdadera, la trashumancia de las ovejas en Madrid.

—Abuelo qué palabra más rara usas, nunca he oído hablar de trashumancia, ¿qué es eso?

—Chaval, es una palabra que sirve para nombrar a una costumbre muy antigua y que todavía se pone en práctica: un grupo grande de ovejas y cabras que se llama un rebaño se mueve de un pueblo a otro todos los años para buscar comida de hierbas para alimentarse.

—¿Y se mueven solas las ovejas? ¿No se pierden?

—No, Manolito, las ovejas se mueven por unos caminos que conocen unos hombres que las guían, que son los pastores. Y una vez al año, unas mil ovejas y cabras cruzan las calles y plazas del centro de Madrid acompañadas de muchos pastores y músicos.

—¿Y no las pillan los coches? Porque si las atropellan, luego se pueden comer las chuletillas que están muy buenas.

—No, hijo, ese es el día de la Fiesta de la Trashumancia y los coches circulan por otras calles.

—Y la abuela dijo un día que ella cuando no se podía dormir por la noche, contaba ovejas con los ojos cerrados y se quedaba dormida.

—Pues Manolito, haz lo mismo que la abuela. Buenas noches.

La tortuga vencedora. Cuento infantil de Soledad del Yerro

La tortuga vencedora. Cuento infantil de Soledad del Yerro

Érase un día de primavera cuando llegó papá a casa trayendo una pequeña tortuga. Se la había regalado un amigo para nosotras.

A mi hermana y a mí nos hizo mucha ilusión la compañía de aquel extraño animalito. Yo estaba más en casa, y aquella tortuga fue una gran amiga para mí.

—¿Cómo vamos a llamarla?

—D’Artagnan —contestó mi hermana Lola.

—¿Por qué ese nombre?

—Para que sea valiente y luchadora. Así se llama uno de los mosqueteros de un libro de aventuras que estoy leyendo.

Llenó de agua un frasco de espray y la bautizó bajo el rito católico. Pasaba el verano en la terraza; mamá le daba de comer tomate, verduras tiernas y pan mojado en leche, pero a ella le gustaban más los trozos de pan con jamón york y queso que le dábamos nosotras.

Tanto corría cuando nos veía con el bocadillo en la mano, que era el asombro de todos nuestros amigos, quienes le daban chuches para que los buscara, caminando ligera detrás de ellos. A mí me hizo pensar que nuestra mascota tenía ansias de correr y que no estaba conforme con ser tan lenta.

Cuando llegaba el invierno, metíamos a nuestra tortuga en una caja de cartón rellena de paja, con agujeros en la tapa para que pudiera respirar. La guardábamos en una caseta de madera y se quedaba todo el invierno aletargada.

Al llegar la primavera, ella sola salía de la caja, arañaba la madera, la sacábamos, le acariciábamos con cariño su cabecita, preparábamos la comida que más le gustaba y ya volvía a hacerse la dueña de la terraza para pasar el verano.

Ocho años tenía yo cuando nuestra familia aumentó con otra hermana, quien fue feliz cuidando y dándole golosinas a D’Artagnan, que corría como una loca detrás de ella.

Un verano fuimos a pasar las vacaciones a un pueblo de Ávila, y la tortuga nos acompañó como un miembro más de la familia. Nos comentaron que allí había un pequeño recinto donde los habitantes del lugar podían dejar a sus mascotas siempre que lo necesitaran.

Por curiosidad, fuimos a conocer aquella guardería y nos encontramos con el unicornio Nube, el zorrillo Luna, el perrito Lucas, el pingüino Pablo y el dragón Bruno. Nos admiró ver lo bien que los educaban para que jugaran y disfrutaran en compañía.

Nos ofrecieron anotar a nuestra tortuga en la carrera que estaban preparando. El ganador se haría famoso y, antes de que mis padres lo rechazaran, las tres hermanas aceptamos gustosas. Las familias nos miraban riéndose cuando dejamos a nuestra tortuga en la fila de los corredores para la competición. Pero se quedaron pasmados cuando mi hermana Lola, nada más comenzar, le gritó: «¡D’Artagnan, todos a una!». Esta empezó a caminar a tal velocidad que se proclamó triunfal ganadora.

Esto demuestra que el cariño, la constancia y la paciencia con que la tratamos, junto con el nombre que le pusimos, hicieron que se esforzara en conseguir una importante velocidad, ganándose la admiración de los presentes.

Meriendan contentas mientras pasa la tormenta. Cuento infantil de Rocío Urraca

Meriendan contentas mientras pasa la tormenta. Cuento infantil de Rocío Urraca

Érase una vez dos hermanas que hacían los deberes en casa. Mientras merendaban, el cielo se tornó gris y enseguida aparecieron los relámpagos y los truenos.

La pequeña, asustada, se metió bajo su cama y preguntó el porqué de esas luces y ruidos, y por qué la casa temblaba.

La mayor, Viki, intentó tranquilizarla.

—No pasa nada, Mar. Es solo una tormenta que viene hacia aquí.

—Pues no me gusta. Que se vaya, que me da miedo —dijo la pequeña.

De pronto, un gran relámpago iluminó la habitación y Viki se abalanzó sobre el despertador de su mesilla para llevarlo a la mesa de estudio donde cogió papel y lápiz.

Al siguiente relámpago, fijándose en la manecilla del segundero empezó a contar: Uno, dos, tres, cuatro…

Y de repente, un gran trueno.

Mar, bajo la cama, con el faldón del edredón sobre su cabeza, miraba curiosa a Viki.

—¿Qué haces?

—Intento calcular dónde está la tormenta —respondió.

—¿Cómo?

—Hoy han dicho en clase que, para saber a qué distancia está una tormenta, contamos los segundos desde que ves un relámpago hasta que escuchas el trueno y dividimos ese tiempo entre tres. El resultado da la distancia en kilómetros. Como he contado seis segundos, creo que está a unos dos kilómetros de aquí. Puede que por casa de la abuela.

—¡Ay, pobre abuela! ¡La llamo!

Tras una larga charla tranquilizadora con la abuela, Mar siguió merendando y observaba a Viki seguir con sus deberes.

Cuando llegaron los padres a casa, preguntaron si habían pasado miedo por la tormenta, y Mar contestó:

—No, es un fenómeno natural que tiene explicación científica.

—¡Qué importante es aprender en el colegio, ¿verdad?! —dijo el padre.

—No, papá. Es que tenemos una experta en casa.

—¿Quién? —preguntó el padre, asombrado.

—¡Quién va a ser: la «Vikipedia»!

Moraleja: «El conocimiento vence todos los miedos».