Los Mayores Cuentan

Blog participativo hecho por mayores para mayores

Diálogo con Valle-Inclán. Relato de Rosario Badillo Gámez

Diálogo con Valle-Inclán. Relato de Rosario Badillo Gámez

Siendo muy joven, casi un niño, me gustaba mucho leer y escribir. En la casa donde yo vivía tenía su biblioteca don Ramón María del Valle-Inclán. Habiendo leído algunas de sus obras, esperaba poder conocerle. Durante varios días estuve intentando coincidir con él. Por fin llegó ese día.

—Buenos días, don Ramón, tenía muchas ganas de conocerle.

—Muy bien—me contestó.

—Vivo en esta casa y me gustaría ser escritor, pero no quería molestarle.

—Todo escritor merece ser leído y escuchado. ¿Qué tipo de literatura te gusta?

—Sobre todo, novela y poesía. Sus obras me parecen impresionantes.

–¡Ja, ja! No creas, tienen sus defectos.

Luces de Bohemia me parece sensacional.

—Bueno, refleja la vida en España a principios del siglo XX: un esperpento.

—¿Y cómo se le ocurrió dicha obra?

—Aunque te parezca mentira, fue al mirarme en los espejos que hay en el Callejón del Gato en Madrid, donde en uno te ves como un pez y en otro patas arriba.

—¿El carecer de un brazo no le molesta para escribir?

—Te contestaré lo mismo que le contesté al que de algún modo es el responsable de que me lo amputaran: Manuel Bueno, también escritor y de ideas políticas distintas de las mías. En una pelea a bastonazos en un bar se me clavó un gemelo y se me infectó. Cuando, muy preocupado, me preguntó lo mismo, contesté tranquilo, “Yo escribo con la derecha”.

Seguí frecuentando su biblioteca y su amistad durante bastante tiempo. Murió en 1936 con 69 años.

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Original idea. Relato de Soledad del Yerro

Original idea. Relato de Soledad del Yerro

Carlos hizo su carrera de Químicas con unas notas tan brillantes que enseguida tuvo trabajo en el laboratorio, donde hizo sus prácticas como becario. Su afán por el estudio hizo que su ascenso fuera espectacular y, a sus treinta años, era el que dirigía todo lo importante que allí se realizaba.

Lo que no podía encontrar era una mujer adecuada para casarse con ella. Todas le parecían unas coquetas, presumidas, que le causaban aburrimiento. Hasta que conoció a Isabel, que llegaba a especializarse en la Universidad de Navarra como cardióloga.

Nada más verla, su aspecto sencillo y su conversación amena e intelectual le hizo pensar que una mujer así, apta para ganarse la vida, sería una excelente esposa para él, y él podría seguir centrándose en sus estudios, seguro de hallar en ella una ayuda, más que un impedimento.

A poco de conocerse, Carlos le propuso a Isabel que se casara con él, pues llevaba unos cuantos años buscando a la persona adecuada y estaba seguro de que era ella.

—¿Me estás pidiendo, Carlos, que me case contigo? En un principio no me niego, pero antes de aceptarlo, preciso que nos sometamos a un tratamiento.

—Pero si no estamos enfermos…

—Llamo tratamiento a la acción de tratarse un hombre y una mujer para saber si pueden ser felices casándose.

A poco de comenzado el tratamiento, a Carlos se le ocurrió una original idea y rápidamente la puso en práctica. Se fue a la consulta de un médico amigo para que le hiciera una radiografía del corazón, pues quería enviársela a Isabel, para demostrarle su amor. El médico le hizo una fotografía, y Carlos la pegó en una cartulina en la que escribió: “A Isabel, le dedico esta fotografía de mi corazón, como prueba de mi verdadero amor”. Una hora después de enviada, recibió Carlos la contestación.

Estimado amigo:

Acabo de recibir tu presente. Gracias por tu gentileza y por tu especial regalo. Tengo que decirte, querido amigo, que tienes un comienzo de dilatación del corazón, que se debe a que no dejas de fumar y beber. La profesión de médico me encanta, pero la de enfermera me horroriza. Si yo me casara contigo, me vería forzada en poco tiempo a convertirme en tu enfermera, así que suspendo nuestro ”tratamiento“ hasta que te sometas a un régimen adecuado que corrija tu degeneración. Puedes visitarme y salir de paseo conmigo, con la única condición de no hablarme de matrimonio. Esta tarde, si quieres, podemos vernos y te indico el régimen que debes seguir.

Isabel  

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San Valentín. Relato de Francisco Pérez

San Valentín. Relato de Francisco Pérez

Dos amigos quedaron a tomar café en el barrio y surgió la conversación:

—Vamos a llegar al mes de febrero y, como siempre, me pongo a pensar qué hacer con el regalo a mi mujer por el día de San Valentín —dijo Manolo.

—A mí me pasa igual —dijo Pepe—. He oído que está de moda regalar una freidora de aire, no paran de anunciarlo en la radio.

—¿Y qué tendrá que ver ese aparato con San Valentín? —afirmó Manolo—. Yo creo que sería mejor pensar en un crucero, de esos que van a las islas griegas desde Venecia y que hacen sorteos especiales para las parejas.

—¿Y qué tendrá que ver un crucero por el Mediterráneo con San Valentín? —dijo Pepe—, creo que en febrero está la mar revuelta y hace frío. Yo pensaría en algo tradicional como una buena caja de bombones roja con forma de corazón y un gran lazo dorado.

—¿Y qué tienen que ver los bombones con San Valentín? —añadió Manolo—, y además en mi casa tenemos restringido el consumo de azúcar por razones de salud. Una buena idea sería sacar entradas para ir a ver un musical como Mamma Mia. En casa hemos cantado y bailado varias veces las canciones de ABBA y nos quedamos a gusto con el ejercicio.

—¿Y qué tiene que ver un musical con San Valentín? —respondió Pepe—. Música y baile me parecen bien, aunque en ese musical más bien se habla de las madres y de la batalla de Waterloo.

—Lo estamos poniendo difícil, Pepe, a este paso habrá que cambiar de idea y alejarnos de los regalos que cada día nos ofrece la publicidad. Se me ocurre que para celebrar este día podíamos quedar las dos parejas, dar un paseo por el parque del barrio y subirnos al mirador a ver la puesta de sol, ¿qué te parece?

—Buena idea, Manolo. Por cierto, ¿quién fue San Valentín?

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No todo sale bien. Relato de María Luisa Illobre

No todo sale bien. Relato de María Luisa Illobre

Se celebraba la boda de Pilar y Mariano. Sería en marzo, aunque llevaban esperando un año largo, pero como Pilar era canaria, sería allí el acontecimiento. La familia y amistades tendrían que hacer cálculos para asistir. No obstante, y como los contrayentes disponían de dinero, los invitados disfrutarían con todos los gastos pagados.

Se trataba de un grupo de diez o doce personas que en los primeros días de marzo tomaron un avión a Fuerteventura con intención de pasar unos días allí.

Y se celebró la boda, que fue preciosa, pero no había novio. Nadie sabía que la boda sería por poderes. En el altar se presentó un señor de mediana edad que actuó como un novio normal mientras Pilar le sonreía cariñosamente, al tiempo que el sacerdote pronunciaba un nombre extranjero, Ronald, que no era el de Mariano Gómez, como los invitados esperaban.

A la salida, toda la comitiva comentó el caso con la novia, que con toda familiaridad explicó que después de Mariano había conocido a Ronald y se dio cuenta de que era más interesante que el anterior. No hubo más explicaciones y desaparecieron a su hotel, dejando al grupo sorprendido. Pero el viaje estaba hecho y nadie conocía Canarias y no sabían cómo emplear los dos o tres días que debían permanecer allí.

Tres parejitas de amigos decidieron hacerlo por su cuenta, pero dos padres y un abuelo no tenían idea de si volver al hotel o visitar el lugar, que era una maravilla. Gran cantidad de flores, una temperatura ideal y, al fin, un sitio nuevo que no habían pensado conocer. Empezaron a pasear cuando una joven se les acercó.

—¿Están solos?

—Por supuesto.

—Si ustedes quieren, yo los acompaño y les sirvo de guía.

—Mire, veníamos a la boda de mi nieta y no sabemos qué hacer.

—Todo resuelto. Yo he nacido aquí y les voy a mostrar toda la belleza de Canarias. Pero, miren, primero tendremos que tomar algo, por ejemplo, unas patatitas arrugadas y algo más, porque yo no he comido todavía.

Llamó al camarero y este se presentó con una bandeja repleta de comida. La joven devoraba todo lo que tenía a mano. En cambio, los mayores apenas probaban nada.

—Uy, a mí esto me sienta mal para el estómago y esto es fatal para la vesícula…

Después de media hora, la joven llamó al camarero pidiendo la cuenta, que era enorme, pero la joven no tenía dinero, por lo que tuvo que pagar uno de los mayores.

A la salida, no sabían dónde estaban. La chica les dijo que si tenían dinero podían pagar un taxi para volver. Habían andado mucho con su compañía. Los abuelos ya no soportaban los pies y querían volver al hotel, pero debían de estar muy lejos.

Al final vino un autobús, que los llevó al hotel, pero antes de bajarse, la chica les pidió dinero para llevarle algo a su niñito, que estaría esperando en casa y no tenía nada para darle la cena. Más o menos 300 €, que también salieron de su cartera.

UN ATRACO MAS

Clase inolvidable. Relato de Soledad del Yerro

Clase inolvidable. Relato de Soledad del Yerro

Javier llegó a su casa después de salir del colegio y lo primero que hizo fue buscar entre los libros de la biblioteca de su padre un diccionario en español, ya que la profesora les había dicho que llevaran uno de casa, porque les iba a enseñar a manejarlo por orden alfabético.

Encontró uno con las tapas desgastadas, lo repasó y pensó que, aunque muy desgastado, le serviría para salir airoso.

Nada más entrar la profesora, cada niño saca de su cartera el diccionario, casi todos eran de bolsillo.

—¿Quién quiere leer el significado de la palabra diccionario? —dice la profesora.

Una niña sentada delante de Javier levanta la mano y lee.

—Diccionario: conjunto de palabras de una o más lenguas, en orden alfabético, con sus correspondientes explicaciones.

—Muy bien, aquí tenemos un primer concepto. Cada vez que necesiten conocer el significado de una palabra, deben consultar con un diccionario. Ahora usted, Juan. Busque la palabra amor.

—Amor —dice Juan—, vivo afecto entre una persona o cosa, ternura, suavidad, que te llena el corazón de ilusión y alegría.

Javier se queda sin aliento. Su diccionario define la palabra amor como “Una excusa perfecta para escribir canciones cursis, protagonizar comedias románticas y vender tarjetas con corazones en febrero”.

—A ver, Laura, ¿qué dice el diccionario sobre la palabra año?

—Tiempo que emplea la Tierra en recorrer su órbita.

Todos están de acuerdo, excepto Javier, ya que su contestación sería: “Año son trescientos sesenta y cinco días, que te harán recordar las risas que has compartido —por las arrugas que en tu cara tienes— y el mismo número de decepciones”.

—Ahora, Antonio, busque la palabra nariz.

—Nariz: órgano olfativo, su parte externa forma en el rostro una prominencia entre la frente y la boca.

Javier, a punto de llorar, lee en su diccionario: “La nariz es un órgano que sirve para percibir olores y, si es muy preeminente, para meterla en asuntos ajenos”.  Siente que va a tener problemas, no sabe cómo este diccionario está en la biblioteca de su padre.

—Javier, busque la palabra ruido.

El niño se queda en blanco, sabe que va a hacer el ridículo.

—Una hediondez del oído. Música sin domesticar.

Los niños repasan su diccionario y miran a la profesora, que se ha quedado muy seria; el significado leído tiene algo de certero, pero resulta vulgar; será culpa de la editorial, piensa.

—Javier, busque la palabra honesto.

El niño busca con rapidez y lee su respuesta.

—Honesto: afligido por un impedimento en la conducta.

Los niños se ríen porque la palabra significa decente, recatado, honrando, razonable.

—Javier, espero que no se esté riendo de mí.

—No, por Dios, doña Beatriz.

—Laura, busque la palabra gato.

—Gato: mamífero doméstico que caza ratones; máquina con un engranaje para levantar grandes pesos.

—Usted, Javier, busque la misma palabra.

—Gato: autómata suave e indestructible, provisto por la naturaleza para que reciba las patadas, cuando las cosas andan mal en el círculo doméstico.

—Por hoy se acabó la clase. Usted, Javier, me va a acompañar con su diccionario para revisarlo con la directora.

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