
Dorada estudió Ganadería y Asistencia en Sanidad Animal en León, porque no había Facultad de Veterinaria en Oviedo. Sufría por la despoblación de su pueblín y decidió estudiar algo que además de gustarle, resultara útil para su comunidad. Al acabar FP, salió una convocatoria de la Conserjería del Medio Rural que fomentaba el relevo generacional y la modernización del campo. Las ayudas económicas eran buenas, y como cumplía requisitos, decidió acogerse al programa para jóvenes ganaderos.
Enfocó su proyecto en Gestión de la Explotación. Investigó si algún compañero de promoción se hubiera presentado también y encontró a tres, con quienes contactó para proponerles cooperativizar ya que supondría un buen empujón al comienzo. Presentado su expediente, estos jóvenes, universitarios, con ganas de modernizar el campo y competentes tecnológicamente, se entusiasmaron. A corto plazo, sabían que tendrían que realizar un fuerte sacrificio, pero a medio, si la modernización completa progresaba, podrían establecer un mes de vacaciones anual, como en casi todas las empresas. Siendo cuatro, sería más fácil combatir la “esclavitud”.
Cuando presentaron el proyecto común, los concejos aplaudieron la defensa de su tradicional modo de vida y acordaron prestarles ayuda desinteresadamente durante el primer verano rehabilitando las cabañas que necesitaban reparación para alojar al ganado en invierno. A cambio, se organizaría una feria local anual publicitada a través de redes sociales, cuyos beneficios económicos se repartirían entre todos y destinando también una partida para las fiestas. Fue un éxito.
Dorada no sólo no se fue de su pueblo, sino que le impulsó hacia un futuro mejor. En sólo tres años, la cooperativa creció y esto hizo que nuevas familias se asentaran. El futuro estaba asegurado pero ella seguía activa en su ambición. Se sentó en una de las balas de paja del cobertizo pensando reunirse con sus compañeros y proponerles: «¿Cómo veríais ampliar nuestro negocio con el manejo de fitosanitarios ecológicos?»
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