
Hace unos meses me fui a la Plaza de Castilla para dar un paseo y os voy a contar lo que me ocurrió: Esperaba cruzar un semáforo cuando de pronto alcé la vista y caía del cielo un cohete dorado con tres paracaídas de color naranja que se posó suavemente en el centro de la plaza. La gente siguió a sus cosas y yo me quedé anonadado: esto es el comienzo de una gran aventura, me dije.
Seguí por Bravo Murillo y entré en la concejalía de distrito donde anunciaban una exposición de una pintora residente en el barrio. Para mi sorpresa, pintaba óleos con paracaídas de color naranja y platillos volantes.
Avancé hacia la plaza de la Remonta, donde no cabía un alfiler: cientos de usuarios del Centro de Mayores cantaban a coro el Himno de la Alegría que repetían una y otra vez.
Al llegar a la iglesia de los Salesianos, unos cuantos escolares hacían juegos de magia para el asombro de los viandantes, que arrojaban monedas a esos artistas precoces.
Ya en Estrecho, los carriles centrales estaban cortados para los coches. Decenas de pequeños ciclistas rodaban con sus pequeñas bicicletas sin pedales acompañados de otros con sus pequeños patinetes haciendo sonar sus bocinas de forma estridente.
Me alejé de aquel estruendo y me sorprendí al contemplar la larga cola de vecinos que esperaban turno para entrar en la Casa de Baños de Alvarado con su toalla y jabón para bañar a sus perros.
Llegué frente al Mercado de Maravillas en el que algo inusual pasaba. Pregunté y me dijeron que hacía una hora que había terminado el reparto de dos mil kilos de manzanas que cada año se hacía por parte de los vendedores asturianos para recordar a su querida tierra.
Llegué entonces a la glorieta de Cuatro Caminos donde estaba instalada una fuente multicolor y cientos de personas escuchaban desde unos altavoces el Concierto de Año Nuevo mientras tocaban las palmas.
En ese momento, me desperté empapado en sudor.
Muy bueno Paco, como todo lo tuyo.