Para Charito en sus ciento dos primaveras. Poema de Soledad del Yerro



Después de 18 años de noviazgo con rupturas y altibajos, finalmente decidimos casarnos. Ambos acordamos prescindir del símbolo de los anillos. Ninguno llevábamos nada en las manos, porque todo nos molestaba.
Comunicamos nuestro enlace en una comida en casa de Luis. Su madre aplaudió y enseguida se autoerigió en nuestra guía.
En otra comida, esta vez en mi casa, mi madre propuso fundir las alianzas de los abuelos para hacernos unas a nosotros. Agradecimos el gesto, pero explicamos que habíamos convenido no llevarlas. Aunque nuestra decisión no le gustó, la respetó.
Llegó el día de la boda. Asomada a la ventanilla del coche vi a lo lejos a Luis esperándome junto a su madre. Cuando bajé, ésta se acercó llevando una cajita que, enseguida, reconocí como de joyería. Seguro que se me notó en la cara lo que hubiera querido gritarle allí, delante de todos, pero ella aprovechó para susurrarme sibilinamente:
—Cógela y no montes ahora un escándalo.
Queriendo contener la rabia respiré profundamente y me agarré al marco de la portezuela mirándola enfadadísima.
Busqué a mi madre que abrió los ojos como diciendo: “¡Vaya encerrona!”. Luis se acercó ofreciéndome su brazo, pero le detuve y pregunté:
—Sabes que me he enfrentado a mi madre por este motivo. ¿Tú sabías esto?
Avergonzado, asintió con la cabeza. Su madre insistió de nuevo en que cogiéramos la cajita porque eso de casarse sin anillos era una tontería.
Yo no daba crédito. Así que allí, a pie de calle, expuse que si íbamos a comenzar un matrimonio lo ideal sería saber desde el principio cuántos íbamos a ser.
Ninguno respondió.
El coche seguía detrás de mí con la puerta aún abierta. Le miré a los ojos y le dije:
—No me esperes.
Volví a subir y arrancamos.
Hoy todavía me pregunto si su madre me hubiera considerado una buena esposa. Preguntar a Luis, sería una soberana bobada.

Había ido al cine desde niño y su preferencia eran los programas dobles y las matinées. En los dobles pasaba las tardes viendo películas del oeste donde todos los niños querían ser jinetes de mayores y cabalgar por aquellos espacios infinitos. Las llegadas al poblado terminaban en el salón donde las diferencias se resolvían a puñetazos. Los actores y actrices eran todos norteamericanos y los amigos se hacían apuestas para ver quién recordaba más nombres como John Wayne, Kirk Douglas, Gregory Peck o Rita Hayworth, Bette Davis o Barbara Stanwyck. En las matinées, dedicadas con preferencia al público infantil, se permitían los aplausos cuando llegaba el séptimo de caballería o cuando cantaban Joselito y Marisol.
Ya de mayor se ocupó en varios empleos que le permitieran ganarse la vida, pero su interés por el cine no había desaparecido y por eso aprovechó la oportunidad que le dio un vecino cuando le informó de la existencia de una vacante de acomodador en el cine de su barrio. Allá que se fue y consiguió el contrato para trabajar de cuatro de la tarde a doce de la noche. Se buscó una linterna con pila de petaca y acudía puntual sin un vestuario especial. Acompañaba a los espectadores desde el vestíbulo del local hasta el asiento numerado que se había estudiado de antemano y esperaba con discreción que cayera esa propina que complementaba su modesto sueldo.
Mantenía su afición infantil a ver películas, aunque ahora comenzaban aparecer nuevos héroes de la pantalla como James Bond o Clint Eastwood y los españoles López Vázquez, Landa o Sara Montiel y Carmen Sevilla.
Tras unos años en el barrio, fichó por un cine del centro en el que vestía con chaqué rojo y botones dorados y la misma linterna con pila de petaca. Las grandes salas de cine comenzaron a trocearse en pequeños locales donde los acomodadores fueron desapareciendo.

Ahora está de moda que los trajes y complementos para novias se hagan a medida en un atelier. En mi pueblo, en aquella «época», tuve la suerte de que hubiera una modista que sobre mi cuerpo me fuera colocando sedas, encajes y tules blancos, con alfileres, que luego confeccionaba, y yo lo complementaba con tocado, velo y unos guantes, que me los tuve que quitar para el intercambio de las alianzas y para compartir las arras.
Los dejé olvidados en el reclinatorio donde estuve arrodillada, en el altar mayor de la iglesia de San Salvador donde me bautizaron, hice mi primera comunión y se estaba celebrando mi boda.
Este altar siempre me impresionó por la importancia que le daba la combinación de elementos góticos tardíos, el manierismo clasicista y su retablo de don Benito Churriguera.
Firmamos un documento que un funcionario del juzgado nos tenía preparado que justificaba que estábamos casados civilmente, y luego lo hicimos en el libro parroquial con varios testigos. La música, el flash de las fotos, los vítores y los pétalos de flores que nos cubrieron a la salida me embargaron de emoción.
Ya sentados en el coche, para dirigirnos al salón del convite, llegó corriendo Luisito, el monaguillo, a traerme los preciosos guantes; se lo agradecí dándole un beso.
Me los puse y pedí al chófer que hiciera una parada en el colegio de la Inmaculada. Quería dejar el ramo en el altar de la capilla donde me había educado. Sor Carmen Pérez, que fue una de mis mejores profesoras, enseguida me dijo: «Qué ilusión me hace que el pañuelo que cubre las ramas del ramo sea un premio que ganaste por tu brillante final de un curso».
Nos recibieron con mucho cariño, y lo que más les llamó la atención fue lo guapo que era el novio y los elegantes guantes.
El brindis con los invitados me los dejó pegajosos, y me los quité dejándolos en el coche. Al finalizar el ágape abrimos el baile, amenizado por una estupenda orquesta formada por compañeros de mi ya marido. A mí me encantaba bailar y aquel día que era la protagonista, bailé hasta con el dueño del salón, que era amigo de mi padre y me conocía desde niña.
Terminamos siendo despedidos por familia y amigos, partimos hacia Madrid donde teníamos reservada una habitación en un hotel, para al día siguiente salir de viaje.
Dejamos el coche utilitario en el garaje, y al recogerlo la ventanilla de al lado del conductor estaba abierta, pero no faltaba nada: ni la radio, ni las cintas grabadas, ni el San Cristóbal de plata colgado en la ventanilla de atrás. Lo único que echamos en falta y no logramos encontrar fueron los guantes nupciales.

Llevaba un tiempo deprimido, le faltaban ganas de vivir y no sabía cómo continuar. Introvertido, hablaba poco con los vecinos y lo estrictamente necesario con los comerciantes del barrio. Se sentía enfermo, pero lo que le dolía era el alma.
Estaba en la cocina, oyendo la radio por Alexa, un dispositivo facilitado por una fundación para gente en paro. Dejó en un rincón de la encimera su móvil junto a tarros de cristal, rollos de papel y de aluminio, alguna goma elástica para cerrar bolsas, y había sacado del cubertero una cuchara de plata sopera espectacular, de unos 22 cm de largo, labrada desde el mango a la paleta. En una palabra: una cuchara regia, que venía a ser un punto discordante de opulencia, comparándola con la austeridad aparente con la que vivía.
Con una goma fuertemente ceñida al brazo, calentó con el mechero la cuchara forrada con papel de aluminio que contenía una sustancia blanca —previamente escondida en una bolsita dentro del tarro de sal— y preparó la jeringuilla dispuesto a abandonar cuanto antes aquel sufrimiento tan repentino e inesperado.
No pudo seguir, porque de pronto, sonó su móvil con la palabra URGENTE en pantalla; Alexa le llamó por el altavoz e incluso el teléfono fijo también sonaba. Escuchó atentamente el mensaje y le cambió el rostro. Respiró aliviado y comenzó a reír y llorar a la vez. En los tres aparatos el mensaje fue el mismo: «Estimado Sr. Cardenal, lamentamos profundamente la confusión y le pedimos disculpas. El diagnóstico que le hemos hecho llegar no es el suyo. Se trata de un error informático al cruzar datos».
Soltó la goma de su brazo, tiró todo a la basura y decidió homenajearse en un restaurante de lujo llevándose la cuchara. Y se dijo: «Vivir. Esa es la mejor prescripción facultativa».