Los Mayores Cuentan

Blog participativo hecho por mayores para mayores

Miradas. Relato de Marisol García Alonso

Miradas. Relato de Marisol García Alonso

La mirada penetrante de aquel señor sentado en el autobús me violentaba. Cuando esperaba que dijera ¿la conozco?, no dijo nada.  Incómoda por la situación, le reté llamando más su atención: me bajaba en mi parada y le dije adiós sin haber un hola primero. Se bajó tras de mí, y el miedo de ver que me seguía se coló en mis pisadas.  Por fin me vi segura entrando en el lugar donde me esperaban. Los amigos me notaron extraña, porque miraba continuamente alrededor en aquel local, que al no ser grande, se dominaba bien con la vista. Creí estar a salvo con ellos, pero sentía ganas de volver a verle y encontrarme con su mirada.

Al día siguiente a la misma hora, subí al autobús. Allí estaba entre la gente y esperé pacientemente que llegara a nuestra parada. Cuando bajamos, caminamos juntos. Pocas palabras cruzamos porque en seguida llegamos al portal donde vivíamos. Mi sorpresa fue descubrirnos en un autobús y no en el ascensor, siendo vecinos. Lo sorprendente es que nos hemos casado y tenemos cuatro chiquillos. Pero lo mejor de nuestra historia es que nos entendemos solo con mirarnos.

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Final sorprendente. Relato de Francisco Pérez

Final sorprendente. Relato de Francisco Pérez

Se levantó con buen ánimo, dispuesta a cumplir con su empleo en el que se encontraba a gusto. Desayunó pronto y salió hacia la parada del autobús que utilizaba habitualmente. La pantalla de la parada estaba apagada, por lo que se dispuso a esperar. En esas llegó un hombre que miró la pantalla y se dirigió hacia ella.

—¿Sabe cuánto tardará en llegar el 27? Voy justo de tiempo y no quisiera tomar un taxi, que la carrera está por las nubes.

—No le puedo decir —dijo ella—, no llevo en mi móvil archivos que marcan la hora del transporte, pero creo que no tardará en llegar, yo vengo con mucha frecuencia y en general espero poco rato.

Pasó un cuarto de hora y el autobús no aparecía. El hombre empezó a moverse de un lado a otro.

—Señor, esté tranquilo, que ya queda poco tiempo de espera —dijo ella.

Él se volvió hacia ella con la mirada fija en su cabeza, diciendo:

—¿Cómo me puede usted contestar así? ¿No sabe que cuando llego tarde al trabajo me cae una bronca? Deje de decir simplezas que no está el horno para bollos.

—Señor, no se ponga usted así, que no es para tanto.

—Me pongo como quiero, y además voy a alejarme de usted que me está oliendo mal su cercanía. Usted, ¿por qué no se lava por las mañanas? Estoy que flipo, hay que ver, entre el gobierno que tenemos y la gente maloliente, vaya país. El jabón está barato y los peines también; usted, ¿por qué no se peina por las mañanas?

—Señor, hasta aquí hemos llegado. Vaya usted a freír espárragos.

Se dio media vuelta, llegó a su casa, se miró al espejo y se metió en la cama.

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El tullido. Relato de Carmen Jiménez

El tullido. Relato de Carmen Jiménez

La estampa que ofrecía la salida del metro al lado de mi casa en los años 60 era de lo más variopinta.

De frente, en el ángulo izquierdo, según se salía, estaba en su caseta pequeñita de madera de “María”, la pipera que en invierno ampliaba el negocio con una cocina de carbón en la que asaba castañas y batatas.  Era una viejita suave y trataba a toda la chiquillería con mucho cariño y dulzura.

En la parte derecha de la salida del metro estaba sentadita “Carmen” con su cajoncito lleno de paquetes de cigarrillos abiertos, pues los vendía sueltos, 1, 2, 3… vaya, los que quería la gente. También vendía lotería y lucía una chapa reluciente en el pecho con el n.º de vendedor autorizado. Esto la llevó a la ruina, ya que como vendía papeletas, además de los décimos, pues una vez, avatares de la suerte, tocó un premio gordo en la Lotería del Niño, y resulta que Carmen había vendido muchas más papeletas de las que podía vender; resultado, al no poder hacer frente a la gran deuda contraída, fue a parar a la cárcel, lástima, porque era muy simpática.

En la parte de atrás de la boca del metro, estaba Perico, el vendedor de periódicos; entonces no había quiosco de prensa, su hija fue la que tuvo el primer quiosco. La prensa reposaba en sendos cajones de madera.  A mí cuando más me gustaba oírle, era cuando anunciaba la prensa de la tarde:  “MADRID, ALCÁZAR, INFORMACIONES Y PUEBLO”

Precisamente con el periódico PUEBLO que compraba mi padre los viernes, me aficioné a los autodefinidos y crucigramas. Era enorme esa página de periódico, vaya, como una sábana de cuna.

Enfrente del señor Perico y apoyado un poco en la pared estaba “el tullido”.  Era joven, aunque no sabría decir bien la edad, pero el pobrecito tenía los miembros superiores e inferiores tan retorcidos, como si estuviera todo descoyuntado, y lo mirabas y te daba reparo fijar mucho la vista en él.

Mis amigas Elena y Lola y también yo misma, por supuesto, nos habíamos aprendido la cantinela del tullido y a veces la repetíamos sin cesar: “Madre mía, en la flor de la vida y sin poderlo ganar. ¡Pobrecito!”. La repetía una y otra vez, y la gente le echaba sus céntimos en la lata que tenía puesta en el suelo. Era una melodía, cadenciosa y pegadiza.

Un día que volvíamos del colegio las tres y nos encontramos en la esquina hablando alborotadas, contemplamos una escena que no se me ha borrado de la mente con el paso de los años.  El tullido, pie derecho en el hombro izquierdo y mano derecha en la espalda, con un giro de codo que ya quisiera el mejor de los artistas circenses, repetía su melodía: “Madre mía, en la flor de la vida y sin poderlo ganar. ¡Pobrecito!”.

Como si fuera un relámpago, de la boca del metro salió una mujer joven y bien formada, con una cara bonita y que, por sus rasgos, parecía de etnia gitana. Arrastraba de la mano con fuerza a una niña de unos tres años, más o menos, negrita como el carbón y que berreaba más que lloraba y a la vez sorbía unos mocos espesos y largos, que le llegaban desde las fosas nasales hasta la boca, colgándole como si fueran velones de procesión.

La niña, en cuanto vio al tullido, comenzó a gritar con fuerza ¡papá, papá…! y en dos zancadas la mujer se paró sin soltar a la negrita, delante del retorcido, gritando desaforada: “Ya sabía yo que iba a ser verdad, lo que decía la batusí que me ha dejado esto –señalando a la niña que llevaba de la mano—, esta mañana en casa”, y con la otra mano en la que sostenía un gran bolso, comenzó a darle tales bolsazos al tullido, que el bolso se rompió y todo el contenido del mismo, incluidas unas gordas naranjas, se desparramó por la calle.

El tullido enmudeció en su lamento y con una velocidad digna de un coche de carreras, se desretorció (válgame el verbo) y echó a volar más que correr calle abajo.

La gitana lo seguía, la negrita lo llamaba, papá, papá, y el vendedor de periódicos, la cigarrera y la pipera se miraban estupefactos al ver correr así al pobre tullido y no salían de su asombro. Nosotras en la esquina dijimos a coro: Madre mía, en la flor de la vida y sin poderlo ganar. Pobrecito…

Nunca más lo vimos.

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Vacaciones en el Voramar. Relato de Soledad del Yerro

Vacaciones en el Voramar. Relato de Soledad del Yerro

Hace unos veranos decidimos unas cuantas amigas ir a pasar unos días de vacaciones a Benicasim (Castellón).  Carmen, que es la más eficiente para organizar esta clase de actividades, propuso que nos alojáramos en el hotel Voramar. Situado a pie de playa, es el más antiguo de toda la costa. Se inauguró como casa de baños y restaurante en mil novecientos treinta y tres, y durante la guerra civil sirvió como hospital de campaña.

Sus dueños lo han ido reformando, y siempre en estas fechas su ocupación es del cien por cien. Así que no se podían hacer demasiado tarde las reservas. Una tarde, merendando en su espléndida terraza, a Margarita se le ocurrió comentar que si las paredes hablaran, cuántas historias nos podrían contar.

Araceli, echándose a reír, nos dijo:

— Atentas que yo os puedo contar algo vivido por mí.

 “Hace exactamente dos veranos, un amigo alicantino llamado José, muy apuesto y con un carácter jovial y bromista, me invitó a pasar un fin de semana en el Voramar. Acepté su invitación y quedamos citados para la semana siguiente. Llegamos al hotel a la hora de comer. El menú era de primera calidad y el vino, un exquisito Ribera del Duero, nos levantó el ánimo. Nada más terminar, cogimos la llave de la habitación donde ya el botones nos había subido el equipaje.  Yo comencé a deshacer mi pequeña maleta y él pasó al cuarto de baño, de donde salió prácticamente desnudo. Enseguida capté la situación, dándome cuenta de que tenía prisa.

“Viene a cosa hecha”, pensé. “Bueno, y yo también, así que como ya no tengo edad de hacerme la mojigata, sin decir palabra, pasaré al servicio”. 

José, al quedarse solo, se desnudó por completo y buscó dónde esconderse para gastarme una broma y que no lo encontrara al salir. ¿Debajo de la cama? Es muy típico… ¿Detrás de la puerta?… Muy obvio. Así que decidió esconderse detrás de las cortinas. Eran plastificadas y oscuras y allí se metió tan convencido de que yo no lo vería. Lo que no pensó es que las cortinas se ponen delante de las ventanas. Notó algo frío en el culo, pero no se percató de lo que podía ser, hasta que empezó a escuchar voces detrás de él. Se dio la vuelta y se encontró a un grupo de gente, mirándolo y mofándose de él como si estuviera en un escaparate. La habitación estaba en la primera planta, así que imaginaos el espectáculo.

Se quitó de allí a toda prisa, metiéndose en la cama y tapándose hasta las orejas. Cuando yo lo vi de esa guisa, no me lo podía creer. 

 ¡Hay que ver lo que son los hombres! Tan desinhibido que parecía y ahora está más avergonzado que yo. Tan impactado estaba que el deseo carnal se fue de aquella habitación”.

Palacete. Relato de Mª Luisa Illobre

Palacete. Relato de Mª Luisa Illobre

 
Llevaba semiabandonado varios años. Se ocupaba de su conservación un personaje que lo llevaba haciendo desde hacía tiempo. Su actual dueño pretendía deshacerse del palacete, pero los gastos fueron aumentando y, aunque su aspecto era señorial, no lo había conseguido.
 
A un pintor extranjero le agradó sobre todo su panorama de montañas y, puesto de acuerdo con el dueño, fue adquirido. Por supuesto, sin la persona cuidadora, que fue despedida sin más, llevándose recuerdos de lo que había sido su vida allí durante años.
 
El pintor aparcó un montón de furgonetas y coches, todo ello cargado con enormes lienzos y pinturas para instalarse. Habilitó un gran salón donde expuso todas las obras que portaba, en espera de que personal de su oficio pasara a contemplarlas.
 
Entretanto, el cuidador habló con el dueño anterior: “¿Cómo no ha informado usted de los secretos del palacio?”.  Contestación: “El nuevo dueño no tiene por qué saber lo que ocurrió aquí hace años”.
 
Pasaron varios días. El pintor salía al exterior a pintar las increíbles vistas panorámicas, pero a su vuelta notó que a uno de los cuadros realizados por él en el extranjero le faltaba algo. No podía decir qué detalle, pero estaba distinto. Se trataba en el lienzo de una persona joven, con un cuerpo perfecto, pero seguro que no con los trazos que él lo pintó.  Había cambiado. Creía que la figura estaba inclinada hacia adelante.
 
Se retiró a dormir con unos raros sueños cuando sonó el teléfono. Era su amigo Ronald. “No me esperes mañana, que iba a recoger el cuadro del joven perfecto como quedamos”. “Me han llamado para decirme que ha muerto en la estación Victoria”. El pintor se quedó anonadado. No podía creerlo.
 
Dio un salto en la cama y voló al salón. Allí estaba el cuadro del joven, pero inclinado hacia delante. Lo habría soñado. Antes de retirarse, se le ocurrió pasar revista a los demás posados. El artista era un dibujante maravilloso con renombre en varios países, pero igualmente los personajes de sus cuadros no estaban en la misma posición que cuando fueron pintados por él. Damas bellísimas con un vestuario increíble, pero en el que se apreciaban brochazos con colores chillones que embadurnaban sus atuendos.
 
Esperó a que amaneciera y llamó al antiguo dueño del palacete. El pintor se puso histérico cuando el antiguo dueño le informó que él no sabía de su forma de pintar. Fue requerida la policía y la persona que cuidó de la mansión durante años. En un aparte con los gendarmes se descubrió lo que quería haber contado el cuidador desde hacía tiempo. Hacía años que se había cometido un crimen horrible: un loco peligroso había asesinado a toda la familia que allí habitaba.
 
La historia fue olvidándose y el crimen nunca se resolvió, pero la esencia del mismo vagaba por todas las estancias. También los rostros de las damas pintadas aparecían desfigurados y cadavéricos.
 
Con el tiempo murieron los gobernantes de la provincia y nadie se volvió a ocupar del asunto.
 
El pintor guardó sus paletas, lienzos y pinceles y desapareció en busca de algún lugar donde poder curarse de aquella paranoia.
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El día de las alabanzas.  Relato de Soledad del Yerro

El día de las alabanzas. Relato de Soledad del Yerro

En la madrugada del día doce de julio del año 2015, sonó el teléfono de mi casa, y yo, aún dormida, lo cogí y la noticia que daban me hizo tirarme rápidamente de la cama. Del hospital universitario Virgen del Rocío de Sevilla, avisaban que al padre de mi marido, don Agustín Berrocal, le había dado un infarto masivo, que acudiéramos inmediatamente porque su vida corría peligro.

Salimos mi marido y yo rápidamente hacia el sitio indicado, y cuando preguntamos en recepción, nos dijeron el número de la habitación, y allí nos encontramos a Agustín, entubado, monitorizado, lleno de cables y con una mascarilla de oxígeno.

Rosario, su esposa, hecha un mar de lágrimas, estaba sentada en un sillón. Los dos rondaban ya los noventa años. Convencimos a Rosario para que se fuera a descansar, y mi marido, que es su único hijo, después de hablar con los médicos, acompañó a su madre a casa.

Llevaba yo un rato a solas con mi suegro cuando Petra, una de las criadas de toda la vida, se presentó con su marido, para ver cómo se encontraban los señores y si necesitaban algo.

Estuvieron unos minutos. Petra, antes de marcharse, se acercó para cogerle una mano, toda compungida y, cuál no sería mi sorpresa cuando vi que Agustín, haciendo un gran esfuerzo, estiraba su brazo incorporándose todo lo que los cables le permitían, e intentaba tocarle el culo. La pareja salió de la habitación sin más palabras. Yo pensé que lo mismo eran figuraciones mías, pero el electro del monitor me dio la razón, pues en un gráfico casi plano, su corazón empezó a dibujar unos picos que detectaban una subida de adrenalina.

A las pocas horas Agustín Berrocal moría. La capilla ardiente se instaló en el Tanatorio de la Concepción. Allí recibimos a familiares y amigos durante las horas reglamentarias antes del entierro.

La única que estaba atontada por los calmantes que le habían suministrado era Rosario, mi suegra. Los demás, entre saludos, chismes y chascarrillos de esta tierra, tengo que confesar que reímos más que lloramos, pues los comentarios sobre el difunto de alabanzas tenían poco.

Las calaveradas y juergas en las que Agustín Berrocal había tomado parte eran famosas. Un empleado del tanatorio entró en la sala, preguntado por don José Luis Berrocal. Mi marido contestó que era él. Entonces este le entregó una carta.

Nada más leer el remite, puso cara de estupor, pues la remitente era una antigua amiga de sus padres a la que recordaba, por la infinidad de veces desde que era un niño, que había oído discutir a estos, acaloradamente por ella.

Esta señora había fallecido hacía unos meses, y en sus últimas voluntades había pedido que se le entregara esta misiva al hijo de Agustín en el velatorio de este,  para que la leyera delante de familiares y amigos.

—Por favor, escuchadme un momento, tengo que leeros una carta póstuma de Isabel Abad, quien me pide que la haga pública aquí y ahora.

La curiosidad nos dejó a todos expectantes.

“Mi querido Agustín:

Recuerdo cada día de aquellos tiempos en que tu abrazo me daba seguridad, en los que tus besos me daban confianza, en los que tus caricias me daban la vida. Aquellos tiempos en que tus gestos me decían que me querías, que no pensabas dejarme nunca y que, siempre, siempre, compartiríamos esta felicidad. Pero aquellos gestos eran mentira, no me di cuenta hasta que ya era tarde, ya habías empezado a mentir a otra y a mí solo me dejabas ver la realidad de que eras incapaz de amar.  

Como sé que a tu velatorio acudirá la panda de amigos comunes que tuvimos, quiero que sepan que no fui yo sola, a la que tanto criticaron, la que engañó a su marido, echándose en tus brazos, ya que casi todas, por no decir todas las mujeres de tus amigos, compartieron su lecho contigo. 

Cierto es que solo Rosario, tu mujer, que la pobre se hacía la tonta, pero estaba más que enterada de tus infidelidades, y yo, a pesar de los pesares, te hemos querido de veras.

Lo mismo cuando tu hijo lea esta carta, nosotros nos estemos viendo en el infinito azul. Y hasta podremos echarnos unas risas, viendo las caras de funeral que se les van a poner a nuestros queridos amigos.

Un abrazo para todos de Isabel”. 

Lo cierto fue que a la hora del entierro solo estuvimos presentes los familiares.

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