Los Mayores Cuentan

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Adiós a la soledad. Relato de Rocío Urraca

Adiós a la soledad. Relato de Rocío Urraca

Con este inspirador relato nuestra compañera Rocio Urraca ha participado en el Concurso de Relatos Breves convocado con motivo de Día del Libro para destacar la labor de la Cruz Cruz Roja en materia de Soledad no Deseada. Sin duda un relato ganador porque ¡nos ha llegado al corazón!

Isabel siempre quería ser el centro de atención en absolutamente todo. Necesitaba ser «el perejil de todas las salsas». Al principio, su trato inicial era sociable, pero enseguida asomaba una relación vampírica, así que se fue quedando sola. Lejos de hacer introspección, cayó en el victimismo echando la culpa a los demás con frases como: «Y cuando dejé de llamar, me di cuenta de que la verdadera amiga era yo». Seguía pensando que el mundo giraba en torno a ella. Hasta que un día ocurrió lo que no vio venir. Se fue quedando sola y la tristeza comenzó a hacer mella.

En una cuestación de Cruz Roja a pie de calle, Isa abrió su monedero para hacer un donativo y, mientras tanto, la voluntaria entabló conversación. Esta mujer supo ver lo mucho bueno que tenía dentro y le dijo una frase que nunca olvidaría: «Cuando das, recibes mucho más. Te invito a que vengas a conocernos. Vente, te será muy útil».

Volvió a casa sin dejar de pensar en ello. Reparó en lo importante que es socializar y compartir. Ahí estaba la clave. Fue a un centro a pedir información, y se dio cuenta tanto de la enorme cantidad de gente que ofrecía ayuda, como de la que la requería. La llamaron para una entrevista, y fue admitida.

Allí encontró a compañeros que también se sintieron solos alguna vez, pero que, ofreciendo desinteresada y humildemente alguno de sus talentos, conectaban con otras personas que tenían los mismos intereses.

De alguna forma, la necesidad de ser el centro de atención fue dejando paso a la necesidad de ofrecerse para diferentes actividades compatibles con ella y vio que el resultado era bueno para todos. Para ella, porque daba algo de lo que tenía en favor de otros, y, al mismo tiempo, porque recibía la estima y valoración por su trabajo. Dijo adiós a la soledad, dándole la vuelta a un comportamiento ególatra, sintiéndose viva, ganando respeto y paz interior.

Aventura en Tetuán. Relato de Francisco Pérez

Aventura en Tetuán. Relato de Francisco Pérez

Hace unos meses me fui a la Plaza de Castilla para dar un paseo y os voy a contar lo que me ocurrió: Esperaba cruzar un semáforo cuando de pronto alcé la vista y caía del cielo un cohete dorado con tres paracaídas de color naranja que se posó suavemente en el centro de la plaza. La gente siguió a sus cosas y yo me quedé anonadado: esto es el comienzo de una gran aventura, me dije.

Seguí por Bravo Murillo y entré en la concejalía de distrito donde anunciaban una exposición de una pintora residente en el barrio. Para mi sorpresa, pintaba óleos con paracaídas de color naranja y platillos volantes.

Avancé hacia la plaza de la Remonta, donde no cabía un alfiler: cientos de usuarios del Centro de Mayores cantaban a coro el Himno de la Alegría que repetían una y otra vez.

Al llegar a la iglesia de los Salesianos, unos cuantos escolares hacían juegos de magia para el asombro de los viandantes, que arrojaban monedas a esos artistas precoces.

Ya en Estrecho, los carriles centrales estaban cortados para los coches. Decenas de pequeños ciclistas rodaban con sus pequeñas bicicletas sin pedales acompañados de otros con sus pequeños patinetes haciendo sonar sus bocinas de forma estridente.

Me alejé de aquel estruendo y me sorprendí al contemplar la larga cola de vecinos que esperaban turno para entrar en la Casa de Baños de Alvarado con su toalla y jabón para bañar a sus perros.

Llegué frente al Mercado de Maravillas en el que algo inusual pasaba. Pregunté y me dijeron que hacía una hora que había terminado el reparto de dos mil kilos de manzanas que cada año se hacía por parte de los vendedores asturianos para recordar a su querida tierra.

Llegué entonces a la glorieta de Cuatro Caminos donde estaba instalada una fuente multicolor y cientos de personas escuchaban desde unos altavoces el Concierto de Año Nuevo mientras tocaban las palmas.

En ese momento, me desperté empapado en sudor.

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Morir de amor. Relato de Soledad del Yerro

Morir de amor. Relato de Soledad del Yerro

Todos los martes, en la ciudad de Toledo, se instala un mercadillo en el parque de La Vega o de Tavera; este privilegiado sitio se llena de tenderetes donde se vende ropa, calzado, mercería, productos agrícolas o dulces típicos de la ciudad.

Mi prima Aurora y yo quedábamos allí todas las semanas que teníamos libres. Lo cierto es que hacíamos compras a buen precio, nos tomábamos el aperitivo y la mañana se nos pasaba de forma productiva y feliz.

Siempre recordaré que hubo un martes en el que en el mercadillo había un tenderete, donde un joven bien parecido ofrecía un licor de un rojo suave al que llamaba «Elixir de Amor». Este tenía el prodigio de que, si se lo dabas a beber a la persona amada, esta te sería fiel para siempre, queriéndote apasionadamente. Lo que más atrajo al público fue el sonido de una preciosa música que, a través de un altavoz, acompañaba el ofrecimiento de ese licor.

Aurora me dijo:

—Este charlatán engañará a más de uno; se lo ha montado muy bien grabando «Una furtiva lágrima», aria de la ópera El elixir de amor.

Yo, al llegar a casa, comprobé que tenía razón. Dentro de la funda del disco de vinilo grabado por Pavarotti, había un folleto que explicaba «Una furtiva lágrima», el aria más importante de la ópera El elixir de amor. Se estrenó en 1832, con música de Gaetano Donizetti y libreto de Felice Romani.

Narra la historia del campesino Nemorino, quien ingenuamente compra un elixir de amor a un charlatán, convencido de que, al ingerirlo, conquistaría el corazón de Adina, una rica y bella terrateniente de la que estaba perdidamente enamorado.

Un día, casualmente se cruza con ella, se miran fijamente y él ve brotar en los ojos de Adina una furtiva lágrima. «¡Me quiere, sí, me quiere! Sus suspiros se han juntado con los míos, nuestras almas se han unido para siempre». Su corazón le dio un vuelco cuando se sintió morir de amor, la muerte más bella que jamás hubiera soñado.

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¿Visión o ilusión? Relato de Rocío Urraca

¿Visión o ilusión? Relato de Rocío Urraca

Águilas (Murcia). Abril, 2026 – 20:15h

Me gusta pasear desde El Hornillo a Playa Amarilla justo ahora, cuando no sabes exactamente qué color tiene el mar. Me siento frente a la Isla del Fraile y cierro los ojos disfrutando del olor marino y el rumor de las olas.

En una ensoñación aparece Paco Rabal y me dice:

—Muchacha, ¿sabes que ese islote ha sido desde siempre de vital importancia para esta zona?

—Sí, señor. Me fascina su historia. Porque está prohibido poner un pie allí, que si no…

—¿Cómo? ¿Quieres ir y visitar sus galerías?

Mi adrenalina se disparó. Tomé prestada una barca cercana, subimos y remé. Mientras, me advertía que vería cosas extrañas, pero que estuviera tranquila y confiara en él.

Al acercarnos a la entrada de una gruta, silbó tres veces. Otro silbido largo fue la contraseña y apareció una figura ondeando una antorcha que me resultó conocida. Era Asunción Balaguer, su esposa.

Desconcertada, saludé con la cabeza mientras saltábamos a tierra.

—¡Uy, qué carica de susto! Pasa, bonica. Entra y te explico: la gran ilusión de Paco, siempre fue volver a Águilas. Y eso acordamos.

Bajó una cortina de esparto y algas que camufló completamente la entrada. Estaba sola con ellos. Cuando reaccioné y pude hablar —sabiendo que él murió en 2001 y ella, en 2019—, pregunté cómo vivían allí, y me explicaron que ya los romanos hicieron excavaciones para almacenar mercancías procedentes del norte de África. Recorrí el interior perfectamente construido, comentando mi sorpresa por la buena iluminación de tantos pasadizos y tras una sonora carcajada, Paco dijo:

—Pero, zagalica: ¿No sabes que fui ayudante de electricista en los Estudios Chamartín?

Abrí los ojos, y aun fuera del pensamiento lógico, sentí que todo fue real y sin atisbo de miedo. Ahora me pregunto: ¿Hay más como ellos? ¿Qué hago, lo cuento? ¿O voy otra vez y lo compruebo?

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