
Cuenta Millán Astray que un legionario muy malherido, que agonizaba en el hospital militar de Tetuán tras haberse comportado con bravura en Dra el Asef, sintiéndose morir llamó a los médicos y a los enfermeros que lo habían atendido tratando de curar sus graves heridas.
Reunidos alrededor de su cama, el moribundo les confesó un secreto acerca de su identidad: era un indiano muy rico que venía de La Habana y quería que fuesen testigos de su última voluntad. Allí fue detallando el inventario de sus propiedades y de sus cuentas corrientes, de las que hacía herederos a los presentes y a la Cruz Roja por todo el bien que le habían hecho. El cuadro médico tomaba nota, entre lágrimas, de la generosidad de aquel valiente, que pocas horas más tarde fallecía de gangrena.
Cuando los testigos fueron a tramitar aquel encargo póstumo, resultó que el muchacho no tenía dónde caerse muerto: ni un real poseía, tieso como la pata de Perico, aunque con una guasa que no sucumbió ni en los umbrales del otro mundo.
Humor hasta en las últimas.
En sus últimos momentos.
Le encantó ser un indiano rico y que todos le creyeran
Genial Nicolás