Los Mayores Cuentan

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El asesino del lago. Relato de Soledad del Yerro

El asesino del lago. Relato de Soledad del Yerro

Fotografía de portada: Lago de Sanabria. Javier Díaz Barrera

Siempre me gustaron las novelas policiacas y de intrigas, me parecía apasionante cómo se resolvían tantos y tantos casos de robos, crímenes y atrocidades que el género humano suele cometer.

Terminé tres años de licenciatura, los que me sirvieron para prepararme unas oposiciones como inspector de policía, que con bastante esfuerzo aprobé. Hace dos años que estoy destinado en la Comisaría Provincial de Zamora, como el comisario Juan Zabaleta.

A los pocos días de ocupar mi puesto, tuve que marchar con Ana, mi ayudante,  una policía guapa, muy inteligente y, dicho sea de paso, que conduce mejor que yo, a la comarca de Sanabria, de donde nos llegaron denuncias de varios casos de robos, en viviendas y casas rurales.

Pronto averiguamos que se estaba pasando mucho contrabando de droga desde Portugal y que, en los jóvenes de los pueblos de esta zona, estaba haciendo estragos la maldita heroína.

Después de varios días de intenso trabajo, logramos averiguar quiénes eran los camellos y entre los consumidores encontramos al ladrón de los robos que, con tal de sacar dinero para esta sustancia, fue capaz de robar hasta a su propia familia. Raúl se llamaba. Todos fueron a la cárcel con más o menos condena.

Ana, que era de Puebla de Sanabria, aprovechando los pocos ratos que tuvimos libres me enseñó orgullosa la grandiosidad de aquellos lugares. El lago de Sanabria, al que le da su nombre la comarca, es el único en España de origen glacial y uno de los mejores conservados de Europa, de aguas cristalinas y exuberante vegetación. Lo recorrimos a bordo de un moderno barco, quedando maravillado de la fauna, flora y geología de esta singular reserva natural.

 Era el mes de junio y la temperatura de lo más agradable. Cuando nos disponíamos a subir al barco, un pasajero dio la voz de alarma: con su cámara había captado lo que parecía un cadáver de animal o persona en la otra orilla del lago.

Ana y yo nos dirigimos en una lancha motora al lugar indicado donde, efectivamente, hallamos el cuerpo de una mujer de unos cuarenta años, rubia, de uno sesenta de estatura, que yacía flotando en aquel rincón del lago, sin duda alguna, muerta.

—Ana, llama a la Guardia Civil y que avisen al juez y al forense; nosotros, sin tocar el cadáver, vamos a rastrear la zona.

Hicimos un examen de varios metros de diámetro y no encontramos pista alguna. El juez ordenó el levantamiento del cadáver y la doctora forense, Pilar de la Vega, ordenó trasladar el cuerpo al Anatómico Forense donde le practicaría la autopsia.

El resultado de esta nos aclaró que no había muerto ahogada. Tenía un tiro en la nuca, llevaba muerta cuarenta y ocho horas y todo indicaba que la habían matado en otro lugar y seguramente la habían arrojado al lago desde una lancha.

A la mañana siguiente, me dirigía al despacho que el juzgado municipal me había habilitado, cuando Ana, que estaba desayunando en una cafetería cercana, salió a mi encuentro .

—Comisario, ya sabemos la identidad de la fallecida, Marisa Ruiz. Es vecina de Trefacio, tiene dos hijos gemelos de veinte años y lleva diez meses separada de su esposo.

—¿De éste que se sabe? —pregunté.

—Según los hijos, siempre ha trabajado en Eiriceira, un pueblo de Portugal. Parece ser que la distancia (su madre y ellos siempre vivieron en Trefacio) fue la causa de que la relación entre el matrimonio se fuera enfriando, pero que el divorcio había sido amistoso. Los chavales están descompuestos y asustados. No saben quién le ha podido hacer esto a su madre.

—Buen trabajo, Ana. Cuando llegue el marido iremos a interrogarle.

La mañana fue intensa de trabajo: los jueces habían decidido enviar a Raúl, el chaval que había sido acusado de varios robos por su adicción a la heroína, a un centro de rehabilitación. Los padres pagaron los daños y perjuicios que había causado su hijo.

Cuando nos disponíamos a salir para comer algo y acercarnos a interrogar a marido y familiares de la víctima, sonó el teléfono. Contesté contrariado por la inoportunidad de la llamada:

 —Comisario Zabaleta al habla.

Una voz temblorosa me comunicó que otro cadáver de mujer estaba flotando en el lago. El denunciante era Jaime, un joven que alquila Patines y Canoas en la playa de «El Folgoso». Le di las gracias y rápidamente Ana y yo salimos hacia el lugar de los hechos.

Esta vez fue una pareja de recién casados, que se habían acercado a pasar el día en esta pequeña playa del lago cuando, al llegar al embarcadero a dejar la canoa que habían alquilado, vieron el cuerpo de la mujer flotando en el agua.

—Comisario —dijo Ana—, la mujer vista desde aquí se parece a la de ayer, solo cambia el color del pelo

—Tienes razón, Ana.

Cuando el juez y la doctora de la Vega examinaron el cadáver llegaron a la conclusión de que el crimen era muy parecido al de Marisa Ruiz. Como el día anterior, no había ningún detalle que nos pudiera conducir al asesino.

La autopsia, de nuevo,  les dio la razón. Las dos víctima tenían una edad parecida y en ambos casos la causa de la muerte fue un tiro en la nuca con balas del mismo calibre.

La mujer resultó ser vecina de otro pueblo cercano, divorciada, pero sin hijos.

—Ana, hay que avisar a la Guardia Civil para que pongan vigilancia día y noche en el lago. Me parece se trata de un asesino en serie.

Las únicas pistas que teníamos eran las balas y que, entre las uñas de la segunda víctima, la forense encontró piel de su agresor, lo que indicaba que intentó defenderse.

Llevábamos una semana vigilando el lago, interrogando a familiares y amigos, esperando los resultados de balística y los análisis de la piel del asesino.  En ese momento de relax mis ojos tropezaron con la mirada de Ana que un poco azarada fijó su mirada en el ordenador, aunque un leve rubor subió a sus mejillas. Cosa que a mí me resultó grato observar.

De mis dulces pensamientos me sacó la voz de Raúl que, gritando, pedía hablar conmigo. Abrí la puerta del despacho y el chico entró en tromba.

Había venido a pasar el fin de semana a su casa con permiso del centro donde estaba recluido. Dando un paseo se había acercado al lago y en un recodo del camino, había visto como un hombre no muy alto pero ancho de espaldas y de fuerte complexión, estaba arrojando al lago un gran bulto desde una canoa. La escena le resultó muy sospechosa así que, escondido entre los árboles, observó que el individuo iba vestido con ropa de camuflaje como la que llevan los militares en maniobras y se cubría la cabeza con una capucha que le impidió ver su cara. Tras deshacerse del bulto, el misterioso personaje giró la canoa hacia la parte del norte del lago y allí Raúl le perdió de vista.

Inmediatamente me puse en contacto con el jefe de la Guardia Civil destacado en la zona, quien me confirmó el hallazgo en el lago de una tercera mujer asesinada.

Las sospechas de la Guardia Civil recayeron directamente sobre Raúl. Dado el férreo dispositivo de vigilancia establecido sobre el lago era imposible que él hubiera visto algo que pasara desapercibido a los vigilantes. La denuncia era una mera maniobra de despiste para los agentes.

Las características del crimen eran las mismas: una mujer de parecida edad y divorciada. Esta última tenía una hija estudiando en Zamora.

Llamé a la residencia donde Raúl estaba interno y por desgracia me comunicaron que todos los días tenían varias horas de asueto, las qué podría haber aprovechado para cometer los crímenes. Él había usado muchas veces una pistola, para intimidar a la gente cuando entraba en sus casas, para cometer los hurtos.

Raúl juraba y perjuraba que él era inocente. A solas en el despacho, Ana me dijo:

—Comisario, yo estoy segura que este chaval no es el asesino

—Pienso igual que tú —dije yo—, pero de momento no hay otra solución que mandarle a la prisión de Zamora hasta el esclarecimiento de los hechos.

Los resultados de balística nos aclararon que las balas eran calibre 45 ACP, usadas frecuentemente por los cuerpos de vigilancia del Estado.

Dispuse que mi ayudante y yo fuéramos al lago para hablar con los agentes implicados en el dispositivo de vigilancia. Entre ellos había varios solteros y algún casado.

—¿Divorciado no hay ninguno? —preguntó Ana.

—Sí —contestó uno de los más jóvenes—. Hay dos, uno que es de Sanabria y otro que ha venido destinado de Madrid.

En ese momento salía uno de los mencionados de uno de los servicios allí instalados.

Al saludarnos observé que tenía varios arañazos en la cara.

—¿Cómo te has hechos esos arañazos? —pregunté.

—Rastreando el terreno me raspé con un rosal —contestó un tanto esquivo.

—Pues te vas a venir con nosotros para que te vea el médico en el cuartel —ordené. Hablaré con el cabo para que te releven.

—No hace falta, comisario, si esto no es nada —y mientras lo decía echaba mano a su pistola.

Ana sacó rápidamente la suya y, con gran rapidez, le redujo colocándole las esposas.

Una vez en comisaría, confesó que le había abandonado su mujer y nunca pudo encontrarla. En su desesperación cada vez que trataba con alguna divorciada, le hacía pagar lo que le hubiera gustado hacerle pagar a ella.

Raúl quedó rápidamente en libertad, pues además de que el caso estaba resuelto, la pistola que usaba en sus atracos era de fogueo, solo servía para intimidar.

Carmen Cendón nos recomienda: «Algo que quería contarte» de Alice Munro

Carmen Cendón nos recomienda: «Algo que quería contarte» de Alice Munro

Carmen Cendón recomienda el libro de relatos «Algo que quería contarte», de la escritora canadiense Alice Munro (1931-2024), galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2013 por su maestría en el arte del relato. Carmen destaca la habilidad de la escritora para describir con precisión los ambientes y las personas, que te hace entrar en el relato y observar desde dentro cómo se desarrolla la historia.

El libro, publicado por primera vez en 1974, recoge una recopilación de 13 cuentos de su primera época como escritora. Alice nació y se crió en el seno de una familia de granjeros, y las historias del libro, casi en su totalidad protagonizadas por mujeres de distintas edades, reflejan la vida en el mundo rural que vivió en su infancia.

«Os lo dedico a todos los escritores y las escritoras del Blog».

¡Muchas gracias, Carmen!

Rateros.  Relato de Mª Luisa Illobre

Rateros. Relato de Mª Luisa Illobre

En un garaje medio derruido tenían reunión varios maleantes cuyo objetivo era atracar a cualquier persona por la calle. Aquella mañana planearon hacer un negocio sonado. Se dirigieron a una parte de la ciudad compuesta por grandes chalets donde pensaban que harían negocio. Dos de ellos llamaron a la primera puerta. Una voz de mujer les contestó.

—Por favor, abra que nos hemos quedado en su puerta. Mi compañero se encuentra mal. No puede respirar bien y se asfixia.

Se oyeron varios pasos e inmediatamente apareció una señora uniformada de mediana edad portando un vaso de agua. La respuesta de los hombres fue un enorme empujón que la hizo caer al suelo.

Penetraron en la mansión y trataron de arramblar con todo los que entraba en dos enormes bolsas, sin darse cuenta de que una discretísima alarma estaba sonando.  Al salir, dos enormes policías los estaban esperando. Como los rateros eran más que conocidos, los dejaron escapar después de vaciar las bolsas, y con una seria recomendación de que a la próxima iban al calabozo.

En cuanto a la otra pareja, cuando intentaron entrar en la urbanización, fueron rechazados

por los de seguridad, que estaban esperando a sus compañeros en la puerta.

Vaya día que se había presentado. No quedaba otra que desvalijar a alguien menos importante. Era ya media tarde. ¡Habría algún anciano para abordar!

Pasaron por unos portales donde varias personas de mediana edad tomaban el fresco. Se acercaron y a fuerza de empujones quería quitarles su dinero —que no tenían— pero sí portaban la mayoría unos terribles bastones con los que les amenazaron con fuerza. Y tuvieron que salir rápidamente ante los golpes que les atizaban.

Siguieron camino. Seguramente en el centro podrían robar a alguien. En un callejón había un enorme tenderete de mantas y cartones al que se dirigieron . Seguramente allí se cobijaría un indigente importante con buen dinero recaudado. De un tirón arrancaron la manta y apareció un enorme perrazo con dientes afilados que se abalanzó sobre ellos, y prácticamente no tuvieron tiempo de salir volando perseguidos por el animal, que ladraba sin parar y les lanzaba grandes derrotes.

En la siguiente calle, recostado en un colchón se encontraron a un viejo que, al pedirle su recaudación, les contó entre hipos que si no tenían algún euro para poderse comprar un cartón de vino. Llevaba todo el día sin dar un trago. Le dieron los pocos euros que llevaban.

El siguiente episodio fue en una tienda que tenía de todo, pero el dueño, al verlos cerca, cerró la puerta en sus narices dejándoles fuera. A voces le dijeron que no querían robarle, pero al menos que les sacara unas trenzas de chocolate, a lo que él accedió dándoles las dichosas trenzas que se le habían quedado rancias del día anterior.

De vuelta a su escondrijo tuvieron una reunión general. Después de estar pateando todo el día, volvían sin un euro y no habían cometido ningún atraco. Como no podían seguir en estas condiciones, acordaron que lo mejor era dar por cancelado el negocio y volverse BUENAS PERSONAS .

Al cabo de varios años siempre recordarían la época de su vida que se les ocurrió dedicarse al robo, con un resultado nefasto.

Cuqui. Relato de Soledad del Yerro

Cuqui. Relato de Soledad del Yerro

Ha sonado el despertador, de un manotazo lo he hecho callar y plácidamente me he vuelto a dormir; mi sueño ya no era tranquilo, algo en mi subconsciente me ha hecho dar un salto en la cama, y al ver la hora que el reloj señalaba, se me ha venido a la mente el cúmulo de obligaciones que me esperaban a lo largo del día.

¡Son las ocho de la mañana, Dios mío! Si hace una hora que tenía que estar preparando las cántaras de la leche después de bautizarla, pues como se me olvide echar dos litros de agua en cada cántara de seis, para qué quiero más con Doña Ana, mi ama.

Cada día es más exigente, más avara y más hipócrita. Con su dulce voz y amable trato, hay que ver cómo engaña a su clientela, me río yo por lo bajito cuando oigo cómo dice que la leche que ella vende es la mejor del pueblo, pura como recién salida de las ubres de las vacas.  Lo del bautizo que yo hago a diario, eso… vamos, que se lo calla.

Eres un zopenco, Cuqui, me decía yo misma, por ser jueves y tener la tarde libre tenías que haberte levantado antes, y tú vas y te duermes. Es verdad, no es un día normal para mí, he quedado con Adolfo, un chico del que estoy enamorada, creo que hago mal consintiendo estas citas, porque él tiene una novia muy guapa que se llama Adela, y sólo cuando se disgusta con ella busca mi compañía. Lo cierto es que con tal de estar con él, no me importa ser plato de segunda mesa.

No se me tiene que olvidar poner un barreño con agua al sol, y cuando todos duerman la siesta me zambulliré en el agua calentita, y con jabón Lagarto y un estropajo fino, quedaré más limpia que una patena.

Ya he visto que en el frasquito de agua de colonia con olor a violetas aún me quedan unas gotas, sé que a Adolfo le gusta olisquearme el cuello, dice que este perfume le enerva.

Menos mal que el ama también ha bajado más tarde de su habitación; hace poco que se casó, ya pasados los cuarenta, con un señor viudo que, según me parece a mí por las miradas que me echa, es bastante mujeriego.

Hoy se ha debido de entretener más de lo que acostumbra en la cama, así yo me he librado de una reprimenda, ya que me ha dado tiempo de tener la leche preparada para su venta.

Nada más desayunar le he recordado que saldré por la tarde y no volveré hasta mañana. Como venía muy satisfecha de su pasada noche, no me ha puesto ningún reparo.

Cuqui, me digo a mi misma, tienes que aprender de ella, con bastantes más años que tú ha encontrado un hombre que le ha dado una estabilidad.  Mientras a ti, solo se te ocurre enamorarte de una persona que te busca nada más que cuando quiere pasar un buen rato.

¿Seré yo capaz de hacerle pasar a Adolfo por el altar algún día?

Cuento de Reyes Magos.  Jesús Sanz Perrón

Cuento de Reyes Magos. Jesús Sanz Perrón

Diz que los Reyes Magos vinieron de Oriente (Extremo Oriente, en realidad) hace, aproximadamente, dos mil años para hacer una visita de cortesía a un niño recién nacido – indigente como sus padres – en una cabañita habilitada para establo de una vaca lechera y de un burrito. Pues bien, el caso es que los tres reyes – Melchor, Gaspar y Baltasar, estos eran sus nombres verdaderos, que después cualquiera se ha proclamado rey con nombre ficticio – creyeron ver una estrella que destacaba del resto por su intensidad lumínica y pensaron, quizás ingenuamente, que aquella estrella era una evidente señal que alguien les enviaba para que estuviesen alerta y con los ojos bien abiertos porque algún acontecimiento relevante se iba a producir o se estaba produciendo en aquel momento. Y claro, los reyes vieron, en efecto, la estrella y, absortos, se miraban entre sí, y miraban después a la estrella, como preguntándose, sin decir palabra, qué podría significar aquella estrella singular, quizás – pensaban – sería un augurio, a lo mejor una profecía, o un milagro. Así que como no tenían ninguna seguridad de lo que aquello quería decir o lo que les anunciaba, hincaron espuelas a los camellos por ver de encontrar cuanto antes a alguien que se cruzase en su camino y les pudiese informar por indicios, por conjeturas, o incluso podría suceder que por noticias, si no oficiales, al menos oficiosas, de que en Belén, un pueblecito apartado de su camino, a unas dos leguas de donde ahora se encontraban, había sucedido algo extraordinario. Sólo de esto se pudieron enterar, así que, montados en los camellos, siguieron caminando, ojo avizor, a la aventura, por ver de encontrar a alguien que estuviese mejor informado, quizás un vagabundo trotamundos especializado en noticias y edictos amarillos, de prensa rosa, que les pudiese poner al día de cuantos detalles conociesen, aunque no estuviesen confirmados oficialmente. Y sí, tuvieron suerte, porque de pronto vieron que se acercaba una mujer, al parecer lugareña, medio encorvada, envuelta en una túnica parda y con un halda a modo de faltriquera. Y resultó que, preguntada al respecto, les confirmó, con pelos y señales, el acontecimiento que, sin comerlo ni beberlo, ella misma había protagonizado.

Se trataba de una pareja – parecía un matrimonio, dijo – que se cruzó con ella en Belén, la mujer, con el vientre hinchado, quejándose, al parecer, de los dolores de un parto inminente. Compasiva, según dijo la mujer, les preguntó que si les podía ayudar y como la respuesta fuera afirmativa, entraron en una especie de establo que allí mismo, a la derecha entrando por una callejuela, se encontraba. Y allí, en una especie de nido de pajas, entre una vaquita y un burrito, la mujer atendió solícita a la pobre mujer encinta mientras el hombre se sentó en un rincón llorando con enorme desconsuelo, mesándose los cabellos como si una gran desgracia hubiese caído sobre su cabeza. Y ésta era – o lo parecía al menos – la verdad, pues que hacía unos meses, estando él en su taller de carpintero rematando una cómoda que le había encargado un su amigo íntimo – un tal Nocodemu Nolasco – como ofrenda y arras de matrimonio con la que iba a ser su mujer, apareció de pronto un pichón arrullando con interés desusado. José Artesano, que tal era el nombre del carpintero, miró a la paloma – él creía que era, en efecto, una paloma – y enseguida comenzó a darle vueltas a la cabeza por el sentido que tendría que aquel ave le fuese a visitar. Y fue el caso que sin hablar siquiera – las aves en aquella época todavía no hablaban – Artesano el artesano supo, sin duda ninguna, que su mujer mantenía contactos de índole non sanctus, pero lo dejó ahí mismo, sin pasar a mayores ni dar tres cuartos al pregonero. Y claro, las cosas no se arreglan solas, ni ocultándolas, sino que si se dejan al albur, sin tomar medida ninguna, van creciendo como una bola de nieve y…

Pues bien, de aquel episodio nació un niño, que la mujer, cual buena samaritana, despojándose de una toquilla azulada, envolvió con ella a la criatura, la depositó en un establo en el que comía el burrito, le cantó una nana y, cumplida su buena obra, se despidió deseándoles suerte. José, en el rincón, aunque echando las muelas, le dio las gracias más sinceras y se prometió que aquello no podía quedar así y que había que buscar tres pies al gato.

Pero el hombre propone y Dios dispone, como sabemos hoy, así que en estas llegaron los Reyes Magos y se postraron ante el niño recién nacido, y le ofrecieron oro de ley en lingotes de 18 quilates, incienso para espantar los malos espíritus, y mirra, una sustancia que les entregó un labrador que decía que lo había encontrado en Jerusalem y que tenía propiedades hipnóticas.

Y así, de esta manera, en aquel momento, empezó a montarse el Belén, y los tres Reyes, tan contentos, el día de Epifanía, el día de este hecho singular, se propusieron viajar tan rápidos como el viento para llevar a todos los niños, sin distinción de razas, religiones, culturas ni sexo, juguetes que ellos, con la ayuda de edecanes y ayudantes expertos, repartían a manos llenas.

Y así fue como desde entonces la paz reina sobre la faz de la Tierra y los dos millones de galaxias – o sea doscientos mil millones de millones de planetas – que no vemos, pero que adivinamos, en el cielo, los días claros del verano. Porque en invierno la cosa varía por el cambio climático.

También con el tiempo han ido saliendo imitadores – desde el Papá Noel a San Nicolás con sus renos y todo, o Eric el vikingo, a bordo de sus barquitos o sus trineos, coronado de cuernos el hombre, o Santa Claus, norteña ella, de Laponia, y germánica, hogareña y servicial, muy buena persona al parecer, que se encarga, sobre todo, de los juguetes de poca entidad pero utilitarios y pedagógicos, por lo que últimamente está la pobre casi de brazos caídos por la escasa demanda, pues los niños, como es natural, prefieren los cañones y las pistolas, los aviones supersónicos que matan muy bien, sobre todo en el Medio Oriente, y las play stations para liquidar a viejecitas que siempre están estorbando y dando la lata. Y las niñas quizás como siempre, más modositas ellas, poco han cambiado (en tiempo de tribulación no hacer mudanza, dicen), sus muñequitas Pepis, o Nadiuska, o Pepita Jiménez, o sus cocinitas para hacer todos los guisos (paellas, cocidos, lacón con grelos, – pan tumaca, no, porque al parecer es extraño, quiere decirse extranjero – lentejas para la Nochebuena, pavo guisado a la albahaca, a las finas hierbas, capón al horno con chorrito de ajonjolí y hierbabuena al vapor, y mucho etcétera). Y así ad aeternum.

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Desigualdad. Relato de Soledad del Yerro

Desigualdad. Relato de Soledad del Yerro

José era el hijo mayor de una familia de ocho hermanos, y desde muy pequeño tuvo que buscar la manera de ganar algunos reales, para poder aportar al pequeño jornal que Germán, su padre, ganaba trabajando doce horas en las minas de donde se extraían diamantes y piedras preciosas, que iban a parar a las arcas del duque de Molejón, dueño y señor de aquellos lares. El duque, de carácter duro y autoritario, era poco magnánimo con sus trabajadores y criados.

En el palacio donde vivía todo eran lujos y comodidades, y las fiestas se sucedían sin cesar. En las temporadas de caza los caballeros y alguna señora, montados en magníficos corceles escoltados por los monteros y grandes perros de presa, llenaban de colorido, risas y alegría aquel lugar.

Por la noche el palacio relucía resplandeciente con antorchas y monumentales lámparas de velas que los criados encendían. En el salón de baile la suntuosidad se hacía patente. Las paredes estaban hechas de paneles de mármol con incrustaciones de ágatas, diamantes y rubíes, y de ellas colgaban enormes espejos venecianos, que daban mayor iluminación con la luz que incidía y se reflejaba en ellos.   Varias columnas de alabastro sujetaban el techo, que estaba pintado con figuras muy apropiadas para el cometido del salón, ya que en el centro estaba representada la danza de los dioses, y a su alrededor se veía la evolución del baile durante diferentes periodos históricos.

Delante de los asientos, divanes y sillas tapizados con sedas traídas de París, había varias mesas de estilo Luis XV en las que reposaban búcaros japoneses llenos de camelias mezcladas con capullos de alelí. Los   relojes de oro con esfera azul de cristal de Bohemia aumentaban el lujo allí existente.

Una orquesta de cámara compuesta por violines, violonchelos, contrabajo, arpa y piano, instalada en una plataforma de madera noble rodeada por una barandilla de metal con baño de oro, interpretaba valses, minués, polcas y mazurcas, que muchos de los concurrentes bailaban con soltura y dominio. En aquel ambiente todo era felicidad y alegría.

El jardín, que estaba situado a espaldas del palacio, era de estilo clásico romántico. También acogía aquella noche a varias parejas todas lujosamente vestidas, que paseaban entre la extensa arboleda, disfrutando del murmullo y el frescor del agua de una fuente que manaba del centro de un arroyo, cubierto de nenúfares de color azul.

Para tales eventos siempre necesitaban la ayuda de varios mozos del poblado minero para que ayudaran a los criados residentes.  Allí estaba José, que con sus quince años era el encargado de ayudar en las cuadras para que los caballos estuvieran alimentados y limpios.  Cuando terminó su tarea, recogió los dos reales que le pertenecían y salió de aquel palacio por la puerta de servicio.

Camino de su casa, durante largo rato, hasta sus oídos llegaba la dulce música del Vals Danubio Azul de Strauss

—¡Que música tan bonita, cuanto esplendor! Comparándolo con la pobreza del poblado minero, siento un dolor tan fuerte que he de trabajar con todas mis fuerzas para que a mi familia no les falte el pan y puedan vivir dignamente.

Cuando llegó a su vivienda, el cuadro era tan desolador que al chiquillo se le saltaron las lágrimas. Su padre había llegado con tos y fiebre alta, por lo tanto, no podría ir a la mina.

—No se preocupe, padre, mañana iré yo y le pediré al capataz que me deje ocupar su puesto.

Germán con voz triste le respondió:

—No tienes edad para ese trabajo tan duro, ya bastante haces con trabajar en todo lo que puedes para ayudar a la pobre economía que padecemos.

Los pequeños lloraban porque tenían hambre, su madre con los dos reales que le dio José, fue a comprar leche y pan y todos cenaron unas sopas calentitas.

José al amanecer se levantó y sin hacer ruido partió hacia la mina. El capataz, pasando su mano por la cabeza del chiquillo, le hizo saber que no podía dejarle bajar a la mina, pero que fuera con una nota suya al muelle y preguntara por el encargado, que alguna tarea encontraría para darle.

A toda prisa marchó hacia el muelle, que estaba a mucha distancia de la mina. Joaquín, el encargado, le atendió amablemente y le llevó a la cubierta de un barco diciéndole al responsable de la limpieza que contara con el chaval para los menesteres que hicieran falta en su equipo.

Trabajó con rapidez y pericia en todo lo que le mandaron, y al medio día, cuando una campana le indicó que la jornada había terminado, cogió una hogaza de pan y los reales que le correspondían y al salir por el muelle tuvo la mala suerte de que un fardo enorme que varios cargadores estaban subiendo a un barco, se desprendiera de las cuerdas con las que le iban izando, cayera sobre él y quedara sin vida por aplastamiento.

Se terminaron sus deseos de sacar a su familia de la pobreza y sus sueños de que la desigualdad desapareciera de este mundo.

Lo que más pena me da

es que a través de los siglos,

el mundo sigue lo mismo

¿de quién la culpa será?

Si alguien lo quiere cambiar

muere, sin poder lograrlo,

pues sus armas son pequeñas

solo ilusión y trabajo.