
Yo tenía una casita en Punta Penna, a orillas del mar Adriático.
En la puerta, crecía un rosal, que florecía en primavera, a pesar de no cuidarlo nunca; lo amaba.
Solía sentarme en el quicio de la puerta al atardecer, para ver cómo la marea subía poco a poco, arrastrando conchas, piedrecillas, restos de algas…
Cuando se retiraban las olas, hacían espuma blanca, a veces dorada por los rayos del sol, que se iba ocultando, para dar paso a su amada luz nocturna.
Yo me identificaba con esa espuma y sentía que era ella misma.
Bonito
Precioso relato, ¡enhorabuena!
Precioso