Los Mayores Cuentan

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Relato castrense. Nicolás Cuadrado

Relato castrense. Nicolás Cuadrado

Cuenta Millán Astray que un legionario muy malherido, que agonizaba en el hospital militar de Tetuán tras haberse comportado con bravura en Dra el Asef, sintiéndose morir llamó a los médicos y a los enfermeros que lo habían atendido tratando de curar sus graves heridas.

Reunidos alrededor de su cama, el moribundo les confesó un secreto acerca de su identidad: era un indiano muy rico que venía de La Habana y quería que fuesen testigos de su última voluntad. Allí fue detallando el inventario de sus propiedades y de sus cuentas corrientes, de las que hacía herederos a los presentes y a la Cruz Roja por todo el bien que le habían hecho. El cuadro médico tomaba nota, entre lágrimas, de la generosidad de aquel valiente, que pocas horas más tarde fallecía de gangrena.

Cuando los testigos fueron a tramitar aquel encargo póstumo, resultó que el muchacho no tenía dónde caerse muerto: ni un real poseía, tieso como la pata de Perico, aunque con una guasa que no sucumbió ni en los umbrales del otro mundo.

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Huyendo del Efecto Mariposa. Relato de Morganti

Huyendo del Efecto Mariposa. Relato de Morganti

La primera vez que fui a París lo hice acompañada de una amiga y compañera de estudios. Lo pasamos muy bien, podéis imaginarlo: ¡París!

Allí ella conoció a un chico muy guapo. Cuando terminamos el viaje y regresamos a casa, me confesó que seguirían la relación aunque fuera a distancia, ya que él vivía en Marruecos, concretamente en Rabat. Como era una relación a distancia, decidieron apresurar los acontecimientos y conocer a la familia porque querían casarse cuanto antes.

Los padres de ella pensaron que aquel enamoramiento acabaría con la distancia. Pero al ver tanta firmeza en su decisión de casarse y marcharse a Marruecos, pusieron el grito en el cielo. Lloraron, le suplicaron y le dijeron que un país tan lejano y con costumbres tan distintas significaba que nunca más la volverían a ver. «Será nuestra muerte», repetían angustiados.

Ante la congoja y la pena de sus padres, mi amiga decidió, muy a su pesar, romper aquella relación. Podéis imaginar cómo se quedó.

Pasé mucho tiempo sin saber nada de ella hasta que, un día, me llamó por teléfono para decirme que se había casado con un compañero del trabajo. ¡Qué sorpresa, no sabía nada!

—No te preocupes —me dijo—, mis padres tampoco han sabido nada hasta que, al salir de la iglesia, he ido a su casa a presentarles a mi marido.

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La vida que no viví. Relato de Marisol García Alonso

La vida que no viví. Relato de Marisol García Alonso

Más de una vez he recordado aquella oportunidad de aquel viaje, y por qué no fui a coreografiar desfiles de moda a Nueva York, o por qué no me casé con mi primer novio y fui ama de casa. El caso es que, de haber cruzado el charco, en estos momentos hablaría de corrido el inglés y no a trompicones como llevo toda la vida haciéndolo. La opción del casorio seguramente hoy me pondría a disposición un estudio de grabación, que buena falta me hace ahora para grabar Costuras en el alma en audiolibro.

Pero opté por quedarme en mi país y ni siquiera con mi novio, ya que se rompió el amor por ser un joven vago, a pesar de quererme sin medida. A decir verdad, no he echado de menos comer hamburguesas porque me gustan más unas lentejas.

Otro oficio que dejé escapar de mis manos fue ser maquilladora de cine, y no me arrepiento porque no dejaban de decir que las películas se rodaban de madrugada, y a esa edad me gustaba dormir hasta hartarme. Ahora, con mi insomnio crónico, no le pondría ninguna pega al horario, pues resultaría hasta terapéutico.

Actualmente, maquillarse se hace por tutoría: sombra aquí y sombra allá para tapar esos defectos imposibles de eliminar. Aun así, decides comprar el producto de belleza. Antes de meterlo en la bolsa tienes que escuchar la homilía que te suelta la dependienta o el chico afeminado de turno, que ahora suelen estar más preparados para darte el consejo de cómo debes usarlo.

Yo fui asesora de moda durante treinta y cinco años en los 70. La vida se encargó, durante este largo periodo de tiempo, de situarme cerca del glamour. Actualmente, este mismo oficio se llama influencer y gana unas cantidades de dinero escandalosas.

Debo admitir que, a mis recién cumplidos setenta y seis abriles, escribo libros y lo que me echen… porque escribir es apasionante, pero que te lean lo es más. Pero, si de algo debo estar orgullosa y feliz en mi vida profesional, es que haya sido siempre mi propia jefa. Mi madre así lo quiso y se lo agradezco, porque no debe ser fácil trabajar con un jefe cabreado.

Y termino diciendo que no sé qué más he podido hacer y no hice. Otros han hecho bastante menos que yo, y están tan contentos.

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Efecto mariposa. Relato de Francisco Pérez

Efecto mariposa. Relato de Francisco Pérez

El crucero reunía todas las condiciones para cumplir con los mejores deseos de los cruceristas, que llevaban meses estudiando los itinerarios marítimos y las estancias en tierra.

El programa que habían recibido con antelación incluía las actividades deportivas en el gimnasio y en las piscinas, las proyecciones cinematográficas y las representaciones teatrales y musicales. Se daba atención especial a la gastronomía, y la variada lista de menús sorprendía por la combinación de cocinas del mundo, a cuál más apetitosa. Las rutas que recorrerían estaban perfectamente identificadas; la empresa naviera era veterana en el sector y disponía de varias opciones que iba publicando periódicamente para que la clientela pudiera elegir y, sobre todo, repetir año tras año. En general, los recorridos eran de sur a norte porque así podían mantener una velocidad relativamente uniforme con la ayuda de corrientes marinas y vientos favorables a una navegación plácida.

El capitán disfrutaba comentando a los viajeros los detalles de la travesía y se explayaba cuando enumeraba la colección de vientos y su repercusión en el mantenimiento de la velocidad del crucero. Algunos le discutían su seguridad cuando afirmaba que el control que tenían sus aparatos de medición y sus técnicos los hacía invencibles ante las tormentas.

La ruta proseguía y había cubierto más de un mes de navegación. Las fiestas se habían sucedido sin descanso, con sus correspondientes banquetes, y algunos viajeros comenzaban a mostrar señales de agotamiento de tanta fiesta y ansiaban llegar a casa, ponerse las zapatillas y ver la novela de la tele.

Los tertulianos del capitán le pidieron que acelerara la marcha para acortar la travesía. Se negó porque ya había explicado en distintas charlas que la velocidad uniforme era uno de sus secretos para conseguir el éxito de sus viajes.

Siguió la presión para acelerar y lo hizo de mala gana. Un treinta por ciento más veloz y, a las cinco horas, empezaron a llegar mensajes del puerto de arribada, a 1.800 km: las aguas esmeralda de las playas se han vuelto marrón y destilan pestilencias, y están subiendo a la superficie cientos de peces muertos. El capitán se metió debajo de la mesa y recordó que en la carrera le advirtieron que se cuidara del efecto mariposa.

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Primer día del mes de mayo. Relato de Soledad del Yerro

Primer día del mes de mayo. Relato de Soledad del Yerro

Cada una con un libro, mi hermana, mi madre y yo estábamos sentadas en el jardín, tranquilas. Las horas pasaban y ninguna de las tres lo notábamos, pues, aunque estábamos muy cerca, la lectura nos estaba transportando a lugares diferentes, viviendo distintas historias.

El canto de unos jilgueros, que tenían el nido en un árbol cercano, interrumpió nuestra lectura.

—Gracias a que los jilgueros machos cantan en tono agudo porque están buscando pareja, las tres habéis dejado la lectura, porque no me estabais haciendo ni caso.

Eso nos decía, sonriendo, Miguel, mi hermano, que siempre en estas fechas se encargaba de arreglar las macetas.

—¿Tú cómo sabes que están buscando pareja? —le preguntó mi madre.

—¡Ay, mamá! Desde niño siempre escuché decir a los mayores del lugar que es en primavera cuando suelen alternar sus gorjeos de repeticiones rítmicas por notas agudas y muy vivas, con las que marcan su territorio y atraen a una pareja.

—Pues deja las macetas y, ya que los jilgueros nos han interrumpido la lectura, vámonos al pueblo, que estará muy animado y lo mismo encuentras pareja —le dijo mi hermana Rosa con sorna.

Miguel se lo tomó en serio y, en media hora, estábamos los cuatro campo a través, dándonos una caminata por un verde y florecido entorno.

Buitrago de Lozoya tiene un encanto especial por su recinto amurallado, construido entre los siglos XI y XV, que rodea completamente el casco antiguo. Está protegido por el río Lozoya en casi todo su perímetro, incluyendo el castillo o alcázar de estilo gótico-mudéjar.

Mi madre dijo:

—¿Qué os parece si nos sentamos entre la muralla y el río?

Rosa me comentó bajito:

—Elvira, creo que debemos hacer caso a mamá.

—Esperemos que Miguel consienta —murmuré yo—; ya sabes que él prefiere el barullo del centro.

Para asombro nuestro, le encantó la idea y, sentados en aquel ambiente medieval, nos confesó que alguna noche de invierno, paseando por este lugar con sus amigos, entre la niebla que humedece, oscurece y da misterio al ambiente, habían oído, mezclados con el viento, los sollozos de una mujer.

Los nativos cuentan que en la Edad Media vivía en el castillo una bella joven noble que se enamoró de un soldado de origen humilde. Intentaron escaparse para vivir juntos lejos de aquel lugar pero fueron descubiertos. A él lo desterraron, y a ella la confinaron dentro del recinto amurallado. Desesperada, intentó escapar una noche atravesando un pasadizo secreto que, supuestamente, conectaba el castillo con el exterior, pero… nunca llegó a salir.

Estremece pensar que aún siga llorando por lo que pudo ser y no fue.

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