Los Mayores Cuentan

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Pájaro desconocido. Relato de Mª Luisa Illobre

Pájaro desconocido. Relato de Mª Luisa Illobre

A pesar de que a diario se llenaba el cestito colgado en un cerezo del jardín con comida para los pajaritos que llegaban en enormes bandadas, no transcurrían pocos minutos hasta que las ardillas llegaran vaciándolo por completo, y al llegar ellos, ya lo encontraban desierto.

Un día la dueña pensó que ella lo que quería era alimentar a las aves, aunque cuando llegaba veía que las astutas ardillas, habían tomado la delantera. Los pajarillos, en cantidad salidos del nido no tenían que comer, pero imposible competir con ellas.

Esta señora descubrió que por defecto de fabricación de la casa, dos ladrillos se movían sin mucha dificultad. Se armó con una pequeña pala y poco a poco consiguió un agujero regular.

Acto seguido fue a un pequeño hospital de mascotas que estaban en tratamiento, muchos de ellos por enfermedad, y otros por haber sido disparados durante el vuelo. Habló con el encargado y le recomendó un pajarraco extranjero que había llegado allí. Se trataba de un ave que ellos desconocían, pero que tenía un graznido a ratos insoportable y que seguramente cumpliría con el fin de asustar a las ardillas. Era inofensivo y estaba asustado.

Ante la señora, después de dos o tres graznidos, no hizo ningún signo extraño. Y en un trasportín a su medida, el pájaro llego al jardín y fue instalado en el agujero que previamente se llenó de pajitas, comida y agua fresca.

Después de un buen rato llegaron las ardillas y devoraron toda la comida destinada a los pajarillos. El intruso vigilaba desde su agujero y de momento permaneció en silencio. Pero silenciosamente vigilaba. Cuando la señora vio que el comedero estaba vacío, volvió a llenarlo de nuevo. Multitud de pajaritos se abalanzaron a la comida hasta que no quedó un grano. Entonces llegaron tres o cuatro ardillas voraces. El pajarraco salió de su escondite y con sus graznidos impresionantes desaparecieron para no volver.

Pasó el tiempo y el intruso se iba acomodando a su nuevo domicilio, lo mismo que la familia se encariñaba poco a poco con él. Solo salía a volar las noches de luna clara, dando varios aleteos sin alejarse mucho. A su vuelta al jardín solía acercarse a la señora y acompañarla hasta que ésta se retiraba a su habitación. Ella siempre le agradecía portando unas semillitas de cualquier cosa, que comía con gran gusto desde sus manos. Se notaba un gran agradecimiento estando al lado de la persona que le había salvado la vida. Solía entrecerrar sus enormes ojazos de color miel bien arrimadito a su dueña.

Sucedió que en la casa de al lado vivía un vecino acompañado de un gato enorme, a quien le molestaba su graznido, ya que el poco ruido que hacía en su vuelo le hacía maullar sin parar. Se trataba de un señor de edad que harto de aquel ruido tomó su escopeta de caza y disparó repetidamente al pájaro, hiriéndole en ambas alas. La señora le esperaba en su tumbona, cuando arrastrándose le oyó llegar. Un reguero de sangre salía de sus heridas por lo que la señora lo acogió en su regazo hasta que cerró sus enormes ojos y murió.

La tristeza de su protectora fue enorme ya que sentía un gran cariño por él. Nunca supo de qué país había llegado, pero siempre recordó que fue un pájaro por el que había tenido un gran sentimiento aun mayor que por los pajarillos de su jardín. Después de un tiempo varias lágrimas se deslizaban por su mejilla.

Excursioncillas. Un relato de Mª Luisa Illobre

Excursioncillas. Un relato de Mª Luisa Illobre

En un pequeño pueblo de Madrid vive un vecino propietario de una furgoneta, y cuando llega el verano, con el buen tiempo se dedica a hacer viajecillos sobre todo a las playas de Levante a precios muy asequibles. Por tanto, y mientras llega el otoño – invierno, su ocupación es trabajar el campo, siempre ayudado por la vieja furgoneta y hacer algunas excursiones. Como es de suponer siempre tiene lista de espera para los buenos días. Tiene que llevar una libreta con el nombre de los interesados.

Una vez medio adecentada de paja y demás, el día 4 se puso en marcha el viaje. Los viajeros eran dos matrimonios jubilados y tres jovencitas del pueblo con ganas de pasarlo bien. En primer lugar, una música estridente invadió el interior de la furgoneta, lo que producía dolor de cabeza a Calixta. Protestó y las chicas no hicieron caso, tomándose un paracetamol.

En el hostal —de cero estrellas— solo había dos habitaciones, una para los jubilados y otra para las chicas. El conductor durmió en la furgoneta.

Los matrimonios se acostaron cada uno en una cama enorme que tenía la habitación. Seguía el dolor de cabeza de Calixta y su marido roncaba a pata suelta a pesar del olor apestante a pies que venía de la otra cama. En la habitación de las chicas una música a todo volumen seguía sonando.

Calixta no aguantó más. Salió a la calle y localizó la furgoneta. Estaba cerrada, pero aporreó el cristal. Al abrir la portezuela el conductor, le comunicó que ella no podía dormir en aquellas condiciones, así que le pidió que la hiciera un hueco en su asiento. Accedió y una vez juntos a Calixta se le fue pasando el dolor, aparte que estaba mejor acurrucada con el conductor que con su marido.

Amaneció un día precioso, pero el otro matrimonio observó que allí faltaba alguien. Comenzaron los rumores. Ya era un poco extraño que la señora no hubiera dormido con su marido. En la calle se descubrió que el de la furgo había tenido compañía y no sabía disculparse. Al marido aquello no le gustaba nada y se dirigió al conductor de malas maneras. Fue contestado con otras peores y las voces se escucharon por toda la calle.

Los aldeanos de aquel lugar también tomaron parte en la discusión porque “ya se sabe, estas frescas vienen a buscar plan y nosotros en esta playa no podemos consentirlo”.

En un momento en que aquello se calmó, el conductor dijo que se había quedado sin gasolina. Salió marcha atrás, mientras aquel jaleo crecía por momentos. Llegó al surtidor que estaba a tres metros. Llenó el tanque, y salió disparado con dirección al pueblo.

Allí quedaron los matrimonios sin saber cómo volver. A las chicas les fue mejor. Estuvieron en la playa con unos macizos impresionantes y pensaron que para la vuelta siempre habría un AUTO STOP que las llevara al pueblo, y dijeron QUE NOS QUITEN LO BAILADO.

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Carmen Jiménez recomienda… «Basada en hechos reales» de Delphine de Vigan

Carmen Jiménez recomienda… «Basada en hechos reales» de Delphine de Vigan

La novela está dividida en tres partes, encabezadas por citas de “Misery” y “La Mitad Oscura” de Stephen King. Es al tiempo un poderoso trhiller psicológico y una reflexión sobre el escritor en el siglo XXI. La obra se mueve entre la realidad y la ficción, entre lo vivido y lo imaginado.

La autora da una vuelta de tuerca a un gran tema literario, “el doble”, y es capaz, de mantener en vilo al lector hasta la última página.

Hay una pregunta que sobrevuela toda la novela: Al escribir ¿dónde termina la realidad y empieza la ficción?

Se juega con la confianza y las expectativas del público lector, a medida que la situación no deja de enredarse.

La osadía de la autora en sus obras, al abordar temas de su vida, hace que la atención se centre, en cierta manera, sobre la intensidad emocional, que está plasmada también en otras de sus novelas.

Es un libro sin duda adictivo, una novela que engancha desde el principio y que es realmente recomendable.

El firmamento literario tiene muchas estrellas, y sin duda, una de ellas es Delphine de Vigan.

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Viaje a Normandía. Relato de Soledad del Yerro

Viaje a Normandía. Relato de Soledad del Yerro

Fuimos de viaje a Normandía porque se celebraban los sesenta años del histórico desembarco del bando aliado sobre el ejército alemán, uno de los hechos más importantes de la segunda guerra mundial. La promotora principal fue mi nieta Elena, entonces adolescente, a la que siempre le interesó la historia, y allí que viajamos sus padres y yo, gustosos de acompañarla en su aventura.

Llegamos a Caen un atardecer del mes de agosto. Habíamos reservado habitaciones en una casa rural a las afueras de esta ciudad. Estaba nublado, pero, aun así, la casa nos encantó, parecía un castillo. Unas verjas grandes forjadas cubrían unas puertas de madera maciza labrada y con unos enormes clavos incrustados en ella.

El jardín que rodeaba el edificio estaba muy bien cuidado. Las hortensias de varios colores, los distintos verdes y amarillos de flores y árboles que adornaban y perfumaban el aire del recinto nos causaron a todos una grata sensación.

A la mañana siguiente madrugamos y, después de desayunar, los cuatro viajeros nos subimos en el coche.

—¿A qué playa vamos? —preguntó Elena.

—A la de Utha, es la más cercana —respondió su padre.

Había un sinfín de tenderetes donde se vendía toda clase de cascos, gorros cartucheras, pistolas, banderines, fusiles… Todo lo que podía recordar la gesta que allí se vivió.

Trincheras, bunkers, carros de combate y varias placas grandes de mármol con los nombres de los caídos en combate decoraban el escenario del desembarco, en perfecto estado de conservación y adornado con banderas de los países combatientes.

Una barca transportaba a los visitantes por las cinco playas y, montados en ella, las recorrimos todas. Al llegar a la de Omaha pudimos visitar el cementerio de los americanos, donde están enterrados los dos hijos del presidente Roosevelt.

 Presenciamos un desfile militar con aviones de donde saltaban paracaidistas directamente al mar, y cientos de hombres desfilaron con sus bandas de música tocando sus himnos y marchas militares, aplaudidos por el público allí concentrado. Aunque lo que a todos nos sobrecogió fue el toque de silencio en recuerdo de los caídos, que interpretó magistralmente un trompeta.

“¡Qué tragedia tan grande son las guerras! Qué de personas jóvenes perdieron la vida y quedaron aquí enterrados, frente a este inmenso mar bravío y azul del que nunca podrán disfrutar, como lo estoy haciendo yo ahora”.

 La voz de Juan,  que nos recordaba la necesidad de dirigirnos a Ruan para comer, me sacó de mis reflexiones y apresuradamente les seguí, hasta el lugar donde estaba aparcado el coche.

Pasamos la tarde en la ciudad viendo sus monumentos. La catedral gótica de Notre Dame de Ruan nos resultó especialmente impresionante. Sus primeras piedras se remontan a la alta Edad Media. La nave central posee en el crucero un cimborrio rematado por una colosal aguja de hierro fundido. Las dos torres más altas, que se encuentran en la fachada occidental, son las llamadas “torres de la mantequilla», ya que las obras para su construcción fueron costeadas con el dinero que se pagaba a la iglesia para poder consumir mantequilla durante la cuaresma. Estas, con sus ciento cincuenta y un metros de altura, la convierte en la más alta de las catedrales de Francia.

El palacio arzobispal y las construcciones anexas datan de la misma época. Por muchos es sabido que en el siglo XIX, la fachada de esta catedral le sirvió al pintor Claude Monet para pintar treinta y un cuadros en distintas versiones de coloridos diferentes, según se reflejaba la claridad de las horas del día y la influencia del clima en ella.

El Monte de Saint-Michel, coronado por la Abadía de los monjes Benedictinos, impresiona nada más verlo en la lejanía. La mitad del terreno lo rodea el mar y la otra la tierra. Resulta fatigosa su ascensión por medio de escaleras, pero merece la pena admirar tanto arte y belleza que aquel lugar atesora.

De vez en cuando se forman grandes tormentas, el mar se embravece y las olas rompen contra el monte. Entonces, la parte de tierra queda cubierta por el mar formándose una isla, y eso fue lo que ocurrió aquella tarde. Por suerte no quedábamos ya muchos visitantes, pero antes de que se echara la noche vinieron unas barcas a recogernos para llevarnos a tierra firme.

Preguntaron quién sabía remar y mis tres acompañantes aceptaron manejar ellos la barca. Había sitio para cuatro así que, una vez acomodados, intentamos alcanzar tierra firme.

Las olas cada vez eran más altas, una de ellas nos invadió por completo. Yo sentí un golpe en la cabeza y todo se volvió negro a mi alrededor. Cuando desperté me encontré tumbada en una playa de arena blanca y fina. Elena estaba a mi lado para darme calor.

—¿Cómo estás mamá? —preguntó Marisol.

—Un poco mareada. Dime, ¿qué lugar es este?

—Creo que una isla desierta a la que hemos llegado empujados por el oleaje y empapados hasta los huesos. Los móviles no funcionan. Con unas tablas secas que Juan ha encontrado y con mi mechero hemos conseguido hacer un fuego. Ponte de pie y apóyate en nosotras para acercarte a la hoguera. Aunque la temperatura es buena, vamos a coger un buen catarro como no se nos seque la ropa.

Entre las dunas que se divisaban encontraron unos frutos de color azul que resultaron ser jugosos y comestibles. Pasadas unas horas la luna llena iluminó la playa que adquirió un ambiente de tranquilidad. El murmullo de las olas del mar en calma y el cansancio que llevábamos acumulado hizo que los cuatro nos acomodáramos sobre la arena y durmiéramos hasta el amanecer.

Decidimos ir todos juntos a inspeccionar la isla. Encontramos árboles frutales, percebes incrustados en las rocas, arbustos, pájaros y caracolas de colores que Elena se apresuró a recoger. Pero lo que más alegría nos dio fue encontrar la entrada de una cueva al levantar unos ramajes que podían servirnos para hacer fuego.

Penetramos en ella,  varias cajas de chapa y un transmisor de radio fue lo que allí encontramos.

—Creo que lo primero es ver si este aparato emite señales —comentó Juan.

Entre los tres se pusieron a manipularlo y en unos minutos hablaban con el puerto más cercano.

Las cajas contenían documentos y planos de incalculable valor histórico, según nos dijeron en el consulado de España, cuando se las entregamos al día siguiente de ser rescatados por los guardacostas franceses.

Felizmente volvimos a casa, con la certeza de que jamás olvidaríamos aquel viaje a Normandía.

Farmacia. Relato de Mª Luisa Illobre

Farmacia. Relato de Mª Luisa Illobre

Eran las nueve de la mañana y Pilar levantó la persiana de su farmacia. Entró Rufina.

—Buenos días, prenda. Veo que trae usted una bolsa.

—Pues mira, hija, ha venido mi prima de Tolouse y me ha traído la revista SEMANA en la que se dice que la baba de caracol es lo definitivo para las arrugas. Así que he ido al prado del Demetrio y he cogido todos estos.

—Pero Rufina, hay casos y quizá en el suyo es un poco tarde para esto.

—Oye, niña, no me vas a llamar vieja, en tal caso llámaselo a tu abuela.

Salió de la farmacia enfadadísima.

Se abrió la puerta y entró Pedro, que era un muchacho macizo del pueblo.

—Oye, “pibe,” que me han salido muchos granos en la cara. Presiento que el de la tasca nos da por copas cualquier matarratas que tiene.

—No te preocupes, que eso que te pasa es acné, que se les quita a la mayoría de los chicos. Date esta pomada al acostarte y verás como se te va curando.

—¿Y si no me acuesto?

Como no quedaba nadie, Pilar entró en la rebotica. Tenía que preparar lo de Emiliano como todos los días. Era un hombre maduro que a diario pasaba a por la fórmula que Pilar le preparaba y que le mantenía lozano a pesar de sus ochenta. Pero sonó el teléfono. Era su pareja.

—Oye, cariño, cuando cierres paso a por ti y damos un paseo hasta el jardín de la duquesa, que he descubierto unos rincones increíbles… Tengo muchas ganas de estar contigo.

—Mira, no puedo porque Emiliano tiene visita y no puede recoger ahora lo suyo. Vendrá tarde, cuando se vaya la visita.

A los diez minutos entra una señora de buen porte con un niño de cinco o seis años.

—Buenos días, dígame.

—Pues mire, vengo a la farmacia porque el niño no obra.

—¿Qué no qué?

—Mire, que el niño no caga.

—¡Ah! ¿Pero desde hace muchos días?

—Pues mire, calculo que tres o cuatro.

—Pero bueno, usted no sabe si va al baño o no…

—Mire, yo le veo salir de allí muy muy rojo, pero ya sabe usted… Los niños son así. Cuentan, cuando no tienen que contar.

Pilar fue a la estantería y volvió con una cajita.

—Mire, son unas canuletas que al cuarto de hora de ponerse una, le hará efecto.

El niño no perdía detalle de la conversación.

—Mamá, ¿pero que dice esta mujer?, ¿que me vas a meter esto por el culo? Vamos, que ni de coña me pones eso a mí…

Salieron sin nada.

Eran las nueve. Pilar se quitó la bata, bajó la persiana y echó el cierre. Hacía una noche fabulosa. Corría un vientecillo delicioso. El cielo estaba cuajado de estrellas y comenzó a andar poco a poco. ¿Y si seguía andando hasta su casa? Así lo hizo, pensando que se merecía el paseo después del día tonto que había tenido.

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Viaje espacial. Relato de Soledad del Yerro

Viaje espacial. Relato de Soledad del Yerro

Las dos primeras décadas del siglo XXI fueron las más prolíficas en el desarrollo tecnológico de la historia de la Humanidad. Los descubrimientos en el campo de la mecánica cuántica y la comprensión de la ciencia por parte de la población generaron un pico de demanda social hacia los científicos para que nos pronunciáramos sobre los viajes en el tiempo.

La gente quería saber si sería posible conocer a sus antepasados, si su enfermedad mejoraría, si los hijos tendrían un buen futuro, si les iba a tocar la lotería, si los dinosaurios desaparecieron por el choque de un cometa…

Hicimos todas las especulaciones, simulaciones y experimentaciones posibles.  Desgraciadamente, la física fue tozuda no queriendo cambiar sus leyes.

Extenuados por el esfuerzo, sentenciamos: «Las teorías de viajes en el tiempo no son más que eso, teorías. El pasado es pasado e imposible volver a él. El futuro es futuro e inalcanzable”.

En aquellas reuniones, algunos defendíamos otras alternativas para los viajes al futuro. Recuerdo el último rifirrafe:

—El futuro no está creado y existen infinitas posibilidades, miles de caminos que se desarrollarán de muchas formas y no los hemos descubierto. Hoy por hoy, viajar al futuro es imposible, aunque existe otra posibilidad.

No era la primera vez que utilizaba mi argumento, pero la comunidad ya estaba derrotada por las evidencias.

—Amigo Ismael, el futuro es influenciable por los hechos que acontecen, puede moldearse superficialmente, pero siempre surgen interacciones que modifican el comportamiento del tiempo y lo convierten en impredecible. Por eso es imposible ir al futuro. —El doctor Álvarez utilizaba las conclusiones a modo de dogma.

Yo me defendía.

—No hablo de máquinas, ni de entrelazamientos cuánticos, ni cuerdas cósmicas, ni agujeros de gusanos, ni pliegues del espacio. Tampoco hablamos de leyes imposibles de ejecutar. Hablo de cerrar los ojos y abrirlos cientos de años más tarde. Un viaje unidireccional sin posibilidad de retorno al pasado.

Y me replicaban.

—Tú y ese imposible despertar en el futuro. De todas formas, ¿de qué nos serviría ahora en el presente?

—Les servirá a ellos, a los habitantes del futuro; dispondrán de la experiencia directa de nuestras vivencias y especulaciones en el siglo XXI. Tendrán una historia viva del pasado y un análisis real de aquel presente. Un aviso de lo que nos preocupaba para el futuro, su presente. Así, tal vez, ellos podrán dirigir su futuro.

—Ismael, tu viaje al futuro es un suicidio sin paliativos.

Esas fueron las últimas palabras que escuché del doctor Álvarez. Me expulsaron del gabinete de asesores de la Organización Mundial de la Ciencia en ese preciso instante.

Recluté a un reducido equipo de jóvenes científicos que me ayudaron a investigar, y más que viajar al futuro supimos que teníamos que viajar al espacio para resolver el calentamiento global que nos estaba dando avisos de su realidad. Estábamos seguros de que en el próximo siglo la tierra empezaría a tener sed, y nada sería igual. Había que luchar por el «Agua», ese líquido singular cuya existencia estaba agotándose, por lo que había que indagar y buscar H20. Es una sustancia esencial para todas las formas de vidas conocidas, compuesta por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, que se puede encontrar en estado líquido, sólido o gaseoso.

Como es natural, el que tenía que realizar el viaje era yo. Mi entusiasmo decayó cuando observé cómo de los ojos de Rocío, mi principal ayudante y queridísima esposa, brotaban abundantes lágrimas. Se sobrepuso con rapidez diciéndome:

 —No te extrañe que llore, presiento que tardaré muchos años en volver a verte, pero seré feliz sabiendo que nuestros sueños se están cumpliendo.

Antes de su partida nos dio tiempo a despedirnos, conscientes los dos de la suerte que habíamos tenido de compartir un trabajo tan gratificante y un amor que tan plenamente había llenado nuestras vidas.

Cuando vi a Ismael sobre la camilla, ayudé al doctor Marín a colocarle la envoltura traslúcida que contenía la información cerebral necesaria para construir aquel especial androide que podía percibir el mundo externo en su totalidad, siendo capaz de llegar a cualquier lugar y soportar las temperaturas de los planetas extrasolares, solo con el fin de cumplir el objetivo de salvar nuestro planeta.  Sentí entonces que mi corazón aceleraba de un modo anormal sus latidos, y caí al suelo perdiendo todo contacto con la realidad.

Al despertar, la cápsula que había enviado a Ismael a otras galaxias se había perdido en el infinito. El mareo no provenía solo de la emoción de la partida, pues vino acompañado de la noticia de un posible embarazo.

¡Qué feliz me sentía de saber que el inmenso amor que nos profesábamos iba a ser bendecido por la llegada de un hijo que me acompañaría y me haría más llevadera la ausencia de Ismael! ¡Cuánto hubiera disfrutado él con esa noticia! Claro que lo mismo se habría ido más preocupado, fue mejor así.

Pasaron los meses y nació Laura, que llenó mi vida por completo. Como siempre vivió rodeada de científicos, y la historia de su padre es fácil que la fascinara, cuando cumplió veintidós años entró a formar parte de nuestro viejo equipo.

Nuestros temores se fueron haciendo realidad, el calentamiento global se hizo evidente, las reservas de agua se agotaban, y los cuerpos de personas o animales desfallecían o agonizaban por doquier. La tierra, desértica, medio en tinieblas y sin agua, estaba próxima a un apocalipsis.

De pronto, un día cuando nadie se lo esperaba, un intenso temblor sacudió el planeta entero; no recuerdo el tiempo que duró, solo sé que mis lágrimas se mezclaron con una menuda lluvia que fue arreciando y en pocos días el planeta volvió a tener vida, pudiendo apreciar que nuestros pulmones se oxigenaban y el paisaje se llenaba de olor y color.  La vida volvió a ser como antes o todavía mejor.

Mi hija y yo nos abrazamos alborozadas sintiéndonos orgullosas de aquel hombre bueno y sabio que sacrificó su vida por salvar el planeta, a la vez que conseguía ver realizados sus ideales. 

Ya no sé si me quedará tiempo para esperar la vuelta de Ismael. Si no es así seguro que nos encontraremos en otra vida, pues estoy convencida de que muchas cosas se consiguen, aparte de por la ciencia, por amor, y de eso sabíamos mucho Ismael y yo.  

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