
Fuimos de viaje a Normandía porque se celebraban los sesenta años del histórico desembarco del bando aliado sobre el ejército alemán, uno de los hechos más importantes de la segunda guerra mundial. La promotora principal fue mi nieta Elena, entonces adolescente, a la que siempre le interesó la historia, y allí que viajamos sus padres y yo, gustosos de acompañarla en su aventura.
Llegamos a Caen un atardecer del mes de agosto. Habíamos reservado habitaciones en una casa rural a las afueras de esta ciudad. Estaba nublado, pero, aun así, la casa nos encantó, parecía un castillo. Unas verjas grandes forjadas cubrían unas puertas de madera maciza labrada y con unos enormes clavos incrustados en ella.
El jardín que rodeaba el edificio estaba muy bien cuidado. Las hortensias de varios colores, los distintos verdes y amarillos de flores y árboles que adornaban y perfumaban el aire del recinto nos causaron a todos una grata sensación.
A la mañana siguiente madrugamos y, después de desayunar, los cuatro viajeros nos subimos en el coche.
—¿A qué playa vamos? —preguntó Elena.
—A la de Utha, es la más cercana —respondió su padre.
Había un sinfín de tenderetes donde se vendía toda clase de cascos, gorros cartucheras, pistolas, banderines, fusiles… Todo lo que podía recordar la gesta que allí se vivió.
Trincheras, bunkers, carros de combate y varias placas grandes de mármol con los nombres de los caídos en combate decoraban el escenario del desembarco, en perfecto estado de conservación y adornado con banderas de los países combatientes.
Una barca transportaba a los visitantes por las cinco playas y, montados en ella, las recorrimos todas. Al llegar a la de Omaha pudimos visitar el cementerio de los americanos, donde están enterrados los dos hijos del presidente Roosevelt.
Presenciamos un desfile militar con aviones de donde saltaban paracaidistas directamente al mar, y cientos de hombres desfilaron con sus bandas de música tocando sus himnos y marchas militares, aplaudidos por el público allí concentrado. Aunque lo que a todos nos sobrecogió fue el toque de silencio en recuerdo de los caídos, que interpretó magistralmente un trompeta.
“¡Qué tragedia tan grande son las guerras! Qué de personas jóvenes perdieron la vida y quedaron aquí enterrados, frente a este inmenso mar bravío y azul del que nunca podrán disfrutar, como lo estoy haciendo yo ahora”.
La voz de Juan, que nos recordaba la necesidad de dirigirnos a Ruan para comer, me sacó de mis reflexiones y apresuradamente les seguí, hasta el lugar donde estaba aparcado el coche.
Pasamos la tarde en la ciudad viendo sus monumentos. La catedral gótica de Notre Dame de Ruan nos resultó especialmente impresionante. Sus primeras piedras se remontan a la alta Edad Media. La nave central posee en el crucero un cimborrio rematado por una colosal aguja de hierro fundido. Las dos torres más altas, que se encuentran en la fachada occidental, son las llamadas “torres de la mantequilla», ya que las obras para su construcción fueron costeadas con el dinero que se pagaba a la iglesia para poder consumir mantequilla durante la cuaresma. Estas, con sus ciento cincuenta y un metros de altura, la convierte en la más alta de las catedrales de Francia.
El palacio arzobispal y las construcciones anexas datan de la misma época. Por muchos es sabido que en el siglo XIX, la fachada de esta catedral le sirvió al pintor Claude Monet para pintar treinta y un cuadros en distintas versiones de coloridos diferentes, según se reflejaba la claridad de las horas del día y la influencia del clima en ella.
El Monte de Saint-Michel, coronado por la Abadía de los monjes Benedictinos, impresiona nada más verlo en la lejanía. La mitad del terreno lo rodea el mar y la otra la tierra. Resulta fatigosa su ascensión por medio de escaleras, pero merece la pena admirar tanto arte y belleza que aquel lugar atesora.
De vez en cuando se forman grandes tormentas, el mar se embravece y las olas rompen contra el monte. Entonces, la parte de tierra queda cubierta por el mar formándose una isla, y eso fue lo que ocurrió aquella tarde. Por suerte no quedábamos ya muchos visitantes, pero antes de que se echara la noche vinieron unas barcas a recogernos para llevarnos a tierra firme.
Preguntaron quién sabía remar y mis tres acompañantes aceptaron manejar ellos la barca. Había sitio para cuatro así que, una vez acomodados, intentamos alcanzar tierra firme.
Las olas cada vez eran más altas, una de ellas nos invadió por completo. Yo sentí un golpe en la cabeza y todo se volvió negro a mi alrededor. Cuando desperté me encontré tumbada en una playa de arena blanca y fina. Elena estaba a mi lado para darme calor.
—¿Cómo estás mamá? —preguntó Marisol.
—Un poco mareada. Dime, ¿qué lugar es este?
—Creo que una isla desierta a la que hemos llegado empujados por el oleaje y empapados hasta los huesos. Los móviles no funcionan. Con unas tablas secas que Juan ha encontrado y con mi mechero hemos conseguido hacer un fuego. Ponte de pie y apóyate en nosotras para acercarte a la hoguera. Aunque la temperatura es buena, vamos a coger un buen catarro como no se nos seque la ropa.
Entre las dunas que se divisaban encontraron unos frutos de color azul que resultaron ser jugosos y comestibles. Pasadas unas horas la luna llena iluminó la playa que adquirió un ambiente de tranquilidad. El murmullo de las olas del mar en calma y el cansancio que llevábamos acumulado hizo que los cuatro nos acomodáramos sobre la arena y durmiéramos hasta el amanecer.
Decidimos ir todos juntos a inspeccionar la isla. Encontramos árboles frutales, percebes incrustados en las rocas, arbustos, pájaros y caracolas de colores que Elena se apresuró a recoger. Pero lo que más alegría nos dio fue encontrar la entrada de una cueva al levantar unos ramajes que podían servirnos para hacer fuego.
Penetramos en ella, varias cajas de chapa y un transmisor de radio fue lo que allí encontramos.
—Creo que lo primero es ver si este aparato emite señales —comentó Juan.
Entre los tres se pusieron a manipularlo y en unos minutos hablaban con el puerto más cercano.
Las cajas contenían documentos y planos de incalculable valor histórico, según nos dijeron en el consulado de España, cuando se las entregamos al día siguiente de ser rescatados por los guardacostas franceses.
Felizmente volvimos a casa, con la certeza de que jamás olvidaríamos aquel viaje a Normandía.
Imaginación y realismo