Los Mayores Cuentan

Blog participativo hecho por mayores para mayores

Anónimo. Relato de Rosario Badillo Gámez

Anónimo. Relato de Rosario Badillo Gámez

Hace poco encontré encima de la mesa de mi clase –soy profesora en un colegio– un sobre con un anónimo escrito con letra de imprenta y recortes de periódico, un clásico de las películas. Decía que si no ponía el examen de historia muy fácil desvelarían cosas de mi pasado: que no era española, sino argentina hija de españoles, lo cual estaba en mi currículum, y también que no era rubia sino morena. Evidentemente, no había que ser muy listo para saber que era de mis alumnos.

No me enfadé, más bien me hizo gracia al venir de niños de diez y once años que todavía son pequeños e inocentes, pero merecían una lección. Ya en clase les puse dos tipos de exámenes, uno fácil y otro difícil. Podían elegir cuál hacer; si elegían el fácil yo sabría quién había dejado el sobre en mi mesa. Todos eligieron el difícil para no delatarse, con lo cual tuvieron que estudiar y esforzarse. Todos aprobaron, y esa fue la lección. Todos son buenos y estaban tan contentos con sus notas.

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La felicidad. Relato de Mª Luisa Illobre

La felicidad. Relato de Mª Luisa Illobre

Doña Patrocinio, una señora acaudalada, solo tenía un propósito: casar a su hijo Fernandino. Al muchacho se le iban pasando los años y debido a su timidez era incapaz de intentarlo. A su madre ya no le importaba que fuera con la más fea del lugar. Por eso se puso al habla con Demetrio para intentarlo, ya que tenía una hija que no encontraba novio, porque varios candidatos habían huido por su fealdad.

Los jóvenes se casaron, aunque Fernandino apenas articulaba palabra sobre el aspecto de su novia. Después de la boda, una vez en su casa perfectamente decorada por Patrocino, la novia se introdujo en el baño. Allí comenzó a librarse de todos los arreglos. En primer lugar, una enorme faja que la aprisionaba el cuerpo. Acto seguido los rellenos de sus pechos, un enorme pelucón, pestañas postizas, gran maquillaje, etc.

El novio esperaba pacientemente la salida de su esposa. Pero cuando apareció no era la misma persona que él conocía. No imaginaba que hubiera podido ganar de aquella manera. Todos aquellos arreglos habían perjudicado a la muchacha.

Una vez que comenzaron su vida en común, ella le comentó a Fernandino que había estado obligada a mostrarse de aquella manera porque que era norma de su familia disimular su aspecto para conseguir novio. Pero a él su aspecto natural no le importaba, y lo único que pretendía era librarse de su timidez y su miedo al dirigirse a cualquier muchacha.

Los primeros tiempos fueron los más difíciles para la esposa, ya que su marido era incapaz de sostener una conversación con ella, convencido de que sus palabras le parecerían sin sentido. Pasados dos meses la novia no volvió a su aspecto anterior. El marido descubrió que su esposa, una vez librada de todos sus afeites, era una persona muy agradable y cariñosa, por lo que decidieron acudir a un médico de familia conocido buscando ayuda. Este les informó de que no tendrían que tener ningún problema, y aceptando sus mutuas limitaciones rápidamente llegaría una convivencia normal. Así ocurrió. A las pocas semanas Fernandino era una persona afable y enamorado de su esposa, quien seguía conservando su fealdad, pero siempre con un agradable carácter y pendiente de su marido. Su convivencia era muy feliz.

Pasaron seis meses y los padres de los novios no sabían nada de ellos. Decidieron pasar a visitarles, ya que después de aquella extraña boda no confiaban en que funcionaran bien como matrimonio. Se quedaron extasiados. Eran un matrimonio unido y feliz, por lo que Patrocinio le comunicó a Demetrio que debían pasar una temporada con ellos.

Los jóvenes aceptaron, pero a los pocos días los conflictos de los mayores eran enormes.

Solo se relacionaban con órdenes que la señora pretendía que Demetrio cumpliera rápidamente, lo que a él nunca le parecía bien. Tampoco estaban de acuerdo con las normas que se seguían en aquella casa, y las discusiones eran constantes.

Todo hizo que el joven matrimonio un día abriera su puerta y despachara a los visitantes. Habían ido a sembrar la discordia en aquella casa en la que todo era felicidad. Aquella boda desigual había sido para crear un matrimonio muy feliz.

No es noticia. Relato de Marisol García Alonso (Solín)

No es noticia. Relato de Marisol García Alonso (Solín)

Las historias basadas en hechos reales me gustan más porque casi siempre superan la ficción, y si además están contadas con toques de humor, queriendo desdramatizar las situaciones complicadas, me atrapan totalmente.

Marcelo, con solo diez años, se queda sordo por descuido de los médicos que no trataron a tiempo la enfermedad que le hizo entrar en urgencias en un hospital.

Su madre, una reconocida bailaora de flamenco, decide que Marcelo tenía que ser un niño como cualquier otro, y le manda hacer recados a la calle, a pesar de las duras advertencias por no estar de acuerdo la abuela.  Pero pese a las dificultades para entenderse con el tendero, su madre lograba hacerle fuerte, tanto que, con dieciséis años, sin conocer a nadie, viaja a Estados Unidos, consiguiendo con esfuerzo aprender el idioma por signos y ganar varias medallas en artes marciales.

Pero la vena flamenca de Marcelo se ve que la tenía, porque al regreso a España decide ser bailaor. Esta vez la madre se opone por dos razones: la primera por ser completamente sordo, y la segunda porque no podía ayudar a que su hijo bailara en su propia compañía, ya que se preguntaba cómo reaccionarían sus compañeros… Pero Marcelo no estaba dispuesto a abandonar el sueño de ser bailaor, puesto que sabía bien la técnica de la vibración del suelo para poder bailar.  Su proyecto tan ilusionante alcanza que tenga montado un musical ideado para que todo el mundo pueda entenderlo, con o sin discapacidad.

Contada así, parece que la historia ha logrado el objetivo de ser noticia en un periódico. Y, ante tal ausencia de anuncio, yo quiero pretender con mi letra impresa que lo sea y que pueda despertar el interés que merecen las buenas noticias.

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Hablemos de Navidad. Memoria y felicitación de Soledad del Yerro

Hablemos de Navidad. Memoria y felicitación de Soledad del Yerro

La Navidad es la época más bonita del año, por lo menos yo lo pensaba así cuando era niña. Antes de que nos dieran las vacaciones aprendíamos cantar villancicos, a tocar la pandereta y la zambomba, y buscábamos musgo, para colocar el Belén; el de la casa de mis abuelos quedaba precioso, porque el mayor de mis primos tenía arte para montarlo, todos los años lo iba mejorando y varias veces ganó el premio que daba el Ayuntamiento al mejor Belén del pueblo.

Las madres en casa preparaban dulces de Navidad, amasaban harina con aceite o manteca, qué redondos o alargados se convertían en unos bollos, que luego llevaban a la panadería para cocerlos en el horno, impregnándose el aire de su olor y de leña quemada.

Niños y adolescentes iban por las casas, felicitando las Pascuas y pidiendo el aguinaldo cantando villancicos, nos daban unos céntimos y siempre los gastábamos en comprar castañas asadas; a la vez que nos encantaba comerlas, nos calentaban las manos que las teníamos heladas de frío.

La cena de Nochebuena, siempre en familia y cuantos más mejor. Después, a las doce, a Misa del Gallo; si había nieve, a los pequeños nos acostaban, y los mayores, a la vuelta, seguían la fiesta.

La magia la traía la Noche de Reyes Magos, que nos duró unos cuantos años, pues la única tienda donde vendían juguetes, estaba enfrente de mi casa. Mirando el escaparate pedíamos lo que nos gustaba en la carta que les escribíamos, pero llegó el momento de darme cuenta de que lo que veíamos que los padres compraban en la tienda era lo que los Reyes traían a sus hijos.  Se lo dije a mi madre y me lo confirmó,  pero me hizo prometer que a mis hermanos pequeños no les diría nada. Cumplí mi promesa, pues la desilusión que me llevé no quise compartirla con nadie.

Los años fueron pasando y las Navidades las fui viviendo con mi marido, mis hijas, compartiéndolas con mi familia y la de él. Los mayores fueron faltando, vinieron yernos, nieta, y nunca nos importó juntarnos en sus casas o en la nuestra con sus padres y amigos.

Las felicitaciones, a través de postales navideñas, era otra forma de recibir y cariño, deseando amor y paz.

Volví a vivir la magia de la Navidad con las siguientes generaciones. Me encanta visitar los Belenes, disfrutar de las luces, e ir a conciertos. La música fue muy importante en nuestras vidas. Algunas noches de fin de año cenábamos fuera de casa, después nos íbamos al teatro, veíamos la obra, y a las doce nos conectábamos con la Puerta del Sol, tomábamos las uvas, y con Champán y alegría comenzábamos el Año Nuevo.

Ahora una de mis prioridades es rodearme de buenos amigos, como ahora lo estoy con todos vosotros, estupendos compañeros, a los que os deseo anticipadamente una FELIZ NAVIDAD.

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«Te escribo para decirte…» Relato de Soledad del Yerro

«Te escribo para decirte…» Relato de Soledad del Yerro

Querida amiga:

Te escribo para decirte que seguí tu consejo y en la primera comida familiar que tuve, les conté a mis hijos y nietos que en los paseos que suelo hacer varios días a la semana hasta la Plaza de Colón, había conocido a un señor de aspecto distinguido, apuesto y agradable, con el que al pasar de los días había iniciado una apacible amistad. Me admiraba su conversación amena y culta. ¡Ah! y debía de estar muy bien situado, pues venía a recogerle un chófer uniformado con un Mercedes de alta gama.

La mayor de mis nietas me preguntó:

—Abuelita, ¿y qué edad tiene?

—Más o menos la mía, el DNI no se lo he pedido, pero por el físico es muy apropiado para mi edad.

—Mamá —dijo mi hijo Daniel—, ¿nos estás gastando una broma?

—Ni mucho menos, hijo, vosotros tenéis vuestra vida, cosa que yo respeto y nunca quiero entrometerme en ella. Máxime que sois cuatro varones, y vuestras esposas también tienen que atender a los suyos. Así que quiero aprovechar los años que me quedan, para vivir sin daros problemas y sentirme acompañada.

Se lo creyeron de cabo a rabo, verles las caras hizo que tuviera que contener la risa.

Desde ese día las visitas de mis nietas son más frecuentes, las llamadas de mis nueras más constantes, en fin, que todo este cuento que les conté les ha debido de hacer pensar que, si rehago mi vida, puede que todo lo que tengo, que tú sabes que es bastante, pueda pasar a ser compartido.

Pero como las mentiras tienen las patas muy cortas, a ver cómo me las arreglo para quitarles a mis nietas la idea de ir con sus novios a conocer a mi “pretendiente imaginario”.

Espero, amiga mía, que me des alguna solución para salir de este entuerto.

Gracias por tu ayuda y comprensión.

Un abrazo.

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La historia de Marco Antonio y Cleopatra. Relato de Soledad del Yerro

La historia de Marco Antonio y Cleopatra. Relato de Soledad del Yerro

Caía la tarde sobre la ciudad de Roma, finalizando el mes de agosto del año 31 a. de C. En las dependencias de esclavos del Palacio de Octavio Augusto en Roma terminaba mis ocupaciones diarias.

Había quedado con Isas, una joven esclava, en el pequeño patio que daba a nuestros dormitorios para charlar un rato antes de dormir. Al encontrarnos, no pude evitar las lágrimas recordando que ya llevábamos un año viviendo allí. Justamente ese día era el primer aniversario de la muerte de nuestra querida reina Cleopatra.

—Isas, tú todavía eres muy joven,  pero seguro que recordarás cuán distinta era nuestra vida en aquel palacio maravilloso de Alejandría. Yo siempre gocé de la confianza de la reina. Fueron muchos años los que viví junto a ella, y para que sepas la verdad sobre su vida, te contaré talmente cómo fue:

Cleopatra desde muy niña tuvo que huir con su padre a Roma para escapar de su hermanastra, que había matado a su marido y a su madre para arrebatarle el trono al padre de ambas. Esto le marcó para toda la vida.

Nunca olvidaré cuando por primera vez la vi. Era una joven bella, con cabellos dorados, sus ojos color azul profundo y un cuerpo precioso, que vestía con elegantes trajes y hermosas joyas. Terminaba siempre su atuendo con un delicioso perfume.

Además de guapa, era inteligente. En la biblioteca de palacio pasaba muchas horas embebida en la lectura. Hablaba ocho idiomas.  También llevaba la ambición metida en la sangre, y por eso lo que más deseaba en el mundo era ser reina de Egipto y ¡vaya si lo consiguió!, usando tanto su inteligencia como sus armas de mujer. 

El primero que cayó en sus redes fue Julio César, que era el hombre más poderoso en aquel momento. Tras la muerte de su padre, Cleopatra, con unos cuantos esclavos de su confianza, entre los que me encontraba, huyó a Siria y desde allí, de incógnito, viajó para encontrarse con Julio Cesar.  Hizo que la enrolláramos en una alfombra para no ser reconocida en Egipto, y de esta manera se introdujo en los aposentos de aquel poderoso hombre. Cuatro días, con sus noches, le bastaron para que cayera rendido a sus encantos sensuales y a su conversación inteligente e instruida. 

César lo arriesgó todo para embarcarse en una guerra civil en Egipto, subiendo a Cleopatra al trono como una reina independiente. Eso sí, no pudo compartir con ella el esplendor de su reino, ya que su acción fue desaprobada en Roma y allí acabó con su vida el propio senado que juró protegerle.

—Isas, veo que esta noche no te rinde el sueño, pero vamos a dejar el relato para mañana. Nosotras estamos aquí para cuidar a los hijos de Cleopatra y al amanecer, tendremos que estar en pie.

Por las miradas de complicidad que me lanzó mi joven compañera, comprendí que el día se le hacía muy largo. Estaba deseando que llegara la noche para que le contara los amores de Marco Antonio y Cleopatra. Isas era muy romántica y, desde niña, se sintió atraída por aquel apuesto militar romano, con el que su reina hacía una magnífica pareja, y a los que todos vimos muchas veces pasear por los preciosos jardines del palacio de Alejandría, a orillas del río Nilo enamorados y felices.

Nada más terminar mis quehaceres me dirigí a nuestro pequeño patio donde ya me esperaba con cara de curiosidad, para que continuara mi historia.

 —Como ya sabes, Isas, Marco Antonio era sobrino de Julio César y vencedor en la batalla de Filipo contra Octavio Augusto, victoria que marcó el punto más alto de la carrera de Marco Antonio como general y miembro del triunvirato.

Pero el más famoso general de la época, no estaba conforme con la manera en que Cleopatra había utilizado a su tío, para hacerse con el trono de Egipto. Con la idea de reprochárselo, quiso que viniera a verle y se humillara ante él, pidiéndole disculpas por su mal hacer. La reina egipcia accedió a ir, pero con la idea de repetir su maniobra de seducción con Marco Antonio, al que consideraba sucesor de Julio César. 

Cleopatra remontó el río Cydnos en un barco con la popa de oro, las velas púrpura y los remos de plata. El movimiento del barco iba acompañado por el sonido de flautas y caramillos. Ella se hizo pintar y engalanar como una diosa, viajaba tendida bajo una tienda del bello metal, mientras cuatro esclavos le abanicaban.

A su llegada, la revelación de un mundo divino fue lo que ofreció a Marco Antonio. Juntos formarían una pareja real, capaz de resucitar la edad de oro y hacer renacer un Egipto digno de su grandeza y esplendor pasado.

Su presencia y sus palabras logran lo que Cleopatra pretendía. Marco Antonio ni pudo, ni quiso resistirse al influjo de aquella reina, que estaba dispuesta a todo para conservar el poder y la corona.

Unos cuantos días bastaron para que las negociaciones llegaran a su fin. Marco Antonio, locamente enamorado y abandonando todos sus deberes, tanto militares como familiares —pues en Roma estaba casado con Fluvia—, acompañó a Cleopatra en su regreso a Egipto para instalarse en el palacio de Alejandría.

—Según fuiste creciendo, Isas, recordarás qué años de lujo y esplendor se vivieron en aquella época dentro de nuestro añorado palacio. Las fiestas se sucedían continuamente. Por el puerto del Nilo llegaban barcos de las principales naciones del mundo. Aquello traía inmensas riquezas al país. Yo no sé si era porque tenía un puesto privilegiado al lado de la reina,  pero de lo que sí estoy segura es que el amor de aquella pareja nos hizo felices a todos. Estarás pensando cómo un amor tan grande pudo acabar en tragedia. A ver si consigo que lo entiendas:

Cleopatra hechizó a Marco Antonio de tal manera, que parecía estar viviendo bajo el influjo de una droga.  Solo pensaba en ella y en estar a su lado, abandonando así el resto de su vida y ganándose la enemistad y el odio de muchas de las personas a las que hizo daño. 

Cleopatra también se enamoró de él. Estaba orgullosa de aquel hombre fuerte y valiente, que le ofrecía todo su poder para mantenerla al frente de un reinado, cada vez más próspero.

 Al terminar mi relato me sorprendió la agudeza de la afirmación de mi joven amiga Isas:

—Charmión —me dijo—, no dudo de que Cleopatra estuviera muy enamorada de Marco Antonio, pero a mi corto entender,  lo que amó Cleopatra sobre todas las cosas fue el trono de Egipto.

Cuando volví al patio al día siguiente para encontrarme con ella, me lo encontré adornado con unas plantas olorosas que me traían el recuerdo de los años vividos en Alejandría. Isas se había encargado de decorarlo y así avivar de nuevo mis recuerdos.

Después de muchas vicisitudes, se celebraron las bodas de nuestros protagonistas. De aquella unión nacieron los gemelos Elios y Alejandro y la pequeña Cleopatra Selene.

El final de este amor, que terminó en tragedia, vino de la mano de una terrible derrota naval en la que cayó derrotada la flota de Marco Antonio, quien, abandonado por las tropas egipcias, consiguió huir y refugiarse en Alejandría junto a Cleopatra.

Recuerdo el miedo que pasamos, cuando las tropas de Octavio tomaron nuestra ciudad. Lo peor llegó cuando le hicieron creer a Marco Antonio que Cleopatra había muerto y, como el romano le había prometido a su amada que, a la muerte de uno, seguiría la muerte del otro, con su misma espada se quitó la vida.

Cuando Cleopatra se enteró de la muerte de su esposo,  decidió morir también, no sin antes pedir que la sepultaran junto a Marco Antonio.  Se vistió con sus mejores galas, nos mandó a tu madre y a mí llevarla un áspid dentro de una cesta y, siguiendo el rito tradicional egipcio, se dejó morder por ella.

No pude evitar finalizar mi relato con lágrimas en los ojos y abrazarme a Isas, que también lloraba por aquellos tiempos felices, repletos de lujo, pasión y ambiciones desmedidas por el poder.

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