
Pero opté por quedarme en mi país y ni siquiera con mi novio, ya que se rompió el amor por ser un joven vago, a pesar de quererme sin medida. A decir verdad, no he echado de menos comer hamburguesas porque me gustan más unas lentejas.
Otro oficio que dejé escapar de mis manos fue ser maquilladora de cine, y no me arrepiento porque no dejaban de decir que las películas se rodaban de madrugada, y a esa edad me gustaba dormir hasta hartarme. Ahora, con mi insomnio crónico, no le pondría ninguna pega al horario, pues resultaría hasta terapéutico.
Actualmente, maquillarse se hace por tutoría: sombra aquí y sombra allá para tapar esos defectos imposibles de eliminar. Aun así, decides comprar el producto de belleza. Antes de meterlo en la bolsa tienes que escuchar la homilía que te suelta la dependienta o el chico afeminado de turno, que ahora suelen estar más preparados para darte el consejo de cómo debes usarlo.
Yo fui asesora de moda durante treinta y cinco años en los 70. La vida se encargó, durante este largo periodo de tiempo, de situarme cerca del glamour. Actualmente, este mismo oficio se llama influencer y gana unas cantidades de dinero escandalosas.
Debo admitir que, a mis recién cumplidos setenta y seis abriles, escribo libros y lo que me echen… porque escribir es apasionante, pero que te lean lo es más. Pero, si de algo debo estar orgullosa y feliz en mi vida profesional, es que haya sido siempre mi propia jefa. Mi madre así lo quiso y se lo agradezco, porque no debe ser fácil trabajar con un jefe cabreado.
Y termino diciendo que no sé qué más he podido hacer y no hice. Otros han hecho bastante menos que yo, y están tan contentos.
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