
Hace una veintena de años, yendo en coche a pasar unos días a la sierra de Gredos con mis hijos y nietos, tuvimos que parar porque un camión que iba cargado con una casa de madera prefabricada, al que seguía una enorme grúa, nos cortó el paso.
Nos llamó la atención ver cómo una cuadrilla de jóvenes la colocaba al pie de la montaña. Se hizo de noche y, desde una de las terrazas del hotel donde nos alojábamos, se divisaba la casa. Nos asombró lo bonita que resultaba iluminada por unos faroles de madera y cristal donde lucían unas bombillas en forma de velas; estas, reflejadas en las calizas piedras de la montaña y el verdor de la hierba y flores silvestres que cubrían el suelo, le daban un ambiente mágico.
Comentamos que, si era cómoda y estaba bien amueblada por dentro, resultaba asombrosa la rapidez con la que se podía disfrutar de una vivienda en un lugar tan especial. De pronto, Juan dijo:
—Esta casa de madera me recuerda a la historia de Daniel Boone; leí sus aventuras con mucho interés cuando era un chaval y nunca se me olvidaron.
—Cuéntanos quién era y alguna de sus aventuras —le pidió interesado su hijo.
—Daniel Boone nació en 1734 en Estados Unidos. Se hizo famoso por vivir durante largos periodos en la naturaleza salvaje, muchas veces en cabañas de madera o refugios construidos por él mismo con los troncos de los árboles. Era un gran cazador y pasó parte de su vida explorando los bosques y montañas de lo que hoy es el estado de Kentucky.
»Ayudó a abrir una ruta llamada Wilderness Road, entre Virginia y Kentucky, por donde llegaron miles de colonos que se instalaron en asentamientos como Boonesboro, donde él se instaló con su familia. A Boone se le conocía como un símbolo de libertad y vida salvaje. En 1778, mientras cazaba cerca del río Ohio, fue capturado por un grupo de indígenas; en lugar de matarlo, decidieron adoptarlo en la tribu porque le admiraban como cazador y por su valentía. Incluso le dieron un nombre nuevo y le trataron como a uno de los suyos.
»Boone se enteró de que los indígenas planeaban un gran ataque a Boonesboro, y que sus habitantes corrían peligro. Un día que se encontraba solo, escapó corriendo por el bosque. Caminó y corrió cinco días sin comida ni descanso. Llegó agotado… pero consiguió avisar a los colonos, que así pudieron prepararse para el ataque. Esta historia lo hizo aún más famoso como símbolo de resistencia y supervivencia en la naturaleza.
Los niños se quedaron maravillados y, a la mañana siguiente, le pidieron a su abuelo —que era muy hábil y tenía ideas geniales para fabricar cosas— que en el jardín de la urbanización de su casa, en el valle del Lozoya, les fabricara una casa de madera.
Disfrutaron de ella varios años; allí, con sus amigos, tenían toda clase de juegos. Una noche decidieron que les dejaran dormir con sacos y mantas y, todos contentos, se prepararon para pasar la noche. Era verano y el calor hizo que, al anochecer, el cielo se cubriera de nubes negras, presagio de tormenta. Los rayos y truenos les hicieron comprender que no tenían nada que ver con Daniel Boone y, todos asustados, se fueron corriendo a guarecerse en sus casas para dormir plácidamente en sus camas.
Es un relato que destaca por su tono nostálgico y humanista, donde la naturaleza, la memoria familiar y el poder del relato se funden en un homenaje a la infancia y al espíritu explorador que atraviesa las generaciones.