
El crucero reunía todas las condiciones para cumplir con los mejores deseos de los cruceristas, que llevaban meses estudiando los itinerarios marítimos y las estancias en tierra.
El programa que habían recibido con antelación incluía las actividades deportivas en el gimnasio y en las piscinas, las proyecciones cinematográficas y las representaciones teatrales y musicales. Se daba atención especial a la gastronomía, y la variada lista de menús sorprendía por la combinación de cocinas del mundo, a cuál más apetitosa. Las rutas que recorrerían estaban perfectamente identificadas; la empresa naviera era veterana en el sector y disponía de varias opciones que iba publicando periódicamente para que la clientela pudiera elegir y, sobre todo, repetir año tras año. En general, los recorridos eran de sur a norte porque así podían mantener una velocidad relativamente uniforme con la ayuda de corrientes marinas y vientos favorables a una navegación plácida.
El capitán disfrutaba comentando a los viajeros los detalles de la travesía y se explayaba cuando enumeraba la colección de vientos y su repercusión en el mantenimiento de la velocidad del crucero. Algunos le discutían su seguridad cuando afirmaba que el control que tenían sus aparatos de medición y sus técnicos los hacía invencibles ante las tormentas.
La ruta proseguía y había cubierto más de un mes de navegación. Las fiestas se habían sucedido sin descanso, con sus correspondientes banquetes, y algunos viajeros comenzaban a mostrar señales de agotamiento de tanta fiesta y ansiaban llegar a casa, ponerse las zapatillas y ver la novela de la tele.
Los tertulianos del capitán le pidieron que acelerara la marcha para acortar la travesía. Se negó porque ya había explicado en distintas charlas que la velocidad uniforme era uno de sus secretos para conseguir el éxito de sus viajes.
Siguió la presión para acelerar y lo hizo de mala gana. Un treinta por ciento más veloz y, a las cinco horas, empezaron a llegar mensajes del puerto de arribada, a 1.800 km: las aguas esmeralda de las playas se han vuelto marrón y destilan pestilencias, y están subiendo a la superficie cientos de peces muertos. El capitán se metió debajo de la mesa y recordó que en la carrera le advirtieron que se cuidara del efecto mariposa.
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