Los Mayores Cuentan

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¿Quién enseñó a leer a mi abuela? Relato de Morganti

¿Quién enseñó a leer a mi abuela? Relato de Morganti

Cuando nuestra querida profe nos puso varias escenas o momentos para que nosotras eligiéramos sobre cuál nos gustaría comentar o escribir un relato, a mí me llamó enseguida la atención uno en el que una abuela leía un cuento a sus nietas; me gustó y me recordó a mi infancia.

Cuando yo era pequeña, mi abuela, que vivía en un pueblo de Córdoba llamado Almodóvar del Río, por cierto, muy bonito, se vino, ya mayor, a vivir a Madrid con nosotros. Como mis padres trabajaban por la mañana y por las tardes y volvían a casa por la noche, mi abuela y yo estábamos todo el día juntas.

Por entonces metían por debajo de las puertas unas novelas todas las semanas, y yo no sé si había que pagar algunos céntimos para que te las trajeran habitualmente. Mi abuela me las leía y yo las escuchaba boquiabierta. Nunca olvidaré cuando me leía un episodio de la Biblia en el que Jesucristo, en la cruz, le decía al buen ladrón, según mi abuela, Dimás, pronunciado Dimás: «Yo te prometo que hoy estarás conmigo en el Paraíso». Vuelvo a decir el énfasis que mi abuela ponía al pronunciar el nombre del ladrón, pero, bueno, me encantaba.

Pasado el tiempo, yo he leído la Biblia y observo que el nombre en el que mi abuela ponía tanto énfasis al pronunciarlo no llevaba ningún acento. No era «Dimás», sino «Dimas».

Pero lo que me llamó la atención cuando fui mayor es que me preguntaba: «¿Quién enseñó a leer a mi abuela?». Nació en 1870 y desde pequeña trabajó en un cortijo con sus padres, distrayendo al hijo de los dueños, que al final del día le pagaban con un tazón de aceitunas.

¿Quién enseñó a leer a mi abuela?

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El banco. Relato de Rosario Badillo

El banco. Relato de Rosario Badillo

Manuel, que estaba jubilado, todas las tardes se sentaba en un banco del parque que había enfrente de su casa para leer el periódico 20 minutos, que es gratis. Lo cogía todos los días en el súper, cuando iba a hacer la compra diaria. También en el estanco compraba un paquete de cigarrillos; era un gran fumador, lo que no le venía nada bien a sus pulmones. El médico se lo decía, a lo que él respondía: “¿Ya qué más da?”.

Vivía solo; su mujer había fallecido hacía un año tras muchos años de matrimonio. Su hija quería que se fuera a vivir con ella y su marido, pero a él no le parecía bien, porque les restaría intimidad y podía ser una carga.

También le habían sugerido contratar a alguien para que le ayudara y le hiciera compañía. Esa opción no la quería de ninguna manera: pensar que alguien pudiera tocar y manipular las cosas de su mujer no lo podía soportar. De momento con las tres horas a la semana que venía la asistenta desde hacía tiempo se apañaba. La salud le respetaba de momento: “El día de mañana ya veremos”, decía.

Una tarde, ya en el banco habitual, viendo jugar a los niños a la pelota, uno de ellos se la lanzó y él la paró. El chico vino corriendo y le dijo: “¿Me la das, abuelo?”. “No soy tu abuelo, pero te la doy”, respondió el.

La mamá se acercó diciendo: “No molestes al señor”, y él contestó: “No me molesta, es un niño muy simpático y guapo. Me ha llamado abuelo”. La mujer se sentó con él riendo. “Es que no tiene abuelo, y le gustaría tenerlo, como muchos de sus compañeros. Vivimos solos en Madrid”. A partir de ese día, cuando coincidían se sentaban y charlaban. Le contó que era soltera; su pareja, cuando se quedó embarazada, la abandonó.

Un día la joven llegó muy triste y preocupada. Llorando, le comentó que en el trabajo le habían cambiado el turno, por lo cual el siguiente mes no podría recoger al niño del colegio, y pagar todos los días una canguro era difícil para su economía. Él se quedó un rato en silencio, y le preguntó: “¿Tú te fías de mí? Si quieres yo puedo recogerlo; ya sabes, vivimos cerca, llevarle a tu casa, darle la merienda, jugar un rato, esperándote. Como me llama abuelo, puedo ejercer de ello.” Ella le abrazó. “Manuel, me has salvado”.

La vida volvió a tener sentido para él. Incluso dejó de fumar para no perjudicar al niño.

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La bicicleta. Relato de Francisco Pérez

La bicicleta. Relato de Francisco Pérez

Aquel verano elegimos pasar las vacaciones en el campo, en un lugar tranquilo con buen clima sin agobios.

Habíamos hablado al principio de elegir una playa tropical con palmeras y columpios o ir a un pueblo inglés a ver las carreras de caballos rodeados de británicos elegantes e incluso alquilar un barquito desde el que poder zambullirnos en el agua.

Pero la elección final fue la de una granja en el campo. Allí podríamos encontrar huecos para pintar acuarelas de paisajes o practicar la alfarería con unos barros muy majos que se cogían en un arroyo cercano.

Mi marido leía la prensa al aire libre o se dedicaba a su deporte favorito, el arreglo de la moto a la que ajustaba las tuercas una y otra vez. Después él conducía hasta el pueblo cercano para comprar los ingredientes de nuestro menú en el que no podía faltar el gazpacho.

Por mi parte, yo empezaba el día atendiendo a nuestras dos hijas: comenzaba haciéndoles las trenzas y les contaba historias de los abuelos que a ellas le hacían mucha gracia. Les recordaba los primeros viajes al pueblo cuando veníamos en tren. Después del desayuno, les organizaba un poquito de escritura para que no perdieran el hábito de lo que habían aprendido en el colegio este invierno pasado.

Ellas quedaban jugando y yo me divertía probándome zapatos antiguos que había encontrado en un armario del ático o pedía a mi marido que me ayudara para ponerme un collar de perlas clásico que me traje de casa.

Otros días ensayábamos un baile recordando los valses que aprendimos cuando éramos novios. Pero lo que no me podía faltar a diario eran mis paseos en bici por el campo, a media mañana, con el sol subiendo sin que el calor apretara. Era mi mejor momento de las vacaciones que nunca olvidaré.

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Las trenzas. Relato de Soledad del Yerro

Las trenzas. Relato de Soledad del Yerro

Nada más nacer, según he visto en mis primeras fotografías, mi pelo era abundante. Mamá tenía entendido que se me caería, pero ocurrió todo lo contrario: cada vez era más largo y fuerte.

El que me peinara era para mí un suplicio, pues al desenredarme me hacía daño; protestaba y cuántos días terminé llorando.

—Hija, así no podemos seguir. Mañana te llevo a la peluquería y que te corten el pelo.

—No, por favor, mamá; yo quiero tener el pelo largo.

—¿No te das cuenta de que tú sufres y a mí me agobias? Parece que en lugar de peinarte te estoy maltratando. Te voy a hacer dos trenzas y así no se te enredará tanto.

Mi madre algo de razón tuvo: se enredaba menos y, según iba siendo más mayor, aguantaba más.

Mis trenzas llamaban la atención. El día de mi primera comunión el fotógrafo nos preguntó si eran postizas. Mamá le dijo:

—Son naturales; tiene mucho pelo, aunque puedo asegurarle que nos ha costado trabajo llegar a mantenerlo así.

Pasados dos años empecé el bachillerato y algo no estaba bien. Mi mejor amiga no venía al colegio. Nadie decía mucho, pero yo había escuchado lo suficiente: en su casa faltaba dinero para pagarle la matrícula.

Aquella noche no pude dormir; no dejaba de pensar en su risa, viendo su pupitre vacío. A la mañana siguiente me miré al espejo: mis trenzas caían, como siempre, sobre mis hombros… y entonces lo supe.

Caminé hacia la tienda donde compraban cabello; me latía fuertemente el corazón, pero no lo dudé.

—Quiero vender mis trenzas —dije.

El hombre me miró con sorpresa.

—¿Estás segura?

—Segurísima.

Cuando las tijeras cortaron mi primera trenza, sentí un tirón en el pecho, como si me dejara atrás algo importante, pero pensé en mi amiga… y eso me dio fuerza.

Apreté el dinero entre mis manos. No era mucho, pero era todo lo que tenía para ayudar.

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Corazón entre fogones. Relato de Lourdes

Corazón entre fogones. Relato de Lourdes

En el pequeño pueblo de San Lorenzo todos sabían que la mejor cocinera vivía en la casa azul de la esquina. Se llamaba Celia y nunca había estudiado en una escuela culinaria; tenía un talento que había heredado de generaciones.

Desde niña aprendió observando a su abuela remover lentamente las ollas de hierro y probando las salsas con una cuchara de madera gastada por el tiempo.

Cada domingo su cocina se llenaba de aromas que viajaban por las calles empedradas. Preparaba pan crujiente, guisos y postres que hacían cerrar los ojos al primer bocado.

Un invierno especialmente muy frío, Celia comenzó a llevar sopa caliente a quienes no podían salir de la casa, y su caldo devolvía el color a las mejillas y esperanza a los corazones.

Con el tiempo le ofrecieron abrir un restaurante en la ciudad pero ella decidió quedarse en su pueblo porque decía que su cocina no estaba hecha para vitrinas sino para mesas compartidas.

Y así siguió encendiendo el fuego cada mañana con la misma ilusión porque para ella cocinar era transformar el día de alguien. Con cariño hacía que todos regresaran, por la calidez que sólo una cocinera sabe ofrecer.

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