
Hace muchos años, cuando mi edad tenía solo un dígito, esperaba la Navidad para tener vacaciones y, con mis amigos, corretear por Bravo Murillo. Una calle llena de casetas entre las calles de Las Carolinas y Doctor Santero; no solo había casetas, había alegría, cosa que creo perdida, o será la edad. La alegría la ponían las tiendas con sus tocadiscos tocando y cantando villancicos y ¡quizás! nuestros infantiles corazones.
Las casetas, ¡qué añoranza!, eran el espectáculo. Hasta los regalos de Reyes nos tenían en una nube: las que daban premios por acertar en el blanco con una escopeta de aire comprimido (fallaban más que una escopeta de feria), otras vendían churros, golosinas, turrón en porciones, bisuterías de serrín… todo lo imaginable en aquellos tiempos de penuria.
Había una que nos llamaba la atención: se ponía en la esquina de la calle de Juan Pantoja, ¡qué maravilla! Era un anillo grande de 3 metros de diámetro el que se movían unos seis aviones pequeños; llevaban como si fuera una bomba, un pesado dardo que se soltaba cuando el jugador oprimía un botón y la bomba caía clavándose en el mostrador, que tenía otras tantas dianas, ganando el jugador que clavaba su bomba lo más cerca del centro. Nos parecía el cine, nos considerábamos pilotos en una guerra imaginaria matando a nuestros enemigos.
El día 22, después de seguir siendo pobre, llegaba al pueblo donde nací. ¡Qué alegría ver de nuevo a mis padres, hermanos y demás familia! De empezar una nueva vida en el Madrid asfaltado pasaba a calles llenas de barro con pocas aceras, barro, barro y más barro, que duraba de una lluvia a la siguiente, menos cuando helaba, entonces se endurecía, pero empezaban a colgar los carámbanos de las bocatejas, que a veces había que quitar por el peligro que tenía el que cayeran a alguien que pasaba por debajo.
Por fin llegaba la Nochebuena. Qué alegría, toda la familia reunida; mi abuela hacía un plato con castañas pilongas e higos, que siempre recordaré. Llegadas las 12, a misa del gallo, la única a la que acudían los pastores, y llegaba la adoración al Niño. Los pastores eran ese día los primeros en ir a adorar a Jesús. El primero de ellos era un pastor que tenía un carnero amaestrado. El pastor besaba al Niño y el carnero se arrodillaba e inclinaba la cabeza.
Navidad, Navidad, dulce Navidad…
Interesante y real como todo lo que escribes. Enhorabuena!!! Gracias a tu relato todos nos sentiremos niños y desearemos tener
MUCHAS NAVIDADES FELICES
Qué recuerdos tan bonitos y entrañables, ¡y tan vívidos después de tantos años! Me ha encantado el relato, muchas gracias por compartirlo.