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Don Isaías. Relato de Mª Luisa Illobre

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En Aldeanueva de Abajo vivía, acompañado de su madre de bastante edad, Isaías Fernández. Había nacido a mediados del pasado siglo dentro de una familia humilde en la que el padre entre borracheras solía apalear a su hijo cuando volvía caliente de la tasca.

Ocurrió que hace algunos años Isaías recibió una herencia de un tatarabuelo que él no llegó a conocer, y fue requerido para recogerla. No podía creerlo, pero eran bastantes euros que en unión de su anciana madre introdujeron en un pequeño arcón de la casa.

Decidieron, como no contaban con este dinero, beneficiar a los habitantes del pueblo más necesitados. Habilitaron la parte baja de la casa como un pequeño despachito para recibir a los vecinos y en unión de dos enormes cuadernos él anotaría las necesidades de cada cual. Pasaba de tecnología. Tenía suficiente con un libro para lo que le pidieran y otro en el que anotaría según le fueran pagando. Por supuesto sin ningún interés.

Se presentó su vecino Dimas. “Por favor, mi hija tiene que casarse de urgencia y te ruego me adelantes 200 €. Te lo iré pagando poco a poco”. Inmediatamente le fue entregado el dinero. Acto seguido fue Renata. Acababa de morírsele una vaca. “Me hacen falta 500 € para pagar al veterinario”. Por favor adelántamelos. Lo iré pagando poco a poco. El dinero fue entregado inmediatamente.

Así fueron pasando por la casa muchos más. La madre de Isaías veía que el arconcillo se iba vaciando. Ellos seguían llevando la misma vida. Con sus pensiones y poco más podían vivir y beneficiar a sus vecinos, pero no contaban con un vendaval que hacía días se estaba preparando con unas consecuencias desastrosas para todo el pueblo.

Ocurrió una noche cuando se desató una tormenta impresionante. Los truenos y relámpagos iluminaban el pueblo y un gran aguacero descargaba sin cesar.  El río que normalmente bajaba medio seco comenzó a salirse de su cauce inundando todo lo que encontraba a su paso.

Isaías y su madre apenas tuvieron tiempo de llegar al piso de arriba de la casa. El agua en tromba había inundado la parte baja. Allí abrazados veían como les rodeaba el agua. Su madre lloraba pensando qué sería de ellos. El caos duró toda la noche soportando un miedo horrible, pues el agua había destruido el techo y el frío era enorme.

Cuando amaneció el agua cubría el pueblo y cantidad de árboles y enseres de todas clases flotaban por doquier empujados por la fuerza del agua.

Un paisano reparó que en la parte alta de una casa había dos personas medio inconscientes. Como pudo llegó hasta ellos y consiguió con gran trabajo rescatarlos. Después fueron introducidos en una pequeña barquita que también flotaba por allí. La madre de Isaías respiraba con dificultad. Tenía mucha edad y una salud precaria.

Entre varias personas pudieron llegar a una pequeña chabola en la que Isaías y su madre tenían dos ovejas, alguna gallina y acudían de vez en cuando para alimentarles. Pero esto era un caso de necesidad y tenían que vivir allí. El pueblo en general estaba destrozado y los habitantes estaban ocupados en salvar lo poco que quedaba de sus pertenencias.

El pequeño arcón con dinero con el que Isaías beneficiaba a todo el que se dirigía en demanda de ayuda, había desaparecido con la riada, igual que sus librotes con anotaciones.

Pasaron los meses. Seguían viviendo en aquella chabola y daban gracias a Dios por poder contarlo y alimentarse con los dos o tres animales que se salvaron. Su madre, con los cuidados de Isaías, sanó completamente.

Solo sus conciudadanos les visitaban a diario. El agradecimiento era mutuo y el pueblo volvió a contar con la normalidad que siempre tuvo.

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