
Nací en el seno de una familia de clase media normal, mi padre era funcionario público y mi madre era “Dª Carmen Robles, la maestra de escuela de mi pueblo». No es que les sobrara el dinero, porque sus sueldos no eran muy altos, pero la cultura y el amor al estudio lo percibí en mi casa desde niño. No tuve hermanos y mis padres quizá por esa razón eran muy severos conmigo, les preocupaba que fuera un hijo único mal educado.
Controlaron mi vida de tal forma, que no se dieron cuenta de que anulaban mi personalidad. Mientras eres niño obedeces, aunque alguna vez te rebeles en tu interior. Llegué a la adolescencia y mis ropas tenían que ser a gusto de mis padres, llegó la hora de matricularme para el instituto y no pude hacerlo con mis compañeros, tuvo que ser mi padre el que me acompañara para que todo lo hiciera bien. Para salir con mi panda de amigos, tenía que tener todos los deberes hechos, sacar buenas notas y que todos fueran de su agrado.
Me sentí libre el día que cogí la maleta y me vine a Madrid a estudiar la carrera de Arquitectura, pues gracias a que saqué buenas notas en la selectividad tuve suficientes puntos para acceder a ella. Me instalé en la ciudad universitaria en el Colegio Mayor Méndez, compartí la habitación con Francisco, un chico andaluz muy abierto de carácter y con la idea de que había que disfrutar de la juventud y la libertad que la vida nos otorgaba. No fue una buena influencia para mí, lo reconozco hoy a lo largo de los años vividos . Pero cuando le conocí pensé que así de resuelto me gustaría ser a mí, y como siempre eché la culpa a mis padres por su dominio y protección.
Seguí con mi afición por el estudio, aunque Francisco y varios de sus amigos de correrías me tildaron de empollón aburrido. Porque me dejaran en paz alguna vez los acompañé en sus francachelas, lo que me costaba un gran esfuerzo, beber me causaba dolor de cabeza, los porros que frecuentemente fumaban, y de los que alguna vez di una caladita, tampoco me sentaban bien.
—Qué cobardica eres —solía decirme Francisco—, la vida premia a los valientes, triunfando en lo que se propongan.
De las pocas chicas que estudiaban Arquitectura con la que más intimé fue con Teresa, era buena estudiante y me pasó varios apuntes. Hicimos una buena amistad, yo me encontraba a gusto en su compañía, hasta que me presentó a su amiga Asunción estudiante de Medicina. Me fascinó su belleza y simpatía, me contagió sus ganas de vivir y su fuerte y decidido carácter.
—¿No te parece que es mucho arroz para tan poco pollo? —me preguntaban con burla mis compañeros de habitación. No me molestaba ni en contestarles, seguro estaba de que les daba envidia.
Terminamos a la vez la carrera, yo entré a trabajar en un estudio de arquitectos, y ella después de aprobar el MIR se especializó en Ginecología y se quedó trabajando en el Hospital de la Paz.
Recuerdo el día que un poco avergonzando le confesé mi amor por ella.
— ¿Crees que no lo había notado? Si para mi eres como un libro abierto. Ya estaba pensando que iba a tener que ser yo la que diera el primer paso.
Los dos reímos y cogidos por la cintura caminamos felices.
A mis padres les pareció que había acertado en la elección, y estaban orgullosos de que hubiera aprovechado las oportunidades que me brindaron.
Como el tiempo pasa rápido a los tres años de casados teníamos dos niñas. Nos arreglamos muy bien pues entre los padres de Asunción, que estuvieron pendientes de ayudarnos, y Alejandra, una chica que las cuidó con mucho cariño, pasamos unos años entre el trabajo y la vida social que podíamos sentirnos felices y satisfechos de los logros conseguidos.
Mis padres murieron en un accidente de tráfico en un viaje que les traía a Madrid para pasar unos días con nosotros. Yo sentí que algo iba a cambiar en mi vida, y por supuesto no fue para bien. Comenzó la crisis, el estudio cerró y me encontré en el paro. Asunción con su trabajo cada vez estaba más ocupada y cansada, llegaba a casa y con un buenas noches se dormía sin querer saber nada de mí.
El trabajo me fue negado en todas las puertas en que las que llamé. Empezaron los reproches porque según ella podía haberme hecho millonario si me hubiera decidido a montar un estudio propio y no que me había matado a trabajar para otros. Y ahora me habían puesto en la calle.
Harto de buscar trabajo y triste por el desapego de Asunción, me refugié en la amistad de Francisco que me convenció que invirtiera con él en bolsa los ahorros que tenía, que eran unos bonos muy rentables y que pronto el dinero se triplicaría. Me presentó a varios amigos que estaban encantados con las ganancias que estaban sacando. Sin decirle nada a mi mujer invertí, a los pocos meses me enteré que todo había sido un fraude y que Francisco estaba en la cárcel por estafador.
El mundo se me vino encima, Asunción echa una furia me dijo que esto no se podía aguantar más, que quería el divorcio de inmediato. Me fui a una pensión de las más humildes porque el dinero que tenía no daba para mucho, y el vino que nunca me gustó y tan mal me sentaba fue mi único consuelo. Poco a poco perdí hasta la dignidad, comía en Cáritas y en los comedores que se abrieron para gente que se había quedado sin trabajo y poco a poco mi degradación fue tal que acabé durmiendo en la calle, vamos que soy uno de los que llaman “sin techo”.
Esta noche anuncian que la ola de frío y la nieve van a hacer caer las temperaturas a mínimos. He buscado refugio en varios albergues, pero todos están ocupados. Caminando he vuelto a la fábrica abandonada donde suelo pasar la noche, aunque paso miedo pues varias veces he tenido que salir huyendo de una panda de chicos que vienen para apalear a los indigentes.
Pasada media hora sentí ruido, pero me tranquilicé al ver que era otro que como yo se disponía a pasar allí la noche, se envolvió en una manta y se tiró encima de unos cartones, deseándome que pasara buena noche. De pronto, tres o cuatros jóvenes se acercaron a nosotros gritando: «Vamos a dar su merecido a este par de gandules, hay que terminar con esta basura”. Yo tenía una barra de hierro cerca de mí, la cogí, pero el miedo me paralizó, empezaron a darme patadas y pensé que iban a matarme, pero mi sorpresa fue cuando vi cómo se levantaba el indigente que me acompañaba y se ponía a sacudir a diestro y siniestro hasta que los dejó a todos fuera de combate.
Me sentí más cobarde que nunca al saber que era un policía que exponía todas las noches su vida para salvar a los “sin techo” que eran atacados. Eso sí que era ser valiente. Le agradecí su defensa, charlamos largo rato y me ofreció a que colaborara como voluntario en la reconstrucción de pueblos abandonados, para la repoblación de estos. Nunca podré pagarle todo lo que hizo para que me acogieran en un pueblo de Galicia donde, al principio por comida y cama, me uní a un equipo de voluntarios formado por mujeres y hombres que en unos meses trabajando duro reformamos casas, escuela, línea telefónica y un dispensario pequeño para consulta médica. En fin, que allí encontré motivos para seguir viviendo, y tanto el pueblo como yo volvimos a estar llenos de vida.
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