
Pero, ¡qué extraño!, ¿es sueño o realidad?, ¿quiénes son todas estas personas desconocidas? Todos están callados y tristes. Hay una señora que no hace más que protestar, porque lleva mucho rato esperando que la atiendan, y tiene miedo a contagiarse porque la mayoría de las personas allí reunidas no dejan de toser. Observo que en un rincón de la sala hay instalado un belén, y entonces recordé que estábamos en Navidad, y que yo llevaba varios días con gripe.
Me levanté un poco vacilante para ver el nacimiento y no sé si fueron figuraciones mías, pero vi cómo San José cogía en sus brazos al niño, para protegerle de un joven que con un bastón intentaba golpear las figuras del nacimiento, gritando:
—¡Estoy harto de tanta pantomima! ¿No has venido al mundo a traer paz y alegría?, ¿cómo no haces que esta dolorosa pesadilla se pase y podamos estar en casa y no en esta horrible sala llena de malos presagios e infinitas tristezas?
Dos personas vestidas de verde, y con mascarillas cubriéndose la cara, sujetaron al joven y lo sacaron de aquella sala.
Yo no podía entender que hacía sola allí sin nadie de mi familia acompañándome. Al cabo de unos minutos entró un matrimonio mayor, la señora se apoyaba en un bastón y en el brazo de su marido, detrás de ellos entró una joven con el uniforme del centro, que le ordenó al marido que abandonara la sala, que allí solo podían estar los enfermos.
Muy indignado, le dijo que su esposa necesitaba ayuda para moverse, que si iba a estar ella allí pendiente de que no se cayera.
—Lo siento, las órdenes son de que aquí no haya ningún familiar.
A regañadientes el señor abandonó la sala y entonces comprendí el porqué de mi soledad. Era cierto, no lo estaba soñando es que estaba enferma y me encontraba en la sala de urgencias de algún hospital.
Quise rezar para tranquilizarme y no lo conseguí. Me llamaron para que pasara a la sala contigua para sacarme sangre. A continuación, me indicaron que cogiera un ascensor al fondo del pasillo, que en la planta baja me harían una radiografía de tórax. Respiré aliviada cuando vi qué pegadas al ascensor estaban dos de mis hijas, más nerviosas que yo, pues llevaban tres horas sin saber qué había pasado conmigo. Nunca te imaginas cuando estás bien que haya tantas personas intranquilas y enfermas, ni tanto personal trabajando y luchando por la salud de los demás.
Un joven me mandó pasar para hacerme la radiografía y con las prisas no se entretuvo en leer el informe que le entregué, en el cual decía que llevo un marcapasos. No sé qué frecuencia me puso, se ve que no fue la adecuada, porque más pálido que la cera tuvo que parar, ya que notó que, en lugar de radiarme, estuvo a punto de electrocutarme.
El resultado final fue que, a las dos de la madrugada, me dieron habitación porque consideraron que debía de quedarme ingresada. Estaba tan agotada que dormí soñando y hablando frases sueltas e incoherentes.
Desperté llena de cables, aerosoles, oxígeno y tanto había sudado, que estaba empapada, como si en lugar de en una cama, hubiera pasado la noche dentro de una piscina.
Otra cosa curiosa que me ocurrió fue que el día de Reyes me trajeron con el café un trozo de roscón para desayunar, y mira por dónde me tocó la sorpresa, que era una imagen pequeña de San José con el niño en brazos.
El niño me sonrió, yo le besé el piececito y no sé por qué razón, sentí que mi enfermedad cedía. ¿Era cierto?, ¿era ilusión? Todo se llenó de música, la tristeza se acabó, pues llegaban unos tunos acompañando a los Reyes, a traer magia en su día a los niños y mayores que en el hospital sufrían.
Pronto me dieron el alta, y jamás olvidaré la sonrisa del niñito que había nacido en Belén.
Genial !!
Cómo siempre son sus relatos
Que imaginación! Que creatividad! Enhorabuena!
Se te da fenomenal.