Los Mayores Cuentan

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El último verano. Relato de Francisco Pérez

El último verano. Relato de Francisco Pérez

Te prometiste que nunca volverías a aquella playa en verano. Siempre el mismo paseo, el pueblo abarrotado de gente, el calor insoportable en la siesta y la comida en el restaurante con el menú del día de la comida recalentada.  Y como no te gustaba viajar en caravana hacías todo lo posible por llegar cinco días después del día del inicio de tus vacaciones y a la vez pasar menos días en la costa.

Y sin embargo, nada más llegar, te faltaba tiempo para quedar con aquellos amigos con los que coincidías desde que hicisteis juntos el bachillerato. Tantos años habías pasado mojando los pies en la arena de la playa, en una caminata sin fin en la que repasabas lo sucedido el último año en tu empresa, los cambios que tú habías propuesto y los jefes habían aceptado, las dudas que tenías sobre la posibilidad de tener un hijo. También te interesabas por el cambio de casa que tus amigos paseantes todavía no habían terminado y que describían una y otra vez para ver si les dabas ideas sobre la decoración del salón y las plantas más apropiadas para lograr un conjunto armónico y relajado.

Tantos paseos con la puesta de sol por delante te fortalecían las ganas de vivir y te llenaban de energía para volver a tu ciudad y continuar el trabajo con espíritu renovado.

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Teléfono. Un relato de Mª Luisa Illobre

Teléfono. Un relato de Mª Luisa Illobre

Era un día tranquilo y el matrimonio estaba de sobremesa cuando de improviso sonó el teléfono. Manuel lo descolgó y una voz chillona comenzó a hablar.

—Mire, como acabo de enterarme de que tienen Uds. disponible el estudio de la calle San Marcos, le llamo sin demora para evitar que alguien se me adelante. En este momento llamo a un taxi y me presento ahí inmediatamente.  Serán dos o tres minutos.

La voz chillona no paraba de hablar, sin dejar a Manuel ni contestarle.

—Señora, déjeme decirle que no ha llamado a ninguna inmobiliaria. Es una casa particular y Ud. no me ha dejado decir ni pío.

—Bueno, perdóneme.

Acto seguido vuelve a sonar el teléfono, que Manuel, pensando que era el mismo rollo, descolgó. Era una voz de hombre.

—Le llamo para decirle que esto pasa de castaño oscuro y se me están inflando las narices;  quiero decirle que Vd. es un viejo verde y que ya está bien de miraditas a mi mujer. No le pido perdón por la llamada. Me gustaría darle un buen bofetón —y acto seguido, colgó.

Manuel estaba sorprendido. ¿No sería el día de Inocentes? Pero si era septiembre… Volvió a su butaca al lado de su esposa cuando volvió a sonar el teléfono.

—Catalina, contesta tú.

La respuesta de Catalina fue que él estaba más cerca y era el que debía descolgar. Pero Manuel no quería hablar con nadie, y al final fue Catalina la que cogió el aparato.

—Dígame.

—Por favor, ¿es la boutique?

—No, señora, es un número particular.

—Bueno, es igual. Como veo, mejor dicho, oigo que es Ud. una señora, la llamo para ver si puede Ud. aconsejarme.

—Diga, diga.

—Bueno, pues yo llamaba a una boutique de Serrano que tienen unas cosas monísimas; tengo un cóctel esta noche, pero no sé si tendré que ir de corto o de largo. ¿A Ud. qué le parece?

—¿Dónde es la celebración?

—Creo que es en los jardines de Sabatini.

—Tiene que ir de largo y le aconsejo que lleve algún lazo en el escote, sobre todo que sea de color fucsia.

—Cómo se lo agradezco, señora, seguro que doy el golpe.

Catalina volvió al lado de su marido, que todavía rumiaba las llamadas anteriores, pero al parecer ella volvía ufana. Acababa de hacer una buena acción y la dama anterior daría el golpe en el cóctel.

Como el teléfono seguía sonando, Manuel lo descolgó.

—¿Ud. me oye? —Era una voz en tono muy bajo.

— Sí, le oigo, dígame.

—Por favor, ¿cuántos años tiene?

— ¿A Ud. qué le importa mi edad? —contestó Manuel.

—Mire, señor, tengo siete años y mis padres se han llevado la llave y me han dejado solo en casa… y tengo miedo porque se oyen ruidos extraños; se caen los libros de la librería y hacen ruido.

—Mira, niño, tus padres no tardarán en volver. Ponte la TV, que debe estar la Patrulla Perrera y no des la brasa a personas como yo, que lo que quiero es tener un poco de tranquilidad.

Volvió a su butaca, pero antes afeó a su mujer la conversación con la señora de la boutique.  Seguro que a él no le hubiera pasado.

Don Isaías. Relato de Mª Luisa Illobre

Don Isaías. Relato de Mª Luisa Illobre

En Aldeanueva de Abajo vivía, acompañado de su madre de bastante edad, Isaías Fernández. Había nacido a mediados del pasado siglo dentro de una familia humilde en la que el padre entre borracheras solía apalear a su hijo cuando volvía caliente de la tasca.

Ocurrió que hace algunos años Isaías recibió una herencia de un tatarabuelo que él no llegó a conocer, y fue requerido para recogerla. No podía creerlo, pero eran bastantes euros que en unión de su anciana madre introdujeron en un pequeño arcón de la casa.

Decidieron, como no contaban con este dinero, beneficiar a los habitantes del pueblo más necesitados. Habilitaron la parte baja de la casa como un pequeño despachito para recibir a los vecinos y en unión de dos enormes cuadernos él anotaría las necesidades de cada cual. Pasaba de tecnología. Tenía suficiente con un libro para lo que le pidieran y otro en el que anotaría según le fueran pagando. Por supuesto sin ningún interés.

Se presentó su vecino Dimas. “Por favor, mi hija tiene que casarse de urgencia y te ruego me adelantes 200 €. Te lo iré pagando poco a poco”. Inmediatamente le fue entregado el dinero. Acto seguido fue Renata. Acababa de morírsele una vaca. “Me hacen falta 500 € para pagar al veterinario”. Por favor adelántamelos. Lo iré pagando poco a poco. El dinero fue entregado inmediatamente.

Así fueron pasando por la casa muchos más. La madre de Isaías veía que el arconcillo se iba vaciando. Ellos seguían llevando la misma vida. Con sus pensiones y poco más podían vivir y beneficiar a sus vecinos, pero no contaban con un vendaval que hacía días se estaba preparando con unas consecuencias desastrosas para todo el pueblo.

Ocurrió una noche cuando se desató una tormenta impresionante. Los truenos y relámpagos iluminaban el pueblo y un gran aguacero descargaba sin cesar.  El río que normalmente bajaba medio seco comenzó a salirse de su cauce inundando todo lo que encontraba a su paso.

Isaías y su madre apenas tuvieron tiempo de llegar al piso de arriba de la casa. El agua en tromba había inundado la parte baja. Allí abrazados veían como les rodeaba el agua. Su madre lloraba pensando qué sería de ellos. El caos duró toda la noche soportando un miedo horrible, pues el agua había destruido el techo y el frío era enorme.

Cuando amaneció el agua cubría el pueblo y cantidad de árboles y enseres de todas clases flotaban por doquier empujados por la fuerza del agua.

Un paisano reparó que en la parte alta de una casa había dos personas medio inconscientes. Como pudo llegó hasta ellos y consiguió con gran trabajo rescatarlos. Después fueron introducidos en una pequeña barquita que también flotaba por allí. La madre de Isaías respiraba con dificultad. Tenía mucha edad y una salud precaria.

Entre varias personas pudieron llegar a una pequeña chabola en la que Isaías y su madre tenían dos ovejas, alguna gallina y acudían de vez en cuando para alimentarles. Pero esto era un caso de necesidad y tenían que vivir allí. El pueblo en general estaba destrozado y los habitantes estaban ocupados en salvar lo poco que quedaba de sus pertenencias.

El pequeño arcón con dinero con el que Isaías beneficiaba a todo el que se dirigía en demanda de ayuda, había desaparecido con la riada, igual que sus librotes con anotaciones.

Pasaron los meses. Seguían viviendo en aquella chabola y daban gracias a Dios por poder contarlo y alimentarse con los dos o tres animales que se salvaron. Su madre, con los cuidados de Isaías, sanó completamente.

Solo sus conciudadanos les visitaban a diario. El agradecimiento era mutuo y el pueblo volvió a contar con la normalidad que siempre tuvo.

Don Juan de Austria. Relato de Soledad del Yerro

Don Juan de Austria. Relato de Soledad del Yerro

Corría el mes de mayo de 1550, cuando a la pequeña villa de Leganés llegó a vivir una familia formada por D. Francisco Massy, violinista de la corte, su esposa Doña Ana Medina y su hijo Jeromín.

El niño acudía al colegio donde el cura del pueblo era el maestro. Este observaba que tenía más afán por irse con los compañeros a jugar a las pedreas y las batallas que a instruirse, pues las faltas a clase eran continuas, y además arrastraba a sus compañeros en sus correrías.

Tendría siete años Jeromín, cuando al amanecer de una mañana de mayo, se paró delante de su casa un precioso coche tirado por seis hermosos caballos; de él se bajó D. Luis de Quijada, mayordomo del Rey Carlos I de España y V de Alemania, que era quien en aquella época gobernaba en ambos países.

Traía la orden de llevarse a Jeromín a su castillo de Villagarcía de Campos (Valladolid). Una vez llegados a este lugar, le recomendó a su esposa Doña Magdalena de Ulloa que lo educase como un hijo, sin indicarle la procedencia del niño.

La señora, ayudada por el maestro Guillén Prieto, el Capellán García de Morales y el escudero Juan Galorza, consiguió darle una adecuada educación al niño, que se encariñó con Doña Magdalena. Ella adoraba a aquel chiquillo guapo, avispado y cariñoso, aunque más de una vez le asaltó la duda de que pudiera ser hijo de su esposo, ya que este por el cargo que ostentaba pasaba largas temporadas alejado del castillo.

Carlos I sintiéndose enfermo abdicó en su hijo Felipe II, y se retiró al Monasterio de Yuste. Dio orden a su mayordomo, D. Alonso de Quijada, que con su esposa y Jeromín se trasladaran a vivir a la aldea Cuacos de Yuste, y es aquí donde el Emperador conoció a Jeromín, que lleno de entusiasmo no dejaba de contarle a todo su entorno lo que le había emocionado conocer a tan valiente e importante señor.

Poco antes de morir Carlos I redactó un codicilo en el que reconocía …»Por cuando estando yo en Alemania, tuve un hijo natural con una mujer soltera llamada Bárbara Blomberg, al que se le puso el nombre de Jerónimo”. La madre del niño casó, poco tiempo después del nacimiento de este, con Jerónimo Píramo Kellg, y esa es la causa del nombre del niño. “Yo ordeno que se llame Juan, como a mi madre le hubiera gustado que me llamase yo. También he cumplido mi deseo de que se criara y educara en España, cosa que a mí me fue negada. Y que como Juan de Austria sea miembro de la Casa Real Española”.

A la muerte de su padre, Felipe II con motivo de una cacería se hizo el encontradizo con el joven, al cual le preguntó su nombre, y este respondió que Jeromín. Y el rey le dijo entonces: “Pues de ahora en adelante te llamarás Juan de Austria, ya que eres mi hermano”.

Posteriormente le mandó a estudiar a Alcalá de Henares, junto con el Infante Carlos y Alejandro de Farnesio.  En 1562 aparece la Casa de D. Juan de Austria en el presupuesto de la Casa Real, con una asignación de 15.000 ducados.

Para luchar contra los turcos que estaban atacando la Isla de Malta, D. Juan pidió permiso a su hermano para incorporarse a la Flota y ayudar a defenderla. El permiso le fue denegado, pero ello no impidió que D. Juan se escapara de la Corte dirigiéndose a Barcelona, aunque no logró alcanzar la flota.

Viendo su hermanos que no tenía inclinación por la carrera eclesiástica, como hubiera deseado su padre, este le nombró Capitán General de las Fuerzas Reales. Su primera misión la ejercitó en las Alpujarras, donde los moros que las habitaban se rebelaron contra la ley que les obligaba a abandonar sus vestiduras, lengua y prácticas religiosas. Salió de Granada al frente de un gran ejército, hicieron uso de la artillería y estratégicas minas, matando a casi todos sus habitantes. Después asoló el territorio sembrándolo de sal. En aquella batalla D. Juan recibió dos balas y tuvo que lamentar la pérdida de D. Alonso de Quijada que, por servirle de escudo a él, moría pocos días después.

La batalla de Lepanto, en la que se combatió contra los turcos, fue ganada por los españoles gracias a la decisión y valentía personal de D. Juan de Austria, lo que le convirtió en un héroe en el contexto europeo, al tiempo que le reforzó su ambición por tener un reino propio y el tratamiento de Alteza, que sistemáticamente le fueron negados.

Entre las muchas ciudades que conquistó se encontraba Túnez, y el papa Gregorio XI le pidió al rey Felipe que se invistiera a D. Juan con el título de rey de Túnez, propuesta que fue denegada.

En otra ocasión fue sondeado por un emisario de la reina, sobre la posibilidad de un matrimonio con Isabel de Inglaterra, a lo que D. Felipe también se negó.

Entre las ambiciones de D. Juan se encontraba la invasión católica de Inglaterra, a través de su matrimonio con María Estuardo, consiguiendo de esa manera un reino propio, este plan contaba con el apoyo del papa y los católicos ingleses, pero no salió adelante por las intrigas del traidor Antonio Pérez y sobre todo por su prematura muerte.

La princesa de Éboli decía de él que era un joven de físico y trato atractivo. Le presentó a María de Mendoza, con la que mantuvo una relación íntima que culminó con el nacimiento de una niña e 1567, de nombre Ana, la cual fue entregada por D. Juan para su crianza a Doña Magdalena de Ulloa, la que fue siempre para él como una madre.

En Nápoles tuvo otra hija con Diana de Falasio a la que bautizaron con el nombre de Juana.

Posteriores amoríos se le conocieron con Zenobia Saratoria y Ana de Toledo, esposa del alcalde napolitano.

De sus relaciones con su hermano Felipe se sabe que, aunque le trató como miembro de la Familia Real, situándole con esta y delante de los grandes de España en los actos públicos, no fue considerado Infante ni tratado como «Alteza”.

En el verano de 1578, contrajo unas fiebres tifoideas, que le sumieron en una gran depresión. Su estado se agravó en el mes de septiembre, y el día 28 nombró como sucesor suyo en los Países Bajos a su sobrino Alejandro Farnesio.  Escribió a su hermano pidiéndole que respetase el nombramiento y que le permitiera ser enterrado junto a su padre.

Falleció el 1 de octubre de 1578, a los 31 años. Sus restos mortales reposan en San Lorenzo del Escorial; su tumba está cubierta por una estatua yacente de singular belleza, y por curiosidad hay que añadir que, por no morir en combate, está representado con los guantes quitados.

Como última anotación, y ahora volviendo a Jeromín, quiero contaros que en Leganés la calle donde vivió lleva su nombre y una preciosa placa indica el edificio donde estuvo situada la casa de tan insigne personaje.

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