
Cuando nuestra querida profe nos puso varias escenas o momentos para que nosotras eligiéramos sobre cuál nos gustaría comentar o escribir un relato, a mí me llamó enseguida la atención uno en el que una abuela leía un cuento a sus nietas; me gustó y me recordó a mi infancia.
Cuando yo era pequeña, mi abuela, que vivía en un pueblo de Córdoba llamado Almodóvar del Río, por cierto, muy bonito, se vino, ya mayor, a vivir a Madrid con nosotros. Como mis padres trabajaban por la mañana y por las tardes y volvían a casa por la noche, mi abuela y yo estábamos todo el día juntas.
Por entonces metían por debajo de las puertas unas novelas todas las semanas, y yo no sé si había que pagar algunos céntimos para que te las trajeran habitualmente. Mi abuela me las leía y yo las escuchaba boquiabierta. Nunca olvidaré cuando me leía un episodio de la Biblia en el que Jesucristo, en la cruz, le decía al buen ladrón, según mi abuela, Dimás, pronunciado Dimás: «Yo te prometo que hoy estarás conmigo en el Paraíso». Vuelvo a decir el énfasis que mi abuela ponía al pronunciar el nombre del ladrón, pero, bueno, me encantaba.
Pasado el tiempo, yo he leído la Biblia y observo que el nombre en el que mi abuela ponía tanto énfasis al pronunciarlo no llevaba ningún acento. No era «Dimás», sino «Dimas».
Pero lo que me llamó la atención cuando fui mayor es que me preguntaba: «¿Quién enseñó a leer a mi abuela?». Nació en 1870 y desde pequeña trabajó en un cortijo con sus padres, distrayendo al hijo de los dueños, que al final del día le pagaban con un tazón de aceitunas.
¿Quién enseñó a leer a mi abuela?
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