Los Mayores Cuentan

Blog participativo hecho por mayores para mayores

Recuerdos. Microrrelato de Carmen Jiménez

Recuerdos. Microrrelato de Carmen Jiménez

Yo tenía una casita en Punta Penna, a orillas del mar Adriático.

En la puerta, crecía un rosal, que florecía en primavera, a pesar de no cuidarlo nunca; lo amaba.

Solía sentarme en el quicio de la puerta al atardecer, para ver cómo la marea subía poco a poco, arrastrando conchas, piedrecillas, restos de algas…

Cuando se retiraban las olas, hacían espuma blanca, a veces dorada por los rayos del sol, que se iba ocultando, para dar paso a su amada luz nocturna.

Yo me identificaba con esa espuma y sentía que era ella misma.

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Anita Delgado, Maharaní de Kapurthala. Texto de Carmen Cendón

Anita Delgado, Maharaní de Kapurthala. Texto de Carmen Cendón

Anita Delgado nació en Málaga en 1890, hija de Ángel Delgado de los Cobos y Candelaria Briones. Sus padres tenían un pequeño café, y ella pronto manifestó inquietudes artísticas, y junto con su hermana comenzó clases de declamación, pero debido a la difícil situación económica de sus padres emigraron a Madrid.

Ya en Madrid retomaron sus estudios y debutaron como bailarinas de cuplés, formando un dúo en el café-concierto Central Kursaal, situado en la plaza del Carmen. A este local acudían artistas e intelectuales.

Cuando se iba a celebrar la boda de Alfonso XIII en Madrid, vinieron personajes de la realeza de todo el mundo, entre ellos Jagatjit Singh, Maharajá de Kapurthala, que acudió a ver el espectáculo de Anita y, quedando prendado de su belleza, quiso conocerla.  Anita no accedió.  Debido al atentado de la boda el maharajá se fue de Madrid y desde Francia insistió y le pidió a Anita que se casara con él. Anita finalmente aceptó.

Viajó a París donde se casaron por lo civil y después en la India por el rito Sij. Vivió años en la India y tuvo un hijo. En 1914, acompañó a su marido, que iba a Europa a ponerse al servicio del ejército británico a raíz del estallido de la primera guerra mundial. En 1925, después de 18 años de matrimonio, se divorció y se fue de la India para siempre. Vivió en París, Málaga y Madrid donde falleció en 1962 a los 72 años de un ataque cardíaco.

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Cobardía. Relato de Soledad del Yerro

Cobardía. Relato de Soledad del Yerro

Nací en el seno de una familia de clase media normal, mi padre era funcionario público y mi madre era “Dª Carmen Robles, la maestra de escuela de mi pueblo». No es que les sobrara el dinero, porque sus sueldos no eran muy altos, pero la cultura y el amor al estudio lo percibí en mi casa desde niño. No tuve hermanos y mis padres quizá por esa razón eran muy severos conmigo, les preocupaba que fuera un hijo único mal educado.

Controlaron mi vida de tal forma, que no se dieron cuenta de que anulaban mi personalidad. Mientras eres niño obedeces, aunque alguna vez te rebeles en tu interior.  Llegué a la adolescencia y mis ropas tenían que ser a gusto de mis padres, llegó la hora de matricularme para el instituto y no pude hacerlo con mis compañeros, tuvo que ser mi padre el que me acompañara para que todo lo hiciera bien. Para salir con mi panda de amigos, tenía que tener todos los deberes hechos, sacar buenas notas y que todos fueran de su agrado.

Me sentí libre el día que cogí la maleta y me vine a Madrid a estudiar la carrera de Arquitectura, pues gracias a que saqué buenas notas en la selectividad tuve suficientes puntos para acceder a ella. Me instalé en la ciudad universitaria en el Colegio Mayor Méndez, compartí la habitación con Francisco, un chico andaluz muy abierto de carácter y con la idea de que había que disfrutar de la juventud y la libertad que la vida nos otorgaba. No fue una buena influencia para mí, lo reconozco hoy a lo largo de los años vividos . Pero cuando le conocí pensé que así de resuelto me gustaría ser a mí, y como siempre eché la culpa a mis padres por su dominio y protección.

Seguí con mi afición por el estudio, aunque Francisco y varios de sus amigos de correrías me tildaron de empollón aburrido. Porque me dejaran en paz alguna vez los acompañé en sus francachelas, lo que me costaba un gran esfuerzo, beber me causaba dolor de cabeza, los porros que frecuentemente fumaban, y de los que alguna vez di una caladita, tampoco me sentaban bien.

—Qué cobardica eres —solía decirme Francisco—, la vida premia a los valientes, triunfando en lo que se propongan.

De las pocas chicas que estudiaban Arquitectura con la que más intimé fue con Teresa, era buena estudiante y me pasó varios apuntes. Hicimos una buena amistad, yo me encontraba a gusto en su compañía, hasta que me presentó a su amiga Asunción estudiante de Medicina. Me fascinó su belleza y simpatía, me contagió sus ganas de vivir y su fuerte y decidido carácter.

—¿No te parece que es mucho arroz para tan poco pollo? —me preguntaban con burla mis compañeros de habitación. No me molestaba ni en contestarles, seguro estaba de que les daba envidia.

Terminamos a la vez la carrera, yo entré a trabajar en un estudio de arquitectos, y ella después de aprobar el MIR se especializó en Ginecología y se quedó trabajando en el Hospital de la Paz.

Recuerdo el día que un poco avergonzando le confesé mi amor por ella.

— ¿Crees que no lo había notado? Si para mi eres como un libro abierto. Ya estaba pensando que iba a tener que ser yo la que diera el primer paso.

Los dos reímos y cogidos por la cintura caminamos felices.

A mis padres les pareció que había acertado en la elección, y estaban orgullosos de que hubiera aprovechado las oportunidades que me brindaron.

Como el tiempo pasa rápido a los tres años de casados teníamos dos niñas. Nos arreglamos muy bien pues entre los padres de Asunción, que estuvieron pendientes de ayudarnos, y Alejandra, una chica que las cuidó con mucho cariño, pasamos unos años entre el trabajo y la vida social que podíamos sentirnos felices y satisfechos de los logros conseguidos.

Mis padres murieron en un accidente de tráfico en un viaje que les traía a Madrid para pasar unos días con nosotros. Yo sentí que algo iba a cambiar en mi vida, y por supuesto no fue para bien. Comenzó la crisis, el estudio cerró y me encontré en el paro. Asunción con su trabajo cada vez estaba más ocupada y cansada, llegaba a casa y con un buenas noches se dormía sin querer saber nada de mí.

El trabajo me fue negado en todas las puertas en que las que llamé. Empezaron los reproches porque según ella podía haberme hecho millonario si me hubiera decidido a montar un estudio propio y no que me había matado a trabajar para otros. Y ahora me habían puesto en la calle.

Harto de buscar trabajo y triste por el desapego de Asunción, me refugié en la amistad de Francisco que me convenció que invirtiera con él en bolsa los ahorros que tenía, que eran unos bonos muy rentables y que pronto el dinero se triplicaría. Me presentó a varios amigos que estaban encantados con las ganancias que estaban sacando.  Sin decirle nada a mi mujer invertí, a los pocos meses me enteré que todo había sido un fraude y que Francisco estaba en la cárcel por estafador.

El mundo se me vino encima, Asunción echa una furia me dijo que esto no se podía aguantar más, que quería el divorcio de inmediato.  Me fui a una pensión de las más humildes porque el dinero que tenía no daba para mucho, y el vino que nunca me gustó y tan mal me sentaba fue mi único consuelo. Poco a poco perdí hasta la dignidad, comía en Cáritas y en los comedores que se abrieron para gente que se había quedado sin trabajo y poco a poco mi degradación fue tal que acabé durmiendo en la calle, vamos que soy uno de los que llaman “sin techo”.

Esta noche anuncian que la ola de frío y la nieve van a hacer caer las temperaturas a mínimos. He buscado refugio en varios albergues, pero todos están ocupados. Caminando he vuelto a la fábrica abandonada donde suelo pasar la noche, aunque paso miedo pues varias veces he tenido que salir huyendo de una panda de chicos que vienen para apalear a los indigentes.

Pasada media hora sentí ruido, pero me tranquilicé al ver que era otro que como yo se disponía a pasar allí la noche, se envolvió en una manta y se tiró encima de unos cartones, deseándome que pasara buena noche. De pronto, tres o cuatros jóvenes se acercaron a nosotros gritando: «Vamos a dar su merecido a este par de gandules, hay que terminar con esta basura”.  Yo tenía una barra de hierro cerca de mí, la cogí, pero el miedo me paralizó, empezaron a darme patadas y pensé que iban a matarme, pero mi sorpresa fue cuando vi cómo se levantaba el indigente que me acompañaba y se ponía a sacudir a diestro y siniestro hasta que los dejó a todos fuera de combate.

Me sentí más cobarde que nunca al saber que era un policía que exponía todas las noches su vida para salvar a los “sin techo” que eran atacados. Eso sí que era ser valiente.  Le agradecí su defensa, charlamos largo rato y me ofreció a que colaborara como voluntario en la reconstrucción de pueblos abandonados, para la repoblación de estos. Nunca podré pagarle todo lo que hizo para que me acogieran en un pueblo de Galicia donde, al principio por comida y cama, me uní a un equipo de voluntarios formado por mujeres y hombres que en unos meses trabajando duro reformamos casas, escuela, línea telefónica y un dispensario pequeño para consulta médica. En fin, que allí encontré motivos para seguir viviendo, y tanto el pueblo como yo volvimos a estar llenos de vida.

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Insomnio. Poema de Soledad del Yerro

Insomnio. Poema de Soledad del Yerro

Insomnio

Las horas siguen pasando

la mente piensa que piensa,

el sueño me está negado

y me ahoga la tristeza.

Solo se escucha el silencio

que la noche trae consigo,

por mucho que me conciencio

hoy dormir no he conseguido.

Quiero que esta noche acabe

que amanezca un nuevo día,

que mi cabeza descanse

y se acabe esta agonía.

Solo el tic tac del reloj

ha sido mi compañía,

de esta noche de dolor

que al alma tengo cogida.

Alguien me lo está causando

una persona querida,

que me dejó sin aliento

al recibir la noticia.

Donde me pide el divorcio

porque formó otra familia,

en otra parte del mundo

donde por negocios iba.

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Relato de Soledad del Yerro inspirado en «Del misterio» de Valle-Inclán

Relato de Soledad del Yerro inspirado en «Del misterio» de Valle-Inclán

Soledad del Yerro ha recreado el relato “Del misterio” de Ramón del Valle-Inclán, incluido en su libro Jardín Umbrío, un compendio de magistrales narraciones inspiradas en la tradición popular gallega.

Está escrito en primera persona puesto que es un niño el que cuenta las experiencias que vivió en casa de su abuela, y el recuerdo tan tenebroso que dejó en él una amiga de esta llamada Soledad.

Todos los días se reunían para hacer calceta y esta señora les decía que sentía el paso de las almas cuando dejaban este mundo, y podía comunicarse con ellas o presenciar lo que les estaba pasando.

Un día que el niño estaba en brazos de su madre, Soledad le dijo que cuanto se parecía a su padre. Entonces se establece un diálogo entre la madre del niño y la señora vidente.

—¿Podría decirme cómo se encuentra en estos momentos mi marido, y padre de mi hijo que está en la cárcel por ideas políticas?

La vidente entra en trance y le dice que su marido ha huido de la cárcel y que ha quitado la vida a un guardián, clavándolo un cuchillo en el cuello; que ahora va sólo por un camino solitario, pero que el muerto con el cuchillo clavado lo seguirá mientras viva.

Al niño se le ponen los pelos de punta, porque es el único que, a través de un espejo, ha visto la escena que la amiga de su abuela describía. Y esto le martirizó varios años de su vida.

Si te ha gustado la breve recreación realizada por Soledad y quieres escuchar la versión original de Valle-Inclán puedes hacerlo a través del siguiente enlace (9 minutos):

https://archive.org/details/jardinumbrio_2207_librivox/jardinumbrio_10_valleinclan_128kb.mp3

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Sesión de Ouija. Relato de Soledad del Yerro

Sesión de Ouija. Relato de Soledad del Yerro

La Ouija, seguro que todos habéis oído hablar de este tablero o quizá hayáis tenido la ocasión de experimentar con él. Se dice de todo, que si está embrujado, si está poseído por el demonio, y cientos de cosas más.

Una tarde siendo aún muy jóvenes, estábamos reunidas en casa de una amiga, que era la pequeña de ocho hermanos. Tres de sus hermanas mayores que nosotras, como sus padres no estaban en casa, nos propusieron experimentar con un tablero que se llamaba Ouija. Tuvieron que explicarnos que encima del tablero se ponía un vaso, que debíamos pensar en una persona muerta cercana en parentesco y cariño, poniendo el dedo índice sobre el vaso, y este se movería, acercándose a la que el espíritu invocado iba a contestar.

Nos sentamos nueve niñas alrededor de una mesa, y Clara, que era la mayor, se excusó porque ya éramos bastantes, bajó las persianas dejando la habitación a oscuras, y todas pusimos el dedo en el vaso, dando comienzo a la sesión.

Yo pensé en mi abuela, que había muerto con casi cien años y yo la quería mucho, no me daba ningún miedo contactar con ella. El vaso parecía que lentamente se acercaba hacía mí, pero de pronto, las sillas de tres de mis compañeras empezaron a correrse hacia atrás, separándolas de la mesa. Se levantaron chillando, el gato siamés de la dueña de la casa pegó un bufido y saltó de un brinco sobre el tablero, porque al correr las sillas y levantarse le habían pisado el rabo, el vaso cayó al suelo y se hizo añicos.

Las mayores se reían a carcajadas, mientras nosotras estábamos pálidas del susto. Según ellas, nos habían gastado la broma de atar unas finas cuerdas en tres sillas, y cuando estábamos en trance esperando hablar con los espíritus, tres de los hermanos que estaban escondidos habían tirado de ellas, para que las sillas se separaran de la mesa. Su idea era asustarnos, para que nunca se nos ocurriera usar el tablero de la Ouija, ya que era una vivencia muy peligrosa.

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