Los Mayores Cuentan

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El hombre de la linterna. Relato de Francisco Pérez

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Había ido al cine desde niño y su preferencia eran los programas dobles y las matinées. En los dobles pasaba las tardes viendo películas del oeste donde todos los niños querían ser jinetes de mayores y cabalgar por aquellos espacios infinitos. Las llegadas al poblado terminaban en el salón donde las diferencias se resolvían a puñetazos. Los actores y actrices eran todos norteamericanos y los amigos se hacían apuestas para ver quién recordaba más nombres como John Wayne, Kirk Douglas, Gregory Peck o Rita Hayworth, Bette Davis o Barbara Stanwyck. En las matinées, dedicadas con preferencia al público infantil, se permitían los aplausos cuando llegaba el séptimo de caballería o cuando cantaban Joselito y Marisol.

Ya de mayor se ocupó en varios empleos que le permitieran ganarse la vida, pero su interés por el cine no había desaparecido y por eso aprovechó la oportunidad que le dio un vecino cuando le informó de la existencia de una vacante de acomodador en el cine de su barrio. Allá que se fue y consiguió el contrato para trabajar de cuatro de la tarde a doce de la noche. Se buscó una linterna con pila de petaca y acudía puntual sin un vestuario especial. Acompañaba a los espectadores desde el vestíbulo del local hasta el asiento numerado que se había estudiado de antemano y esperaba con discreción que cayera esa propina que complementaba su modesto sueldo.

Mantenía su afición infantil a ver películas, aunque ahora comenzaban aparecer nuevos héroes de la pantalla como James Bond o Clint Eastwood y los españoles López Vázquez, Landa o Sara Montiel y Carmen Sevilla.

Tras unos años en el barrio, fichó por un cine del centro en el que vestía con chaqué rojo y botones dorados y la misma linterna con pila de petaca. Las grandes salas de cine comenzaron a trocearse en pequeños locales donde los acomodadores fueron desapareciendo.

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