Los Mayores Cuentan

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Perros. Relato de María Luisa Illobre

Perros. Relato de María Luisa Illobre

En un asilo de perros, gatos y en general cualquier animal que estaba desasistido o perdido en aquella ciudad, vivía un clan de mafiosos que, aparte de su dedicación a la droga, tenían un gran cariño a cualquier animalillo.

El jefe de la banda salía constantemente del lugar armado de pistolas y rifles a enfrentarse a cualquier organización que, por supuesto, se dedicara a lo mismo que ellos. A su vuelta siempre lo hacía con varios perros más. En esta ocasión le acompañaban dos fieros pitbulls que había encontrado en la guarida de la mala persona que venía de liquidar por una cuestión de varios fardos de droga.

El resto de los mafiosos le indicarían que aquellos perros no podían vivir entre el resto de animales, ya que atacarían a los treinta que ya cuidaban, y que hasta el momento eran dóciles.

La persona que había muerto, antes de expirar, le hizo prometer que cuidaría de sus perros. Había sido un ser indeseable. Toda su vida se había dedicado a luchar con otras bandas, pero no quería abandonar a los perros que le lanzaban unos gruñidos impresionantes.

El mafioso buscó una cuerda lo más fuerte posible y tomó el camino de vuelta. Los animales le proporcionaban unas terribles embestidas, haciendo sangrar sus piernas. Pero él no tenía corazón de abandonarlos. Sabía cómo pacificarlos, ya que disponía de muchos más. En un recodo del camino le sorprendieron unos disparos que le pasaron rozando. Unos bandidos le dejaron malherido, le abandonaron después de robarle todo lo que llevaba.

Amaneció un nuevo día. El mafioso no podía incorporarse, ya que sus heridas eran tremendas. La lluvia caía sobre sus llagas y observó que los perros habían desaparecido. Intentó hacer un sonido profundo para llamarles, pero no podía.

Al cabo de unas horas empezó a oír pisadas. Eran los dos perros que, después de haber atacado a los bandidos, habían dado cuenta de ellos. Se acercaron a él y comenzaron a lamerle para que dejara de sangrar sin separarse de su lado.

Pero pasó el tiempo. El jefe mejoró de sus heridas, siempre acompañado de los dos fieros perros. Domesticó a los dos perrazos que, con el cariño de aquellas personas, se olvidaron de su fiereza.

El resto de la banda al cabo de un año se disolvió. Pensaron que, como personas caritativas con los animales, no podía seguir llevando aquella mala vida. Ahora, al lado de lo que fue su casa, existe un centro de acogida de animales donde acuden las personas para hacerse con un perro.

Extrañas Navidades. Relato de Soledad del Yerro

Extrañas Navidades. Relato de Soledad del Yerro

Pero, ¡qué extraño!, ¿es sueño o realidad?, ¿quiénes son todas estas personas desconocidas? Todos están callados y tristes. Hay una señora que no hace más que protestar, porque lleva mucho rato esperando que la atiendan, y tiene miedo a contagiarse porque la mayoría de las personas allí reunidas no dejan de toser.   Observo que en un rincón de la sala hay instalado un belén, y entonces recordé que estábamos en Navidad, y que yo llevaba varios días con gripe.

Me levanté un poco vacilante para ver el nacimiento y no sé si fueron figuraciones mías, pero vi cómo San José cogía en sus brazos al niño, para protegerle de un joven que con un bastón intentaba golpear las figuras del nacimiento, gritando:

—¡Estoy harto de tanta pantomima! ¿No has venido al mundo a traer paz y alegría?, ¿cómo no haces que esta dolorosa pesadilla se pase y podamos estar en casa y no en esta horrible sala llena de malos presagios e infinitas tristezas?

Dos personas vestidas de verde, y con mascarillas cubriéndose la cara, sujetaron al joven y lo sacaron de aquella sala.

Yo no podía entender que hacía sola allí sin nadie de mi familia acompañándome. Al cabo de unos minutos entró un matrimonio mayor, la señora se apoyaba en un bastón y en el brazo de su marido, detrás de ellos entró una joven con el uniforme del centro, que le ordenó al marido que abandonara la sala, que allí solo podían estar los enfermos.

Muy indignado, le dijo que su esposa necesitaba ayuda para moverse, que si iba a estar ella allí pendiente de que no se cayera.

—Lo siento, las órdenes son de que aquí no haya ningún familiar.

A regañadientes el señor abandonó la sala y entonces comprendí el porqué de mi soledad. Era cierto, no lo estaba soñando es que estaba enferma y me encontraba en la sala de urgencias de algún hospital.

Quise rezar para tranquilizarme y no lo conseguí. Me llamaron para que pasara a la sala contigua para sacarme sangre. A continuación, me indicaron que cogiera un ascensor al fondo del pasillo, que en la planta baja me harían una radiografía de tórax. Respiré aliviada cuando vi qué pegadas al ascensor estaban dos de mis hijas, más nerviosas que yo, pues llevaban tres horas sin saber qué había pasado conmigo.  Nunca te imaginas cuando estás bien que haya tantas personas intranquilas y enfermas, ni tanto personal trabajando y luchando por la salud de los demás.

Un joven me mandó pasar para hacerme la radiografía y con las prisas no se entretuvo en leer el informe que le entregué, en el cual decía que llevo un marcapasos. No sé qué frecuencia me puso, se ve que no fue la adecuada, porque más pálido que la cera tuvo que parar, ya que notó que, en lugar de radiarme, estuvo a punto de electrocutarme.

El resultado final fue que, a las dos de la madrugada, me dieron habitación porque consideraron que debía de quedarme ingresada. Estaba tan agotada que dormí soñando y hablando frases sueltas e incoherentes.

Desperté llena de cables, aerosoles, oxígeno y tanto había sudado, que estaba empapada, como si en lugar de en una cama, hubiera pasado la noche dentro de una piscina.

Otra cosa curiosa que me ocurrió fue que el día de Reyes me trajeron con el café un trozo de roscón para desayunar, y mira por dónde me tocó la sorpresa, que era una imagen pequeña de San José con el niño en brazos.

El niño me sonrió, yo le besé el piececito y no sé por qué razón, sentí que mi enfermedad cedía. ¿Era cierto?, ¿era ilusión? Todo se llenó de música, la tristeza se acabó, pues llegaban unos tunos acompañando a los Reyes, a traer magia en su día a los niños y mayores que en el hospital sufrían.

Pronto me dieron el alta, y jamás olvidaré la sonrisa del niñito que había nacido en Belén.

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Finalísimo. Felicitación de Mª Luisa Illobre

Finalísimo. Felicitación de Mª Luisa Illobre

Esto ya sí que es el final del 2024. Está caduco, aunque le falta un día para decir el adiós definitivo. Desde lo que sentimos gran parte de los que quedamos, ha sido un año malvado con sus impresionantes riadas, personas fallecidas y niños desaparecidos en las mismas, desastres en pequeños y grandes negocios. Un horror que esperamos nunca vuelva a repetirse. Pero siguen contando años y quién sabe lo que la vida nos deparará.

En fin, llega el 2025, nuevecito, con ganas de portarse bien, que es lo que esperamos los que vamos a estrenarle. Sus intenciones son las mejores. Esperamos que se acaben las guerras, TODAS. Deseamos tenernos más afecto, los unos para los otros, aunque comprensión y cariño es mucho pedir, pero seguramente, con buena intención y ganas, el año nuevo con buen criterio pensará que sus 365 días van a venir para organizar este mundo un poco loco que tenemos.

Esperamos que a nuestros jóvenes les vaya bien en este año novato. A los talludos, entre los que me encuentro, solo nos queda pedirle, ante todo, salud, porque dinero, ¿para qué? Normalmente, con felicidad y comprensión es suficiente.

Espero que todo el grupo tenga una feliz salida y entrada de año.

Un abrazo.

Mª Luisa

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Ocho años. Relato de Soledad del Yerro

Ocho años. Relato de Soledad del Yerro

Eran aproximadamente las diez de la mañana del lunes, día ocho de septiembre del año dos mil quince. En el despacho de abogados de la calle Serrano, en Madrid, el teléfono no paraba de sonar; a esa hora el trabajo estaba en todo su apogeo.

En mi área entró una llamada, descolgué y escuché la voz de mi amigo Juan Ayala. Nos saludamos cordialmente, le noté nervioso y pregunté:

—¿Algún problema, Juan?

—Necesito que me recibas rápidamente. Mi hijo está metido en un lío, quiero que tú lleves el caso.

Le cité en mi despacho a las cinco de la tarde, y con rapidez me expuso los hechos:

El sábado por la noche su hijo Javier había salido de copas con unos compañeros, y al volver por la carretera de La Coruña hacia su residencia de Pozuelo, les había parado la Guardia Civil, haciéndoles el test de alcoholemia. Solo uno de ellos iba sobrio, y los otros dos amigos y Javier, que era el conductor, pasaban de sobra los límites.  Le pusieron la correspondiente multa, quitándole varios puntos del carnet y prohibiéndole que siguiera conduciendo. Continuaron el camino gracias a Enrique, el único del grupo en disposición de conducir.

Al llegar a las Rozas, todos se bajaron, invitando a Javier a que se quedara a pasar la noche en cualquiera de sus casas.  Él no consintió, y se subió al coche haciendo oídos sordos a las recomendaciones de sus amigos.

Las consecuencias de tan equivocada decisión, no se hicieron esperar; a los pocos kilómetros perdió el control del vehículo e invadió el carril contrario, obligando al conductor del coche, que circulaba por el carril correspondiente, a hacer un movimiento de zigzag.   El vehículo acabó dando dos vueltas de campana, chocando contra la mediana, provocando un incendio del que el conductor, no consiguió escapar.

Javier, entre borracho y asustado, continuó hasta su casa sin prestar ayuda al ocupante del coche.

—Lo siento, Juan, la reacción de tu hijo ha sido de las peores que se pueden tener en estos casos. Mi consejo es que, ya que la Guardia Civil estará detrás de su pista,  acudamos con Javier al Juzgado de Guardia a presentar un escrito confesando el delito, así podrá beneficiarse del atenuante de confesión (art. 21,4 del Código Penal) y reducir la condena. Pero la confesión debe presentarse antes de que el procedimiento se dirija contra el acusado, además debe ser completa y sincera. Si nos guardamos algún dato y lo descubren, adiós a las atenuantes.

—Lo que tú digas, Carlos. Sabes que en estos menesteres en nadie confío tanto como en ti.

Lo cierto es que cuando conocí a Javier comprobé que no se parecía nada a su padre moralmente. Era un chaval guapo, creído, egoísta y poco empático. Por su causa había muerto un hombre, no sé si su orgullo o su mala educación, le impedían reconocerlo.

Nos costó Dios y ayuda que siguiera mis consejos, pero finalmente accedió. Entregó la declaración, quedando a disposición del juzgado durante varios meses, en prisión preventiva en espera del juicio.

El fiscal y la acusación del fallecido pidieron para él doce años de cárcel con una indemnización para la familia de cincuenta mil euros, por homicidio imprudente con el agravante de no haber prestado ayuda a la víctima, un varón de treinta años, que dejaba viuda y dos niños de corta edad.

Defendí al acusado pidiéndole al juez que considerara como atenuantes su declaración y entrega voluntaria, pidiendo que la condena fuera de cinco años, dado que la familia recibiría íntegramente el dinero de la indemnización.

El juez condenó a Javier a ocho años de prisión, y la mirada de odio que me lanzó cuando se lo llevaban al calabozo me provocó un escalofrío de miedo.

Por Juan supe que Javier, no había tenido ni un solo día de rebaja de condena, por su mal comportamiento.

La vida siguió su curso hasta la mañana del veinte de diciembre del año dos mil quince.  Abrí el ordenador, revisé el correo y estuve leyendo varios mensajes de mis clientes, hasta que le llegó el turno a uno que en el Asunto decía: «OCHO AÑOS” y me invitaba a abrir mis perfiles en Facebook, Twitter,  LinkedIn, para que viera la felicitación de Navidad que me había mandado.

Enseguida comprendí que Javier estaba en libertad. Me había creado un perfil falso,  donde yo escribía confesiones de acontecimientos fraudulentos, demandas confidenciales de clientes e infinidad de contactos sexuales acompañados de fotografías manipuladas, tanto mías como de mi familia. Un verdadero desastre para mi vida particular y profesional.

Pedí informes al psicólogo y siquiatra de la prisión haciendo uso de mi potestad como abogado defensor de Javier, y pude enterarme de que padecía un trastorno de personalidad paranoide que le hacía creerse víctima de todos. Era desconfiado, egocéntrico,  no teniendo capacidad de autocrítica. Todos estos factores le hacían albergar rencores de notable agresividad

Las Navidades nos las amargó, por supuesto. Las redes sociales hacen que mucha gente se entere de tu intimidad. He obtenido ayudas y desconfianza por partes iguales.  Gracias a mi trayectoria, tanto mi familia como mis compañeros de profesión confían en mí y saben que estoy siendo víctima de un acosador con problemas psiquiátricos.

La única esperanza que me queda es que los informes médicos sirvan para que recluyan a Javier en un centro donde puedan tratarle.

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¿Leyenda o realidad? Texto de Carmen Cendón

¿Leyenda o realidad? Texto de Carmen Cendón

Le damos las gracias a Carmen Cendón por traernos esta leyenda tan bonita que nos hubiera gustado que fuera realidad.

Un granjero escocés pobre de apellido Fleming estaba un día trabajando cuando oyó un fuerte lamento que pedía ayuda. Tiró las herramientas y fue a un pantano cercano, encontrando a un chico que estaba atrapado hasta la cintura en un húmedo y negro lodazal, aterrado intentando liberarse. Le liberó de una muerte horrible.

El siguiente día llegó a la granja un distinguido carruaje del que bajó un noble vestido con elegancia, que se presentó como el padre del chico al que había salvado el granjero.

—Quiero recompensarle por salvar la vida de mi hijo.

—No, no puedo aceptar ningún pago por lo que hice.

En ese momento salió a la puerta de la cabaña el hijo del granjero.

—¿Es su hijo?

—Sí —dijo el granjero orgulloso.

—Le propongo un trato: su hijo asistirá a los mismos estudios que mi hijo, y si es como su padre, será un hombre del que nos sentiremos orgullos los dos.

El hijo del granjero asistió a los mejores colegios y se graduó en la Escuela Médica de St. Mary’s Hospital de Londres.

El nombre del noble era Lord Randolph Churchill, y su hijo Sir Winston Churchill. El hijo del granjero, Dr. Alexander Fleming, descubridor de la penicilina.

Pascuas de Navidad. Relato de Basilides Manso

Pascuas de Navidad. Relato de Basilides Manso

Hace muchos años, cuando mi edad tenía solo un dígito, esperaba la Navidad para tener vacaciones y, con mis amigos, corretear por Bravo Murillo. Una calle llena de casetas entre las calles de Las Carolinas y Doctor Santero; no solo había casetas, había alegría, cosa que creo perdida, o será la edad. La alegría la ponían las tiendas con sus tocadiscos tocando y cantando villancicos y ¡quizás! nuestros infantiles corazones.

Las casetas, ¡qué añoranza!, eran el espectáculo. Hasta los regalos de Reyes nos tenían en una nube: las que daban premios por acertar en el blanco con una escopeta de aire comprimido (fallaban más que una escopeta de feria), otras vendían churros, golosinas, turrón en porciones, bisuterías de serrín… todo lo imaginable en aquellos tiempos de penuria.

Había una que nos llamaba la atención: se ponía en la esquina de la calle de Juan Pantoja, ¡qué maravilla! Era un anillo grande de 3 metros de diámetro el que se movían unos seis aviones pequeños; llevaban como si fuera una bomba, un pesado dardo que se soltaba cuando el jugador oprimía un botón y la bomba caía clavándose en el mostrador, que tenía otras tantas dianas, ganando el jugador que clavaba su bomba lo más cerca del centro. Nos parecía el cine, nos considerábamos pilotos en una guerra imaginaria matando a nuestros enemigos.

El día 22, después de seguir siendo pobre, llegaba al pueblo donde nací. ¡Qué alegría ver de nuevo a mis padres, hermanos y demás familia! De empezar una nueva vida en el Madrid asfaltado pasaba a calles llenas de barro con pocas aceras, barro, barro y más barro, que duraba de una lluvia a la siguiente, menos cuando helaba, entonces se endurecía, pero empezaban a colgar los carámbanos de las bocatejas, que a veces había que quitar por el peligro que tenía el que cayeran a alguien que pasaba por debajo.

Por fin llegaba la Nochebuena. Qué alegría, toda la familia reunida; mi abuela hacía un plato con castañas pilongas e higos, que siempre recordaré. Llegadas las 12, a misa del gallo, la única a la que acudían los pastores, y llegaba la adoración al Niño. Los pastores eran ese día los primeros en ir a adorar a Jesús. El primero de ellos era un pastor que tenía un carnero amaestrado. El pastor besaba al Niño y el carnero se arrodillaba e inclinaba la cabeza.

Navidad, Navidad, dulce Navidad…

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