
Se celebraba la boda de Pilar y Mariano. Sería en marzo, aunque llevaban esperando un año largo, pero como Pilar era canaria, sería allí el acontecimiento. La familia y amistades tendrían que hacer cálculos para asistir. No obstante, y como los contrayentes disponían de dinero, los invitados disfrutarían con todos los gastos pagados.
Se trataba de un grupo de diez o doce personas que en los primeros días de marzo tomaron un avión a Fuerteventura con intención de pasar unos días allí.
Y se celebró la boda, que fue preciosa, pero no había novio. Nadie sabía que la boda sería por poderes. En el altar se presentó un señor de mediana edad que actuó como un novio normal mientras Pilar le sonreía cariñosamente, al tiempo que el sacerdote pronunciaba un nombre extranjero, Ronald, que no era el de Mariano Gómez, como los invitados esperaban.
A la salida, toda la comitiva comentó el caso con la novia, que con toda familiaridad explicó que después de Mariano había conocido a Ronald y se dio cuenta de que era más interesante que el anterior. No hubo más explicaciones y desaparecieron a su hotel, dejando al grupo sorprendido. Pero el viaje estaba hecho y nadie conocía Canarias y no sabían cómo emplear los dos o tres días que debían permanecer allí.
Tres parejitas de amigos decidieron hacerlo por su cuenta, pero dos padres y un abuelo no tenían idea de si volver al hotel o visitar el lugar, que era una maravilla. Gran cantidad de flores, una temperatura ideal y, al fin, un sitio nuevo que no habían pensado conocer. Empezaron a pasear cuando una joven se les acercó.
—¿Están solos?
—Por supuesto.
—Si ustedes quieren, yo los acompaño y les sirvo de guía.
—Mire, veníamos a la boda de mi nieta y no sabemos qué hacer.
—Todo resuelto. Yo he nacido aquí y les voy a mostrar toda la belleza de Canarias. Pero, miren, primero tendremos que tomar algo, por ejemplo, unas patatitas arrugadas y algo más, porque yo no he comido todavía.
Llamó al camarero y este se presentó con una bandeja repleta de comida. La joven devoraba todo lo que tenía a mano. En cambio, los mayores apenas probaban nada.
—Uy, a mí esto me sienta mal para el estómago y esto es fatal para la vesícula…
Después de media hora, la joven llamó al camarero pidiendo la cuenta, que era enorme, pero la joven no tenía dinero, por lo que tuvo que pagar uno de los mayores.
A la salida, no sabían dónde estaban. La chica les dijo que si tenían dinero podían pagar un taxi para volver. Habían andado mucho con su compañía. Los abuelos ya no soportaban los pies y querían volver al hotel, pero debían de estar muy lejos.
Al final vino un autobús, que los llevó al hotel, pero antes de bajarse, la chica les pidió dinero para llevarle algo a su niñito, que estaría esperando en casa y no tenía nada para darle la cena. Más o menos 300 €, que también salieron de su cartera.
UN ATRACO MAS
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