Los Mayores Cuentan

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Desigualdad. Relato de Soledad del Yerro

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José era el hijo mayor de una familia de ocho hermanos, y desde muy pequeño tuvo que buscar la manera de ganar algunos reales, para poder aportar al pequeño jornal que Germán, su padre, ganaba trabajando doce horas en las minas de donde se extraían diamantes y piedras preciosas, que iban a parar a las arcas del duque de Molejón, dueño y señor de aquellos lares. El duque, de carácter duro y autoritario, era poco magnánimo con sus trabajadores y criados.

En el palacio donde vivía todo eran lujos y comodidades, y las fiestas se sucedían sin cesar. En las temporadas de caza los caballeros y alguna señora, montados en magníficos corceles escoltados por los monteros y grandes perros de presa, llenaban de colorido, risas y alegría aquel lugar.

Por la noche el palacio relucía resplandeciente con antorchas y monumentales lámparas de velas que los criados encendían. En el salón de baile la suntuosidad se hacía patente. Las paredes estaban hechas de paneles de mármol con incrustaciones de ágatas, diamantes y rubíes, y de ellas colgaban enormes espejos venecianos, que daban mayor iluminación con la luz que incidía y se reflejaba en ellos.   Varias columnas de alabastro sujetaban el techo, que estaba pintado con figuras muy apropiadas para el cometido del salón, ya que en el centro estaba representada la danza de los dioses, y a su alrededor se veía la evolución del baile durante diferentes periodos históricos.

Delante de los asientos, divanes y sillas tapizados con sedas traídas de París, había varias mesas de estilo Luis XV en las que reposaban búcaros japoneses llenos de camelias mezcladas con capullos de alelí. Los   relojes de oro con esfera azul de cristal de Bohemia aumentaban el lujo allí existente.

Una orquesta de cámara compuesta por violines, violonchelos, contrabajo, arpa y piano, instalada en una plataforma de madera noble rodeada por una barandilla de metal con baño de oro, interpretaba valses, minués, polcas y mazurcas, que muchos de los concurrentes bailaban con soltura y dominio. En aquel ambiente todo era felicidad y alegría.

El jardín, que estaba situado a espaldas del palacio, era de estilo clásico romántico. También acogía aquella noche a varias parejas todas lujosamente vestidas, que paseaban entre la extensa arboleda, disfrutando del murmullo y el frescor del agua de una fuente que manaba del centro de un arroyo, cubierto de nenúfares de color azul.

Para tales eventos siempre necesitaban la ayuda de varios mozos del poblado minero para que ayudaran a los criados residentes.  Allí estaba José, que con sus quince años era el encargado de ayudar en las cuadras para que los caballos estuvieran alimentados y limpios.  Cuando terminó su tarea, recogió los dos reales que le pertenecían y salió de aquel palacio por la puerta de servicio.

Camino de su casa, durante largo rato, hasta sus oídos llegaba la dulce música del Vals Danubio Azul de Strauss

—¡Que música tan bonita, cuanto esplendor! Comparándolo con la pobreza del poblado minero, siento un dolor tan fuerte que he de trabajar con todas mis fuerzas para que a mi familia no les falte el pan y puedan vivir dignamente.

Cuando llegó a su vivienda, el cuadro era tan desolador que al chiquillo se le saltaron las lágrimas. Su padre había llegado con tos y fiebre alta, por lo tanto, no podría ir a la mina.

—No se preocupe, padre, mañana iré yo y le pediré al capataz que me deje ocupar su puesto.

Germán con voz triste le respondió:

—No tienes edad para ese trabajo tan duro, ya bastante haces con trabajar en todo lo que puedes para ayudar a la pobre economía que padecemos.

Los pequeños lloraban porque tenían hambre, su madre con los dos reales que le dio José, fue a comprar leche y pan y todos cenaron unas sopas calentitas.

José al amanecer se levantó y sin hacer ruido partió hacia la mina. El capataz, pasando su mano por la cabeza del chiquillo, le hizo saber que no podía dejarle bajar a la mina, pero que fuera con una nota suya al muelle y preguntara por el encargado, que alguna tarea encontraría para darle.

A toda prisa marchó hacia el muelle, que estaba a mucha distancia de la mina. Joaquín, el encargado, le atendió amablemente y le llevó a la cubierta de un barco diciéndole al responsable de la limpieza que contara con el chaval para los menesteres que hicieran falta en su equipo.

Trabajó con rapidez y pericia en todo lo que le mandaron, y al medio día, cuando una campana le indicó que la jornada había terminado, cogió una hogaza de pan y los reales que le correspondían y al salir por el muelle tuvo la mala suerte de que un fardo enorme que varios cargadores estaban subiendo a un barco, se desprendiera de las cuerdas con las que le iban izando, cayera sobre él y quedara sin vida por aplastamiento.

Se terminaron sus deseos de sacar a su familia de la pobreza y sus sueños de que la desigualdad desapareciera de este mundo.

Lo que más pena me da

es que a través de los siglos,

el mundo sigue lo mismo

¿de quién la culpa será?

Si alguien lo quiere cambiar

muere, sin poder lograrlo,

pues sus armas son pequeñas

solo ilusión y trabajo.