
En un asilo de perros, gatos y en general cualquier animal que estaba desasistido o perdido en aquella ciudad, vivía un clan de mafiosos que, aparte de su dedicación a la droga, tenían un gran cariño a cualquier animalillo.
El jefe de la banda salía constantemente del lugar armado de pistolas y rifles a enfrentarse a cualquier organización que, por supuesto, se dedicara a lo mismo que ellos. A su vuelta siempre lo hacía con varios perros más. En esta ocasión le acompañaban dos fieros pitbulls que había encontrado en la guarida de la mala persona que venía de liquidar por una cuestión de varios fardos de droga.
El resto de los mafiosos le indicarían que aquellos perros no podían vivir entre el resto de animales, ya que atacarían a los treinta que ya cuidaban, y que hasta el momento eran dóciles.
La persona que había muerto, antes de expirar, le hizo prometer que cuidaría de sus perros. Había sido un ser indeseable. Toda su vida se había dedicado a luchar con otras bandas, pero no quería abandonar a los perros que le lanzaban unos gruñidos impresionantes.
El mafioso buscó una cuerda lo más fuerte posible y tomó el camino de vuelta. Los animales le proporcionaban unas terribles embestidas, haciendo sangrar sus piernas. Pero él no tenía corazón de abandonarlos. Sabía cómo pacificarlos, ya que disponía de muchos más. En un recodo del camino le sorprendieron unos disparos que le pasaron rozando. Unos bandidos le dejaron malherido, le abandonaron después de robarle todo lo que llevaba.
Amaneció un nuevo día. El mafioso no podía incorporarse, ya que sus heridas eran tremendas. La lluvia caía sobre sus llagas y observó que los perros habían desaparecido. Intentó hacer un sonido profundo para llamarles, pero no podía.
Al cabo de unas horas empezó a oír pisadas. Eran los dos perros que, después de haber atacado a los bandidos, habían dado cuenta de ellos. Se acercaron a él y comenzaron a lamerle para que dejara de sangrar sin separarse de su lado.
Pero pasó el tiempo. El jefe mejoró de sus heridas, siempre acompañado de los dos fieros perros. Domesticó a los dos perrazos que, con el cariño de aquellas personas, se olvidaron de su fiereza.
El resto de la banda al cabo de un año se disolvió. Pensaron que, como personas caritativas con los animales, no podía seguir llevando aquella mala vida. Ahora, al lado de lo que fue su casa, existe un centro de acogida de animales donde acuden las personas para hacerse con un perro.
¡Qué relato más original! Me encanta el final, sorpresivo y feliz.