
Doña Patrocinio, una señora acaudalada, solo tenía un propósito: casar a su hijo Fernandino. Al muchacho se le iban pasando los años y debido a su timidez era incapaz de intentarlo. A su madre ya no le importaba que fuera con la más fea del lugar. Por eso se puso al habla con Demetrio para intentarlo, ya que tenía una hija que no encontraba novio, porque varios candidatos habían huido por su fealdad.
Los jóvenes se casaron, aunque Fernandino apenas articulaba palabra sobre el aspecto de su novia. Después de la boda, una vez en su casa perfectamente decorada por Patrocino, la novia se introdujo en el baño. Allí comenzó a librarse de todos los arreglos. En primer lugar, una enorme faja que la aprisionaba el cuerpo. Acto seguido los rellenos de sus pechos, un enorme pelucón, pestañas postizas, gran maquillaje, etc.
El novio esperaba pacientemente la salida de su esposa. Pero cuando apareció no era la misma persona que él conocía. No imaginaba que hubiera podido ganar de aquella manera. Todos aquellos arreglos habían perjudicado a la muchacha.
Una vez que comenzaron su vida en común, ella le comentó a Fernandino que había estado obligada a mostrarse de aquella manera porque que era norma de su familia disimular su aspecto para conseguir novio. Pero a él su aspecto natural no le importaba, y lo único que pretendía era librarse de su timidez y su miedo al dirigirse a cualquier muchacha.
Los primeros tiempos fueron los más difíciles para la esposa, ya que su marido era incapaz de sostener una conversación con ella, convencido de que sus palabras le parecerían sin sentido. Pasados dos meses la novia no volvió a su aspecto anterior. El marido descubrió que su esposa, una vez librada de todos sus afeites, era una persona muy agradable y cariñosa, por lo que decidieron acudir a un médico de familia conocido buscando ayuda. Este les informó de que no tendrían que tener ningún problema, y aceptando sus mutuas limitaciones rápidamente llegaría una convivencia normal. Así ocurrió. A las pocas semanas Fernandino era una persona afable y enamorado de su esposa, quien seguía conservando su fealdad, pero siempre con un agradable carácter y pendiente de su marido. Su convivencia era muy feliz.
Pasaron seis meses y los padres de los novios no sabían nada de ellos. Decidieron pasar a visitarles, ya que después de aquella extraña boda no confiaban en que funcionaran bien como matrimonio. Se quedaron extasiados. Eran un matrimonio unido y feliz, por lo que Patrocinio le comunicó a Demetrio que debían pasar una temporada con ellos.
Los jóvenes aceptaron, pero a los pocos días los conflictos de los mayores eran enormes.
Solo se relacionaban con órdenes que la señora pretendía que Demetrio cumpliera rápidamente, lo que a él nunca le parecía bien. Tampoco estaban de acuerdo con las normas que se seguían en aquella casa, y las discusiones eran constantes.
Todo hizo que el joven matrimonio un día abriera su puerta y despachara a los visitantes. Habían ido a sembrar la discordia en aquella casa en la que todo era felicidad. Aquella boda desigual había sido para crear un matrimonio muy feliz.
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