Cada una con un libro, mi hermana, mi madre y yo estábamos sentadas en el jardín, tranquilas. Las horas pasaban y ninguna de las tres lo notábamos, pues, aunque estábamos muy cerca, la lectura nos estaba transportando a lugares diferentes, viviendo distintas historias.
El canto de unos jilgueros, que tenían el nido en un árbol cercano, interrumpió nuestra lectura.
—Gracias a que los jilgueros machos cantan en tono agudo porque están buscando pareja, las tres habéis dejado la lectura, porque no me estabais haciendo ni caso.
Eso nos decía, sonriendo, Miguel, mi hermano, que siempre en estas fechas se encargaba de arreglar las macetas.
—¿Tú cómo sabes que están buscando pareja? —le preguntó mi madre.
—¡Ay, mamá! Desde niño siempre escuché decir a los mayores del lugar que es en primavera cuando suelen alternar sus gorjeos de repeticiones rítmicas por notas agudas y muy vivas, con las que marcan su territorio y atraen a una pareja.
—Pues deja las macetas y, ya que los jilgueros nos han interrumpido la lectura, vámonos al pueblo, que estará muy animado y lo mismo encuentras pareja —le dijo mi hermana Rosa con sorna.
Miguel se lo tomó en serio y, en media hora, estábamos los cuatro campo a través, dándonos una caminata por un verde y florecido entorno.
Buitrago de Lozoya tiene un encanto especial por su recinto amurallado, construido entre los siglos XI y XV, que rodea completamente el casco antiguo. Está protegido por el río Lozoya en casi todo su perímetro, incluyendo el castillo o alcázar de estilo gótico-mudéjar.
Mi madre dijo:
—¿Qué os parece si nos sentamos entre la muralla y el río?
Rosa me comentó bajito:
—Elvira, creo que debemos hacer caso a mamá.
—Esperemos que Miguel consienta —murmuré yo—; ya sabes que él prefiere el barullo del centro.
Para asombro nuestro, le encantó la idea y, sentados en aquel ambiente medieval, nos confesó que alguna noche de invierno, paseando por este lugar con sus amigos, entre la niebla que humedece, oscurece y da misterio al ambiente, habían oído, mezclados con el viento, los sollozos de una mujer.
Los nativos cuentan que en la Edad Media vivía en el castillo una bella joven noble que se enamoró de un soldado de origen humilde. Intentaron escaparse para vivir juntos lejos de aquel lugar pero fueron descubiertos. A él lo desterraron, y a ella la confinaron dentro del recinto amurallado. Desesperada, intentó escapar una noche atravesando un pasadizo secreto que, supuestamente, conectaba el castillo con el exterior, pero… nunca llegó a salir.
Estremece pensar que aún siga llorando por lo que pudo ser y no fue.